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Literatura
30 05 2010
Miguel Delibes, sociólogo accidental por Mercedes de Vega
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La vida en el campo, el paisaje humano y geográfico de Castilla, la diferencia de clases en el espacio rural, que aliena por igual al terrateniente y al siervo, representa el imaginario más potente y creativo de su narrativa.

Su escritura se desarrolla principalmente en la ruralidad española, tan denostada por sí misma y que el autor Vallisoletano recrea con el realismo de la propia experiencia, cultivando en el fracaso de sus personajes caminos de optimismo y ternura. En El Camino (1950), nos muestra el mundo de la infancia, de la muerte; el idealismo juvenil que luego se esfuma como el humo de una hoguera; la naturaleza y el paisaje que tan presente está en todas sus obras, utilizando un lenguaje claro y sencillo, tan reconocible y familiar para el lector, que hace de él su mejor recurso.

Miguel Delibes atesora en sus páginas un conocimiento profundo del campo castellano, de la caza, de la botánica, de la pesca, de los útiles propios de una sociedad rural que experimentaba la naturaleza con toda su potencia y sus recursos, también con toda su miseria, describiéndola con la precisión técnica propia de un científico, que es a la vez poeta de un pueblo humillado y dominado por la estructura oligárquica de la antigua España.

Retrató al hombre rural en su propio hábitat como ningún otro autor del siglo XX, con el lenguaje del hombre humilde y rendido, consciente de su experiencia vital, sin artificios ni experimentaciones narrativas, con un estilo trasparente, costumbrista y tradicional que le alza precisamente hacia lo complejo y universal. Delibes utilizó una riqueza de términos asombrosa y abundantísima, gran experto del discurso popular, usando un caudal de refrenes y dichos, expresiones y locuciones populares que atesora en toda su obra, y nos muestra su discurso a través de las voces de sus personajes que se camuflan entre los rastrojos y los páramos con la escopeta al hombro.

Gran amante y experto conocedor del campo y de la caza en todos sus términos, reivindicando la simbiosis del hombre con su medio; el hombre cazador que se une con la naturaleza en la más primitiva de las asociaciones, en un respeto profundo, absoluto y sensible por orden natural del la vida y de la muerte.

Miguel Delibes, Camilo José Cela, Buero Vallejo, Torrente Ballester, Carmen Laforet, son autores que nacieron antes de la guerra civil, y que la posguerra les conduce a una escritura nacida en la experiencia de la desmoralización, del escepticismo y la desorientación. Son nuestros grandes narradores de la generación del 36 definidos por el realismo social.

Casi todas sus novelas se escenifican en el espacio angosto del pueblo o de la pequeña ciudad de provincias, donde el dominio y la violencia esclavizan al individuo y cercenan su libertad a la servidumbre del cacique. Cinco horas con Mario (1966), se desarrolla en el espacio estanco del monólogo interior de una mujer que conversa con su difunto esposo, profesor e intelectual comprometido, recurriendo a la dialéctica del reproche, de la confrontación y la denuncia de dos visiones distintas del mundo; de la relación de pareja y del fracaso social, y de su propia soledad y frustración como mujer en la encrucijada de las dos Españas. Quizás sea Las ratas (1962), una de sus novelas más duras, en la que un niño de once años y su padre tienen por hogar una cueva donde sobreviven cazando ratas, a la merced del dominio oligárquico en el que el drama está servido.

En casi todas sus novelas, Delibes entra en el rango del observador etnográfico que mira, escucha, registra, anota y distribuye el material de campo con el que elabora su narrativa, sus personajes, los dramas humanos que son fiel reflejo de su observación profunda y científica del contexto social y microsocial de su entorno, trabajando como el etnógrafo y el sociólogo. Y es así como elaboran su escritura los escritores realistas que aspiran a ser fiel testigo y testimonio del hombre de su época.

Con el paso de los años, la obra de Delibes da fe de un comportamiento humano y una estructura social que se ha transformado radicalmente hacia los valores de la equidad y la justicia con el proceso de democratización de la sociedad española, a raíz de aquel gran pacto de estado que supuso la transición, el estado de derecho y la democracia.

En Los santos inocentes (1981), nos dibuja un retrato cruel y certero de una conciencia social deshumanizada y en descomposición, pone de manifiesto su reivindicación de justicia social, y proporciona un auténtico testimonio de la época en que vivieron los padres y los abuelos de la actual generación de jóvenes de las nuevas tecnologías y del ocio masivo, que ya, no reconocen en la obra de Delibes al español medio que resistía en nuestros pueblos y ciudades no hace más de veinte años.

Quizá no falten ahora autores que testifiquen nuestras formas actuales de vida en el pueblo o en la pequeña ciudad (son abundantes los escritores que lo abordan), y que indudablemente tanto ha cambiado para mimetizarse con la libre impersonalidad urbana de las últimas décadas; pero desde luego, con la profundidad y el oído atento que puso Miguel Delibes, con su observación minuciosa y literal del medio, su esperanza y humanidad, desbordan cualquier consideración que rechace su actualidad.

Miguel Delibes fue un gran observador de la interacción del individuo en el angosto espacio social en continuo conflicto, que se desarrolla en las décadas de los 40 a los 80 en la sociedad española, y se alza como el mejor de los sociólogos de una época que desaparece con él. Su escritura desvela no sólo las formas de vida y costumbres de Castilla y de los pueblo de España que salieron hacia otro continente en busca de pan o de grandeza, sino de toda una nación que se transformó radicalmente en el siglo XX, ya irreconocible en la obra de Delibes, pero quizá todavía con las mismas pasiones.

Madrid, diecinueve de marzo de 2010