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Narrativa
01 05 2010
El general de Darío (cuento) por Pablo Gonz
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¿Qué duda cabe de que era un tipo oscuro? Cuando salíamos de copas, rara vez hablaba. Se limitaba a mirar con sus ojos grises, sin pestañear, y saludaba algunas intervenciones con un leve movimiento de cabeza. La llevaba siempre rapada, lo que permitía ver la forma angulosa de su cráneo. Otras dos cosas de él que llamaban la atención eran su eterno traje gris, de cierre cruzado, y sus manos, extraordinariamente nudosas. A nadie le gustaba la forma de sus uñas.

En aquella época, solíamos salir mucho por Bilbao, Malasaña y Alonso Martínez. Sin embargo, lo que quiero contar aquí sucedió en un bar que hay en la calle Fernández de la Hoz, muy cerca de la iglesia de San Vicente de Paúl. Serían las once de la noche, mes de julio. En el bar se charlaba como en todos los bares españoles: a gritos. Recuerdo que el suelo estaba lleno de papeles y que dos tipos en la barra y otro más en la cocina no daban abasto para atender a tanta gente. Salimos afuera. Aquella noche, éramos sólo tres. Luis Torres, un amigo que trabaja en la Heinz; Luis, el tipo oscuro del que empecé hablando; y yo, que no me llamo Luis. No recuerdo de qué trataba la conversación por lo que deduzco que el tema no era muy divertido. Apuramos así un par de cervezas, y yo miré varias veces el reloj de la torre que parecía una luna detrás de las acacias. Ya nos íbamos a ir cuando aparecieron ellas. Eran Ángeles, una amiga de mi hermana, y otras dos chicas que eran hermanas entre sí: dos rubias preciosas. «Venga, tomaros unas copas con nosotros». «Que no, que ya llegamos tarde». «¿Ni una miserable cerveza? Estamos solos y tristes pero somos guapos». Por fin las convencimos, y la charla se animó enseguida. Luis Torres era el as de los chistes y yo el as de la respuesta ácida. El Oscuro (llamémosle así) era el as del silencio. Hacíamos un grupo simpático, algo parecido a la tripulación de una nave espacial perdida en una lejana galaxia. Lo pasamos bien, tanto que las chicas se olvidaron de irse. Más tarde, alguien nos llamó la atención desde una ventana y entramos de nuevo en el bar. Ya había menos gente y pudimos sentarnos en una mesa. «Las señoritas primero», dijo el Oscuro sonriendo, algo que no solía hacer. Claro, se le notaba la falta de práctica. Parecía como si se mirase los dientes en un espejo. Envueltos en un relativo silencio, Luis Torres empezó a contar su cuento desagradable número uno. Trataba de algo que había visto en internet. No sé dónde, creo que en Japón, había gente que se dedicaba a criar gatos en frascos de cristal. Los metían dentro cuando todavía eran muy pequeños, y conforme iban creciendo, los animalitos iban rellenando el espacio hasta convertirse en «gatos cuadrados». Los alimentaban por el ano, y por igual vía les suministraban aire y medicamentos, para que no se muriesen. Aquella noche, decidí luchar por el premio al cuento más desagradable, sobre todo atendiendo a que las chicas se habían quedado boquiabiertas con el relato de Luis. Pedí una ronda y empecé a contar un episodio histórico que había leído semanas atrás: Zópiro, un general de Darío I, rey de Persia, le prometió a éste que si le dejaba actuar, lograría rendir la ciudad de Babilonia, que los persas estaban asediando. El rey le dio permiso para poner en práctica su plan, y he aquí lo que hizo Zópiro: se cortó la nariz y las orejas, y sangrando copiosamente salió al encuentro de sus enemigos contándoles que Darío le había castigado por un crimen que él no había cometido. Los habitantes de la ciudad (lógicamente) le dejaron entrar, le curaron las heridas, y como era un general muy experimentado, le confiaron el mando de una pequeña tropa. Con estos soldados quedó Zópiro al cargo de la defensa de una puerta, que lógicamente rindió a los persas en cuanto pudo. Al entrar en Babilonia, Darío hizo llamar a Zópiro y lo colocó a su lado para siempre, como ejemplo de lealtad. Recuerdo que terminé mi relato con estas palabras: «¿Vosotros creéis que eso es un acto de lealtad?». Nadie respondió pero un par de rondas más tarde, el Oscuro se levantó y se fue al baño. Tardaba en volver así que fui a ver. Lo había hecho, con una navaja que estaba tirada en el suelo rojizo, junto a sus orejas y una masa informe del tamaño de una aceituna. Le chorreaba sangre por la boca y me miraba con sus ojos grises, muy sereno. Salí y vomité. Luis Torres llegó enseguida. Se asomó. Cerró el baño de un portazo. Luego me contaron que tiraba del picaporte como si quisiera abrir la puerta al revés.

Algunos meses más tarde, yo me encontraba en Múnich (Alemania). Era profesor de español para los obreros de la empresa MAN y tenía que tomar un tren dos veces por semana. En el Süddeutsche Zeitung, que compraba para entretenerme durante el viaje, leí una noticia que me conmovió profundamente: en un hospital psiquiátrico de España, un interno había matado a tres vigilantes pero en lugar de escapar, algo que pudo haber hecho con toda facilidad, se quedó en la puerta de la calle gritando: «¡Darío!, ¡Darío!».

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Pablo Gonz, escritor y guionista español, nacido en Sevilla (1968). Pasó su infancia entre Sao Paulo (Brasil), Barcelona y Madrid, donde su familia se instaló definitivamente en 1976. Durante 1991-1992 residió en Múnich (Alemania) y desde el año 2001 lo hace en Valdivia (Chile). Tiene publicadas cinco novelas: La pasión de Octubre (V Premio de Novela Prensa Canaria, 1995; ed. Alba, Barcelona); Experto en silencios (V Premio de Novela Breve Juan March Cencillo, 1997; ed. Bitzoc, Palma de Mallorca); Los hijos de León Armendiaguirre (ed. Planeta, Barcelona, 1998); Mío (II Premio Encina de Plata de Novela Corta del Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata (Cáceres); ed. Carisma, Badajoz, 2008) y Libertad (ed. Uqbar, Santiago de Chile, 2008). Blog personal: http://pablogonz.wordpress.com

 

 

 

 

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