Cuando lo vi me quedé perplejo. Se trataba efectivamente del Citroën 15 CV, Berline, modelo 1939, rojo, casi escarlata. Estaba como nuevo, sin la menor ralladura. Los neumáticos conservaban el diseño, la parrilla del techo no había sufrido la menor deterioración. Algo me dijo, en ese momento, que debía seguir mi camino sin más pérdida de tiempo. Que tenía que estudiar el presupuesto del arquitecto, ya que la respuesta debía ser dada al día siguiente. De no ser así la refacción del apartamento no podría hacerse hasta después de las vacaciones. Pero el tablero de caoba del "Berlinito" me traía demasiados recuerdos, la palanca de cambio con la bola de nácar, los espejos. También el asiento, amplio, confortable, en armonía con las dimensiones del vehículo. Y allí surgió la imagen de Carina, mi noviecita de aquel entonces. Volví a ver los atardeceres en el parque Floral, en Córdoba, charlando, haciendo proyectos de casamiento, hijos. Y luego aquellas noches silenciosas contemplando los reflejos de la fuente. De pronto algo doloroso me oprimió el pecho. El tiempo, el tiempo...
Al alejarme del Citroen regresaron los recuerdos del día: acababa de ver, en el cine Max Linder, "Valparaíso", una documental de Joris Ivens y ahora, de regreso a casa, me sentía impregnado por el ambiente de aquella ciudad. Pero esta sensación se debía más bien a la visión cariñosa, fraternal, que de aquella ciudad había tenido el cineasta. No había nada de demagógico ni de dogmático en su película. Si las gentes de Valparaíso eran como eran, vivían como vivían, era porque las circunstancias así lo habían querido. En cuanto a la historia... Los Españoles habían desembarcado en aquellas costas hacía quinientos años abriéndose paso a machete limpio; los corsarios que los habían seguido tampoco habían escatimado gargantas ni dejado bolsas por degollar. Y yo guardaba aún en el paladar — gracias a la fuerza evocadora de las imágenes — como un fuerte sabor a iodo. Ya que había sido justamente en Valparaíso que yo había visto por primera vez el mar. Y esta impresión, recibida a los siete años de edad, había hecho que para siempre el mar y sus fragancias estuviese ligado a aquella ciudad, a sus aguas frías y estimulantes. Además ¿no había sido en sus playas que había compartido el último verano con mi madre? Ya que habría de morir algunos meses más tarde...
Llegaba ya a la intersección del bulevar Montparnasse y la calle Cherche-Midi, cuando la patente del Citroen, vista momentos antes, se superpuso a las imágenes de Valparaíso. Sí, no cabían dudas, esa patente no era francesa, era de... ¡Argentina! Regresé corriendo. Llegué casi sin aliento agradeciendo a Dios y a todos los santos: ¡el Citroën 15CV Berline seguía allí! Verifiqué la patente. ¿Cómo era posible que un coche que yo había vendido hacía más de treinta años, apareciese ahora, en París? ¡Y siempre impecable! Un tanto ofuscado abrí la portezuela que seguía, como de costumbre, sin llave. Y entonces la vi. Era ella, evidentemente. Delicada, serena, emanando como siempre aquel perfume de hojarasca. Giró el rostro hacia mí.
— Suba, Víctor, tenemos tanto que decirnos...
Sin quitarle los ojos (todo en mí se negaba a aceptar que pudiese tratarse realmente de ella) rodeé el coche y fui a sentarme a su lado. Dorita llevaba puesto un abrigo de visón, a pesar de los treinta y cinco grados que hacían en París.
— Sabía que iba a volver.
— Ah, entonces me vio cuando observaba el coche...
— Intenté alcanzarlo pero, como siempre, usted da trancos de gigante.
— Dorita, perdóneme, pero estoy... emocionado. Jamás hubiera imaginado que volveríamos a vernos. ¿Desde cuando está en París?
— Acabo de llegar.
— ¿Y con qué motivo, si me perdona la indiscreción?
— Quisiera pedirle algo. Un gran favor.
— ¿A mí?
— Sí, a usted.
— No entiendo. ¿Ha venido desde Argentina sólo para pedirme algo?
— Algo que es de capital importancia para mí. Y no sólo para mí.
