Literatura
02 02 2010
Como un ángel mojado por la lluvia por Maynor Freyre
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Carlos Oquendo de Amat es un poeta de culto en el Perú al cual Mario Vargas Llosa dedico su discurso de recepción del Premio de Novela Rómulo Gallegos obtenido con una de sus tres grandes novelas primigenias, La casa verde. El segundo tiene como inspiración a Pocho Ríos, así a secas como lo conocimos, un diletante literario de los bares limeños que regresó de París con un doctorado otorgado por la Sorbona bajo el brazo pero que jamás usó sino para ayudar a sus amigos en los litigios más disímiles, pues lo suyo era discutir de literatura y hasta llegó a publicar un poema en una revista de esas que nacieran al calor de los brindis y los sueños. El tercer poema está dedicado a Mario Santiago, quien junto con Roberto Bolaño –el de Los detectives salvajes donde Santiago es convertido en uno de los personajes- bajo la inspiración de los libros de los miembros del grupo peruano Hora Cero, fundaran en México el Movimiento Infrarrealista, enfrentando al estatus de la literatura mexicana apoltronado en los brazos del PRI. La vida de Mario Santiago estuvo plagada de aventuras estrambóticas en búsqueda de alimentar su palabra poética.

I El ángel detrás de la lluvia

Tulio Mora ha tomado para sus Ángeles detrás de la lluvia el anacrónico modelo del poemario El cuervo del extraordinario narrador norteamericano Edgar Allan Por (1809 - 1849), escrito en tercetos y cada una de cuyas partes alcanza 99 versos. Esto nos hace recordar el uso de las sextinas por parte de Carlos Germán Belli para crear esa poesía mezcla de lo arcaico con lo vanguardista. Pero en el caso que nos ocupa lo que logran los tercetos es impregnar de un dinamismo especial a la poesía, al encabalgamiento de determinados versos con otros, a narrar la tórrida vida de estos tres ángeles a los que los huracanes de la vida y del compromiso con sus ideas arraigaron muy hondo.

Es que Tulio —como la mayoría de los miembros del grupo Hora Cero— sabe cantarles a los soslayados, a los que se pretende olvidar. Así Enrique Verástegui lo hace con Giordano Bruno y Jorge Pimentel con Juan Gonzalo Rose, ambos celebrados poemas. Y lo hace a la manera de los poetas chinos: a y al estilo de Carlos Oquendo de Amat, sin plagiar, recreando, retomando algunos de sus versos (tal como el poeta puneño tomara de Erasmo de Rotterdam el “tuve miedo y me regresé de la locura”) para injertarlos dentro de su nueva creación. No se trata de un panegírico ni de un tono elegíaco, menos de algo celebratorio. Es solamente la poesía enfrentándonos a nosotros mismos, a nuestra ingratitud y hasta jugueteando con los fracasos de los dictadores de turno para enmendar las ideas que no se acomodaban con su index de prohibiciones ideológicas. Y la muerte ahí, agazapada en Guadarrama, la sierra madrileña a donde iban a morir los afectados de tuberculosis física y almática.

No en vano el epígrafe inicial del poemario pertenece a Paul Celan, ese judío ciudadano del mundo nacido en Rumania y suicidado en las aguas del Sena, que padeció en Moldavia la reclusión nazi y no obstante tuvo que escribir en alemán, el idioma de los asesinos de su familia, y cuya poesía se adhirió a las innovaciones dadaístas y surrealistas: “Pues muertos están los ángeles y ciego se quedó el señor”.

II El ángel turbulento

José Antonio Ríos, un pata de los buenos, como solemos decir los peruanos por el buen amigo, estaba enterado de todo, conocía al dedillo los detalles del mundillo literario del Centro de Lima y de Barranco. Poseía una erudición como pocos y una borrachera de los demonios. Pero ahí estábamos. Su muerte nos supo a chicharrón de sebo por lo intempestiva. Era un diletante fino hasta antes de la cuarta cerveza, cuando empezaban a surgir los más gruesos improperios contra la vida y todas las cochinadas que nos hace. Pero esto no se me ha venido así, de sopetón. Es el segundo poema del reciente libro de Tulio Mora el que me ha hecho medir el tamaño del amigo ido, al que siempre —no sé porqué— pensábamos nos iba a enterrar a todos, para que disertara nuestra biografía a lo largo de la noche del velorio y así nos inmortalizará ante los nuestros. ”¿Así todo arrancó, así todo mancó?”, se pregunta el poeta. “Callos de la suerte, después surcos, billetes suspendidos en la niebla, una pericia policial”. Y los ángeles turbulentos solo dejan el recuerdo de su bronca voz, de sus bromas vocingleras…

III El ángel de las pelusas de la noche

La calle sale de la oscuridad para darnos un cuerpo renqueante que va a paso ligero por México DF, de París o de Addis-Abeba. No importa el lugar. Vale la palabra para evocarlo buscando el grado cero del amor y de la palabra, la autonegación permanente, el culto a la Gualumpen, queriendo cuidar para su muerte el metro cuadrado donde baila con su propia tragedia: la de vivir en un mundo acomodaticio, pueril, inmaduro, sancionador, segregacionista. Donde los ácidos chubascos y diosas gastadas, desechables, carentes de feligresía. Porque en el corazón de Santiago la muerte, a pesar de haber llegado, se ha quedado sin lugar. Y seguirá lloviendo.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Tulio Mora (Perú, 1948), ha publicado “Mitología” (1ra. edición, 1978, 2da. edición, 2001), “Oración frente a un plato de col y otros poemas” (1985), “Zoología prestada” (1987), “Cementerio general” (Premio Latinoamericano de Poesía, 1ra. edición, 1989, 2da. edición, 1994, traducido al inglés por David Tipton y C.A. de Lomellini bajo el título “A mountain crowned by a cemetery”, Red Beck Press, Bradford, Inglaterra, 2001), “País Interior” (Premio de Plata Copé, 1994) y la antología solicitada por Roberto Bolaño “Hora Zero la última vanguardia latinoamericana de poesía” (Colección Ateneo, Venezuela, 2000). En el género periodístico ha escrito artículos contra las masacres, las matanzas en los penales limeños y las matanzas a campesinos en las décadas del ochenta y del noventa. Su poesía ha merecido diversos estudios, entre los que destacan los de Consuelo Hernández (Universidad de Washington,EE.UU.), Jill Kunheim (Universidad de Austin, EE.UU.) y José Cerna.