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Narrativa
08 11 2009
Los homicidas (cuento) por Tony Báez Milán
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En el año 2072, y a consecuencia de la incapacidad de cualquiera en esta isla de hacer cualquier cosa al respecto, el homicidio ya se había convertido en algo que se consideraba como una muerte natural. Dranselmo Antonioni, nacido y criado en este clima de tiroteos y de botellazos, de la recurrente sobredosis y de exasperante calor, nunca se acostumbró a la idea de tener que salir a la calle luciendo un chaleco a prueba de balas desde que tuvo uso de razón. Jamás se acostumbró a tener que salir todas las mañanas hacia la escuela mirando para arriba y para abajo, no para velar que no vinieran carros, sino para cerciorarse de que no viniera cualquier malandro a pegarle tres o cuatro tiros por joder.

Importaba ya muy poco la situación. Los políticos, que siempre hicieron lo mismo con tantas otras cosas, se limpiaban los fondillos con las estadísticas de los crímenes, especialmente las de los asesinatos, que mejor, que menos perros, menos pulgas. La policía llegó a hacer menos aún, sus propias manos esposadas por la falta de liderazgo y de educación, por los sobornos, por el ocio. Hasta los sacerdotes y los reverendos dejaron de predicar contra la violencia, siempre y cuando las descomunales alcancías estuvieran repletas de botín. Pero Dranselmo Antonioni, que siempre vio las cosas con ojos llorosos, que siempre sintió las cosas hondas en el deprimido y aguerrido corazón, desde pequeño tuvo la noción de que toda aquella insensatez, toda aquella desfachatez, tenía que por fuerza tener arreglo. Nunca dejaba de pensar en eso. Se decía a diario, al llegar a la escuela jadeante y con el corazón de conejo, que cuando fuera grande ya vería qué se podría hacer...

A los treinta y dos años de edad, sin chaleco porque los malandros ya únicamente tiraban a la cabeza, y sin casco siquiera, pero con una monstruosa confianza en sí mismo y en las armas blancas y de fuego que llevaba encima, Dranselmo Antonioni caminaba por las calles todos los días en busca de alguien a quien liquidar, y con impunidad.

Se había formado en un hombre alto y tosco. Ya nunca se afeitaba. Se peinaba muy raramente el pelo largo, lacio y ralo. Se le curtía la piel al sol con cada día que pasaba a la intemperie, acordándose de viejas películas de Hollywood, las que glorifican toda aquella violencia, todos aquellos crímenes, donde los malos siempre se salían con las suyas. Vagaba por ahí en busca de líos, de excusas para pegarle unos cuantos tiros al primer fastrén. Se desquitaría de las veces que se había encontrado despavorido en la calle o en su casa o en la escuela o en la iglesia. Miles de veces. Tenía un número de balas más cuantioso.

Llevaba dentro de sí unas ganas de vengarse que no le cabían por dentro. El haberse al fin convertido en vigilante le parecía una bendición, la salvación suya y de su pueblo. También le parecía, porque en realidad lo era, la cosa más natural del mundo...

La mañana en que salió a la calle para ya nunca más llegar de nuevo a su casa, que era una casa vacía, que a nadie le importaría, que las paredes frías y desérticas, al igual que la gente, no se daban cuenta de nada, Dranselmo Antonioni sentía por dentro una cosa que lo hacía sentir imparable, inconquistable, invencible. Pero las cosas en la calle acababan de cambiar, empezando la noche anterior. Había sucedido algo en el proceso evolutivo mismo de la isla, en la degeneración de la gente. A partir de la noche anterior, las reglas de las cosas ya no eran las mismas. Lo debió haber olido en el aire, con toda su acaparadora malicia, o debió haberlo presentido en las ardientes miradas de los que pasaban, o debió tal vez haber leído la primera plana del único periódico que aún imprimían, que sólo contaba las muertes con sus respectivos crímenes. Nunca vio la noticia en ningún sitio, y así fue que no llegó a imaginarse lo que se encontraría en éste el fin de sus días.

Con la enorme confianza en su capacidad para matar, de vengar a su pueblo, de vengarse contra su propio pueblo, miraba, con ojos de insecto ponzoñoso, por los callejones. A ver a quién le daban una pela y si era necesario salvarlos, a quién mataban a puñaladas y si era necesario salvarlos, a quién abaleaban y si era necesario salvarlos, a quién violaban, a quién esto y a quién aquello. Él, testigo, juez y jurado, enjuiciaba, deliberaba al instante, y llevaba su ley hasta su cabalidad.

