Narrativa
05 04 2010
Contame tu vida (cuento) por María de los Ángeles Esteves
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Yo quería tirar una bomba en una playa de Mar del Plata en verano. Eso quería hacer. Ver cómo volaban todas las bikinis y calzones por los aires, después de que todos los ojos, por supuesto, ya habían reventado.

Pero en vez de eso me fui de casa con mi guitarra y una canción a cuestas a hacerme famoso en la ciudad, la gran metrópolis, y ahí me esperaban todos los lobos.

Qué increíble, qué mierda puede llegar a ser la suposición. Todo se supone de una manera pero, después, resulta muy diferente.

Pero qué va a ser, me fui. Estaba podrido de los gritos de mi padre y los lloriqueos de mi madre. Y de vivir en José León Suárez, donde nunca pasa nada. Un aburrimiento total. Pero uno es joven y busca trabajo y no tiene más que la experiencia. Digo, la de haber recorrido medio Buenos Aires sin conseguir más que fichas para llenar y papeleo. Ya va a llegar, pibe. El laburo es importante, pero la vida es más que eso. ¡Qué vida ni qué ocho cuartos! Yo quiero comer de vez en cuando. Me largué a vociferar artículos inverosímiles por los colectivos, ganar dos pesos y alquilar una pieza en un hotelucho.

Así me recorrí toda la capital en bondi. Cada día tomaba uno distinto. Con los colectivos que vienen del Once o de Constitución, siempre tenía más suerte. Con los de Barrio Norte, una mierda. Se ve que la gente humilde aprecia más el esfuerzo que pone uno y al menos por compasión me compraba algo. Vendí curitas, lapiceras, anotadores con Mickey, de todo. Y yo era bueno, me inventaba versitos que hacían reír a la gente. Como éste, "Para arriba o para abajo, Bic funciona sin trabajo", que es mentira, por supuesto, pero si vende, es verdad.

Pero la verdad que en ese trabajo no pagaban muy bien. Mi jefe, un gordo de ésos a los que les rebalsa la panza entre las piernas cuando están sentados, que es la mayor parte del tiempo, me daba la mercadería cada mañana y me decía: si la vendés a un peso, te quedás con treinta centavos, si la podés enchufar a dos, te quedás con setenta. Por supuesto yo trataba de venderla a dos pero, qué va, el tipo sabía, un peso la gente gasta en porquerías, dos, ¡nooooo! La gente no es estúpida. Así que un día le pedí que me aumente mi parte.

- No se queja uno, ¿no? Pero hace seis meses que estoy trabajando para usted y he sido un buen empleado, le traigo buenas ventas.

- ¡La estabilidad, pibe! Es la estabilidad la que no nos deja, si no, de todo corazón.

¡Váyase a freír churros! La verdad, hace tiempo que me gustaría ponerles a todos una bomba, una muy buena, abajo de la caja de cambio, ahí adelante, cerquita del chofer, así saltan todos en pedazos cuando pone la tercera en el cruce de la 9 de Julio, justito enfrente del obelisco. ¡Ah! ¡Qué glorioso sería!

Y no, por supuesto que no lo hice. Cambié de trabajo, eso sí. Mi canción seguía a cuestas, porque a duras penas podía colocarla en algún barsucho gratis, por allá en La Boca o Avellaneda. Hasta hice mi vuelta triunfal un par de veces y toqué en unos cafés en mi barrio y en el centro de San Martín. Me vinieron a ver todos mis viejos amigos, hasta mis padres. Así veían esos descreídos que estaba progresando. Esas fueron las únicas ocasiones en las que sentí un poquito el sabor dulce del éxito. Pero mis canciones no me daban plata. Cierto prestigio de artista, nomás. Así que después de mucho dar vueltas conseguí laburo de mozo. La vida de noche me favoreció, creció mi inspiración, ¿vio? Y a veces imaginaba unas escenas impresionantes en las que veía volar a aquella mina que entraba tan despampanante con la minifalda y la sonrisa como una cachetada. ¡Cómo me hubiera gustado ver desparramarse todos sus trapos! ¡Bum! Y listo. Ya no hay más minas huidizas y presumidas asomándose por la puerta.

Pero por supuesto, seguro que usted ya lo suponía, no hice nada de eso.

De mozo no me fue muy bien. No tengo mucha paciencia para servir a idiotas que se creen los reyes del mundo. Eso de que el cliente siempre tiene la razón no va conmigo. Me echaron después de que le di vuelta un plato de fideos con salsa roja en la cabeza de un cliente presumido. No le gustaba nada, se la pasaba diciendo que "el servicio en este lugar apesta", con esa vocecita de maricón increíble. Fue más fuerte que yo, no me lo pude aguantar. La verdad que el pelo largo le quedaría bien, a juzgar por los fideos...

Después conseguí de taxista. Cuando subía una vieja- ¡qué especímenes esos!- yo la miraba por el espejito, y le puedo decir que hay viejas de todos los colores. Las arrugas las desvisten, se les ven las marcas del pasado. Ésta lloró mucho, ésta se reía. Hay algunas que tienen estacionada la risa falsa, un gesto como de asco con el labio fruncido para abajo. Otras que tienen los labios cosidos con todas esas marquitas como de rayos alrededor. Se les debe haber chupado la jeta de hacer tanta fuerza para cerrarla. ¡La rectitud por sobre todo! Y ésas a las que se les caen los ojitos de vergüenza, de tristeza, diría, por ser tan viejas y decrépitas.

La vejez es un tema que me asusta, como verá. Ya me llegará algún día, aunque no, no lo creo. Me estoy perfeccionando, ¿sabe? No, con las canciones, no. Ya me cansé de eso. La humanidad no se las merece. Ahora estoy tratando de diseñar la bomba perfecta, el tamaño justo, la descarga exacta. Ya tengo pensado dónde la voy a poner. Así, varios problemas serán resueltos de golpe. Y ya nunca voy a sentirme solo y fracasado en esta pieza inmunda.

No, no se imagine, no suponga. Acuérdese de que los supuestos siempre son equivocados. Ya se va a enterar cuando reviente, mañana, mientras desayune calentito, frente al televisor. ¡Bum!

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: María de los Ángeles Esteves, Cuca, escritora y música argentina. Vivió en París, La Haya, donde cursó estudios de composición musical, y desde 2001 reside en Los Ángeles, California, donde en el 2006 completó un Master (MFA) en Escritura Creativa en la Universidad de California, Riverside. Tiene cuentos, ensayos y poemas publicados en inglés y en español, entre ellos el cuento "Marta", publicado en inglés en Crate Magazine, y en español en The Barcelona Review, una selección de poemas en inglés y español de la colección Love Songs From the Desert escritos en la residencia para artistas Joshua Tree Highlands Artist Residency de la que participó en julio del 2009, en el American Free Journal, entre otros.