— Pero ha de estar agotada... ¿Ha reservado hotel? Tal vez querrá descansar...
— No tengo tiempo. Además, el viaje no me ha fatigado más de la cuenta. Y para lo que quiero decirle, me siento perfectamente.
— ¿No quiere que vayamos a un café, o a mi casa?...
— No, no, aquí estamos bien.
— Como quiera. Una alegría, realmente...
— Debo ser breve, Víctor. Sólo dispongo de algunas horas. Comencemos entonces por el comienzo. Este Citroen es el suyo, ¿no es así? Mejor dicho, es el que usted vendió a Foster.
— En efecto, estoy muy sorprendido...
— Entonces es preciso que sea usted, y únicamente usted, quien tome las riendas del asunto.
— ¿Qué asunto?
— No me diga que no está al tanto de lo que ocurrió.
— Estoy al corriente, lamentablemente...
— Bueno, en ese caso es preciso que regresemos a Córdoba ahora mismo.
— ¿A Córdoba? ¿Ahora mismo?
— Sí, se lo pido por favor.
— Pero yo tengo que dar una respuesta al arquitecto. Los materiales están encargados, los albañiles contratados, todo está listo para empezar los trabajos esta semana. Además, tengo que bajar los muebles al sótano, vaciar la biblioteca...
— No he de retenerlo mucho tiempo. Lo suficiente como para que usted pueda anular la venta del vehículo.
— ¿Pero de qué me está hablando?
— De la venta de este coche a Foster, mi marido.
— Pero esa operación fue finiquitada hace más de treinta años...
— ¿Y eso qué importa? Nunca es demasiado tarde.
— Dorita, usted me está pidiendo algo que es completamente imposible, absurdo.
— Usted era mi amigo en aquel entonces, me quería...
— Como a una hermana.
— Y ahora... ¿ya no me quiere más?
— Sí, sí, claro que la quiero. Sufrí terriblemente al recibir la noticia.
— Ya ve, tiene que ayudarme.
— Dorita, compréndame, esa venta tuvo lugar hace treinta años. ¡Es imposible anularla! Foster me dio el dinero y yo puse todos los papeles a su nombre. Consta en los archivos policiales. Además, usted misma debe haber venido a Francia con esos documentos, de otro modo...
— No trate de embaucarme con sus argumentos. La voluntad puede más que todos los legajos. Si es que está decidido a ayudarme, desde luego. Ah, mi pobre Víctor, treinta años en París lo han cambiado, ya no es el mismo...
Preferí no responder. Romper ese contrato significaba renunciar a mis proyectos. Tendría que reembolsar a Foster y entonces las nuevas ventanas que debían hacer entrar, a raudales, el aire y la luz en mi pequeño apartamento... Además me vería forzado a... Como si hubiera escuchado mi monólogo interior, Dorita me dijo, secamente:
— Todo eso es secundario. Lo que cuenta es que el Citroen 15CV Berline no llegue a ser jamás propiedad de mi marido. Que este Citroen siga siendo suyo, para siempre.
— ¿Y eso por qué, para qué?
Dorita no respondió. Alzó los ojos, sus bellos ojos negros, y su mirada rozó la altísima torre Montparnasse. Noté entonces que lo que le cubría el cuello no era un pañuelo sino un vendaje. Muy discreto, pero vendaje al fin. Y esto me perturbó. De pronto, como si hubiese notado mi turbación, volviéndose hacia mí, me dijo:
— Le prometo que mañana por la mañana usted estará de regreso en París. Aquí mismo, en este mismo lugar. Y que tendrá tiempo de sobra para estudiar el presupuesto y dar una respuesta al arquitecto.
— No me haga reír, Dorita. ¿Ir hasta Argentina esta noche y regresar mañana por la mañana? ¿En una alfombra voladora, tal vez?
— No trate de escabullirse, Víctor Iremos en este automóvil, que marcha muy bien. Mejor de lo que usted supone.
Ahí si que me largué a reír. Abiertamente. Desde luego, sólo se trataba de una broma: Dorita había alquilado un Citroen nuevo, le había colocado la vieja patente de mi antiguo "Berlinito", aquel que yo había vendido a su esposo y donde él la había... Los ojos de Dorita estaban clavados en los míos. Un temblor convulsivo me recorría el cuerpo de arriba a abajo. En cuanto a ella, alrededor de las pupilas, venillas muy rojas se hallaban a punto
de estallar.
