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Narrativa
01 05 2010
Mancha de peces (cuento) por Yonnier Torres
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Miré el motor como quien mira una mancha de peces. Todas las piezas eran iguales. Tal parecía que en su complicada estructura y engranaje, se estuvieran burlando de mí. Ella se sentó bajo el único árbol en 500 metros a la redonda, cansada de maldecir a orillas de la carretera, después de dos horas sin ver pasar un solo auto. ‹‹Debí haberlo imaginado››, pensé mientras me quitaba la camisa y comenzaba a apretar las piezas una a una, ‹‹un carro que solo se alquila por 300 no es confiable››. En realidad no sabía lo que estaba haciendo, machacaba un boquete con el puño, comprimía una manguera, buscaba junto al fondo algo suelto, es lo que siempre hacen en las películas, luego trataba de encenderlo pero se mantenía inalterable, sin arrancar.

Ella al principio solo tenía cara de arrepentida, pero poco a poco su semblante fue cambiando y se tornó hostil al punto de caerle a patadas a las gomas, decir que yo era un inútil y que hubiera sido mejor haberse quedado en el pueblo. Luego se echó a llorar.
—No teníamos otra alternativa, era ahora o nunca — le dije y traté de darle un poco de aliento, trasmitirle la confianza que me faltaba. – Además, yo de esto sé mucho, ya verás como dentro de un rato lo arreglo y antes de que anochezca habremos llegado a algún sitio—. Volví a mirar el motor, esta vez con ahínco, como si lo desafiara a una prueba de resistencia visual, mientras ella caminaba resignada hacia el árbol y la carretera permanecía desierta.

Lo habíamos planeado tantas veces que nunca contamos con que pasara algo como esto.
—Ahora no nos podemos echar para atrás, hay que seguir con el plan, ¡como sea!— le grité.
Para recalcar mi determinación me calé la gorra con fuerza y seguí apretando las piezas, le di un par de golpes al radiador, traté de empujar un poco el auto, pero todo el terreno era plano, así no íbamos a llegar a ninguna parte.

El calor del mediodía sobre la carretera era insoportable. El sol calentaba el asfalto y levantaba cortinas que me impedían ver con claridad el horizonte. Busqué en el mapa el lugar en el que estábamos, quizás hubiera alguna gasolinera cerca, un taller, un pueblo, cualquier sitio donde nos pudieran ayudar. Las líneas se cruzaban unas con otras, el sudor caía sobre el papel y la tinta gastada de los pliegues me hacía perder la noción del espacio. Yo solo quería sacarla del pueblo, darnos una oportunidad, no podía concebir que por una rotura de mierda las cosas se nos fueran a echar a perder. Le pedí que me ayudara, que dos cabezas piensan más que una, pero se quedó allí, ajena, bajo el árbol, a lo mejor sopesando las diferencias, imaginando qué era peor, si seguir en el club o empezar desde cero, varada en el medio de la nada, en una carretera terriblemente desierta.

‹‹Aquí no tenemos futuro››, le había dicho dos meses atrás, cuando comenzamos a planear la fuga, ‹‹yo siempre seré un obrero del aserradero, con un sueldo de mierda, una vida tediosa, un plato de lentejas para la comida y tú siempre serás una puta, hasta que llegue la hora en que las carnes te cuelguen y te quedes para servir tragos o limpiar el suelo. Dicen que en la zona norte hay mayores posibilidades, allí nadie nos conoce, podríamos tener una vida diferente, montar un negocio pequeño, para empezar, una tienda, una cafetería, un restaurant››.

Pero para eso necesitábamos una buena suma. Hice turnos extras, me encargué de transportar todos los tablones desde la base hasta el almacén, pasé noches enteras encima del tractor. Ella puso mucho de su parte, se esmeró en el maquillaje, en la poca ropa, pidió propinas a base de un minucioso sexo oral y hasta cobró por vestir y desvestir. Con lo que logramos y los ahorros que teníamos, no nos alcanzaba ni para la gasolina. A nadie se le podía pedir prestado porque comenzarían a sospechar, al menos si ella trabajara en otro sitio, pero eso es lo complicado de enamorarse de una puta, una vez que entran al club, ya no las dejan salir ni para tomar el sol.

En el maletero encontré un par de tubos, quizás era eso lo que necesitaba, pero no sabía dónde colocarlos. Los tomé para medirlos y encajaban perfectamente entre dos piezas laterales del motor, formaban una figura muy graciosa, como una Z ondulante. Cerré el capó, traté de encender el auto pero nada, solo ronroneaba un poco y se volvía a detener.  Prendí la radio, quizás si encontraba una buena emisora podía sacarla del árbol. Sintonicé un tema de Ray Charles, Hit the Road, esa canción le encantaba, vino directo hacia el auto y se sentó en el asiento delantero. Recordé lo mucho que bailábamos en el club, yo siempre trataba de llegar temprano para ser el primero de sus clientes, al final, cuando salíamos a la pista, iba hasta la victrola, seleccionaba Georgia on my mind, y al oído le contaba los nuevos avances en nuestro plan. Debíamos dar el golpe preciso, los dos a la vez, ella robaría en la caja del club y yo en la oficina de pagos del aserradero, luego nos reuniríamos en la calle que colinda con los sembrados. Lástima que no hayamos podido alquilar un coche mejor y el cacharro se nos rompiera en medio del camino.