Se aproximaba por el horizonte bermejo el sol del ocaso. Contaba ya con dos muertos y seis heridos, en cuatro altercados separados. Estaba extenuado, pero un presentimiento de tener que ir hoy más allá de lo común y corriente, de lo cotidiano, seguía empujándolo hacia más lejos, a pie, con todas sus armas a cargas.

Llegó hasta un barrio que estaba como todos los demás barrios. Era un lugar con una calle de entrada que era la misma que la de salida, con sólo dos callejones que chequear. Lo hizo en seguida. Volviendo por donde mismo había venido, vio la puerta entreabierta de una casa cualquiera. Desde hacía muchos años, ni por un momento, ni por equivocación, nadie dejaba las puertas abiertas.

Viró en seco y se dirigió directa y violentamente, como únicamente sabía hacerlo, hacia la casa. No titubeó, le dio el trancazo a la puerta con una bota enchapada en acero, y con la pistola favorita, mugrienta de tierra y de sangre porque él nunca la limpiaba, que los instrumentos de la honra y de la venganza deben ser todos así, apuntó dentro de una oscuridad lúgubre y quejumbrosa. Había allí gente desparramada por el piso, arrastrándose cual caracoles o cual sanguijuelas gigantescas, dejando tras ellos un rastro húmedo y oscuro. Tropezaban unos cuerpos con los otros, alzaban las cabezas, que tambaleaban, queriendo ver, acaso buscando la salida al sol, y uno de ellos dirigió la cara hacia Dranselmo Antonioni y él vio que por donde iban los ojos por allí había brotado sangre, y que estaba ya seca, y que todos los demás cuerpos que se deslizaban lentos por el piso habían sido lisiados a fuerza bruta. Se quedó, enmarcado en el travesaño, viéndolos estirarse y contraerse, que apenas respiraban, expirando. Pensó en qué hacer, en que las autoridades ya para nada contaban, en que la única autoridad verdadera que quedaba por todo aquello era él, nadie ni nada más que él y que el diablo en el infierno. Pensó en pegarles a todos un tiro, y por pensarlo no se percató de la figura que avanzaba hacia él desde la oscuridad, hasta que se le apareció por delante.

En la claridad que entraba por la puerta lo vio. Estaba embadurnado de sangre y adornado de vísceras humanas, y nada de ello, que era como un vestido porque por debajo de toda aquella porquería estaba desnudo, parecía ser proveniente de su propio cuerpo. La cara la tenía embarrada de excremento, como pintura de guerra, y por allí Dranselmo Antonioni le vio los ojos. Unos ojos de araña, de sabandija. Era un chamaquito que no pasaba de los diez años de edad.

Cuando se miraron, al instante se reconocieron. Dranselmo Antonioni, con la pistola alzada, disparó en seguida. Nunca llegó a darse cuenta de que el niño también tenía un arma en la mano y de que fue muy rápido con ella y que también dejó zafar un tiro.

Dranselmo Antonioni cayó de espaldas a la última luz del día, sin tiempo ni para sorprenderse, y lo último que vio, fugazmente, incomprensible porque el mundo estaba borroso y patas arriba, fue el sol que se ponía.

Al niño, del disparo lo había regresado a la grotesca oscuridad de la que había salido.

Los dos, a la misma vez, se habían volado los sesos. Se les desparramaban. En la calle. En el hogar desollado. Y el mundo, a pesar de esto, no cambiaba en aquel momento. Seguiría igual, igual y peor.

De boca en boca, en susurros y a gritos, a través de los medios difusivos, en la portada de aquel único periódico, seguía la noticia de que por toda la isla los niños se convertían en monstruos, de que ya no esperarían a la adultez, de que la evolución de repente se imponía, de que convertiría al pueblo entero, y de una generación a la otra, en lo que en realidad siempre quiso ser...

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Tony Baéz Milán, de Peñuelas, Puerto Rico, ha publicado numerosos cuentos en español y en inglés, en revistas que incluyen The Critical Point, Yagrumal, Papyrus, Textshop, Clarín, Bibliophilos, Los Mejores Cuentos, Lynx Eye y Resonancias. Es autor de los libros "Cuentos de un continente invisible", "Embrujo", y "Noël y los tres santos Reyes Magos". Acaba de escribir y dirigir el largometraje "Chrysalis", basado en un cuento del escritor norteamericano Ray Bradbury. Tony Baéz Milán reside en Greensburg, Pennsylvania, con su esposa e hijos.