La canción de Ray Charles la interrumpieron para dar el parte meteorológico, anunciaron lluvias fuertes para la zona norte, y aunque no sabíamos muy bien donde estábamos, se nos quitaron las ganas de seguir oyendo la radio. Ella salió del carro, se paró en el centro de la carretera y trató de mirar al horizonte.
—Nunca he visto nada igual —me dijo— llevamos horas en este lugar y no ha pasado ni un solo carro.
—La última gasolinera estaba como a veinte kilómetros— le dije –es posible que dentro de un rato pasé alguien.
El viento comenzó a soplar levantando el polvo del camino.
—Creo que es mejor irnos caminando hasta que lleguemos a algún lugar.
—De ningún modo, el carro no lo podemos dejar aquí.
—¿Pero quién se lo va a robar?, si es que por aquí no pasa nadie. Además, ni siquiera funciona.
—Igual no creo que sea una buena idea. Nos podría coger la noche en la carretera. Toma paciencia, verás como dentro de un rato arreglo esto.

Saqué los tubos, los cambié de posición pero no surtió efecto. Comencé a pensar que podría ser un problema sin arreglo.
—Debe ser el carburador, o los inyectores o…eso, debe ser el carburador, ahora lo voy a revisar— le dije, aunque no sabía qué era el carburador ni tan siquiera si todos los autos tenían inyectores, es lo que siempre dicen en las películas.

—Si se hubiera roto una goma ya hace rato que la hubiéramos arreglado— al menos imaginaba que cambiar una goma era tarea fácil y el auto en el maletero traía una de repuesto. Traté durante un rato de sacarle conversación pero ella estaba cerrada como tapia. Al rato comenzó a llover, cerré el capó y nos metimos dentro del auto. Desde la radio American Woman condensaba el ambiente y nos dedicamos a esperar, con la vista fija en la carretera.

Imaginé por un rato qué estaríamos haciendo en el pueblo a esa hora, siempre que comienza a llover las calles se quedan vacías, la gente se sienta en los portales a respirar el viento de agua, que tanto recomiendan para los males respiratorios y para la tristeza. Yo estaría regresando del aserradero, con el overall lleno de virutas de madera y la gorra encasquetada hasta la orejas. Ella estaría preparándose para el comienzo de la noche, untándose colonia y polvos frente al espejo.

Ya comenzaba a anochecer, ella se había quedado dormida sobre mi hombro, en la radio terminaba el parte de noticias cuando sentí el sonido de un carro y vi el reflejo de las luces en el cristal trasero.

La desperté y salimos al centro de la carretera dando saltos con los brazos extendidos. El camión se detuvo a unos metros, ya había dejado de llover y el hombre con una linterna le echó una ojeada al motor.
—Parece grave— me dijo –esta pieza ya no va a funcionar más— y señaló un delgado tubo metálico que unía dos embases cuadrados, —necesitas un repuesto, el próximo pueblo queda a 60 kilómetros, desde allí te pueden enviar en la mañana un Taller Móvil, creo que de noche la gasolinera no trabaja.
—¿Nos puede llevar hasta allá?— le preguntó ella. El tipo viajaba con media familia en la cabina del camión. Titubeó un poco y luego le dijo: —solo a uno, no tenemos suficiente espacio para los dos.
Ella se montó y me dijo que al otro día mandaría el Taller Móvil.
—Está bien— le respondí— no te preocupes, quizás mañana cuando vengas ya lo tenga arreglado.

El tipo me dejó la linterna y encendió el camión. Primero lo dejé de ver, luego de oír, al rato me quedé solo en la carretera. Encendí la linterna, abrí el capó, los peces nadaban desesperados ante la presencia de la luz.

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Yonnier Torres (La Habana, 1981). Sociólogo. Narrador. Egresado del XI Curso de Técnicas Narrativas del Centro Nacional de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso". Ha obtenido entre otros premios: Segundo Premio en el Certamen Internacional de Cartas de Amor “Escribanía Dollz” 2009; Primer Premio en el Concurso Latinoamericano de Narrativa Breve "Tinta Fresca" 2010; Mención de Narrativa en el Premio Calendario 2010. Premio Nacional de Narrativa “El mar y la montaña” 2010. Cuentos suyos aparecen en revistas digitales argentinas, españolas, colombianas y cubanas. Es Miembro de la Asociación Hermanos Saíz.