— ¿Cree usted, Víctor, que yo podría haber hecho semejante viaje tan sólo para hacerle una jugarreta? ¿Cree acaso que la desgracia que cayó sobre toda mi familia me permitiría semejante frivolidad?
Me sentí terriblemente confundido. La acababa de herir. A ella, que siempre había sido un modelo para mí. Debía llevarme unos ocho o diez años. Y en aquellos tiempos, cuando yo era un muchacho irresponsable, ella era ya una mujer hecha y derecha. Y ahora que recuerdo, yo la había asociado, en varias ocasiones, con
mi propia madre. En cuanto a su acción social en ayuda de los niños pobres, siempre me había causado admiración.
— No perdamos tiempo, Víctor, partamos ya.
Me fue imposible responder. Veía claramente lo absurdo de la situación, tenía que ir a casa y tomar la decisión sobre los trabajos, también mis pacientes me esperaban, la consulta comenzaba al día siguiente a las nueve de la mañana. ¿Qué locura era ésta de viajar a Córdoba? Pero en vez de negarme y partir inmediatamente, me hundí más aún, como un cobarde, en el asiento. Sin poder articular la más mínima palabra. Algo extraño, inquietante, me sellaba los labios. La miré entonces de reojo: "Sigue siendo tan deseable como siempre, pensé. ¡Qué fineza, qué sensibilidad!..."
Y entonces comprendí que debía ayudarla. A pesar de saber que no serviría para nada, ya que lo que ella me pedía era totalmente absurdo. El tiempo es irreversible — me repetía a mí mismo — qué ridiculez pretender modificar los acontecimientos. Pero ella me estaba hablando y entonces, curiosamente, acabé con mis ruminaciones y cedí a sus poderes. Manejaba admirablemente, a pesar de hallarse en una ciudad que apenas conocía. Habíamos traspuesto ya la Puerta d'Orléans y entrábamos en la autopista que lleva a Marsella.
— Hay alguien,
en el fondo de cada uno de nosotros, que escapa a los límites del tiempo. Y es a ese alguien, que también se halla en usted, a quien suplico que me ayude.
— ¿Qué quiere decir todo eso? Usted ve muy bien que soy un simple mortal. Que no tengo la menor posibilidad de escapar a las leyes del tiempo...
Por toda respuesta, ella encendió la radio. El noticioso anunciaba que los camioneros habían logrado paralizar la circulación en todo el país. También se habían unido a ellos los agricultores que, con sus tractores, bloqueaban el tráfico ferroviario. Varias altercaciones entre huelguistas y particulares habían causado heridos y dos personas acababan de morir al estrellarse contra un camión detenido en el pavimento. La tensión crecía en todo el país...
— Y todo por la licencia de conducir por puntos..., comenté, queriendo romper el silencio.
— Cada cual lucha por sus derechos a su manera, replicó Dorita apagando la radio.
Su voz había sonado tan severa, tan fría, que preferí no agregar nada. En realidad, estaba sorprendido. La imagen que siempre había guardado de ella, era la de una mujer amable, comprensiva. Pero ahora veía que también podía llegar a ser tajante, intransigente incluso.
— Usted, Víctor, hace muchos años que está ausente del país. Allá la gente es más ruda, más contradictoria. Somos un pueblo apasionado, estúpidamente sentimental. Pasiones sin consistencia, quiero decir. Nuestros sentimientos no están arraigados en verdaderos afectos ni en verdaderos odios. Somos versátiles, nos encendemos como pavesas y como pavesas nos apagamos. Sin que ninguna brasa prolongue la acción de las llamas. Por eso siempre es necesario corregir, recrear los acontecimientos. Darles un sentido. Lo que usted hizo, lo hizo sin querer. Usted no es responsable de nada. Usted vendió este coche porque debía marcharse a Europa. Y el precio fue correcto. Prácticamente un regalo. El Citroen Berline 15CV estaba casi nuevo, e incluso permitió que Foster sólo le pagara la mitad, quedando el resto para su esposa. Y así lo hizo mi marido. Tomándose todo el tiempo que estimó necesario. Sin que nadie le reclamase nada. Una venta entre amigos, digamos. Entonces yo no le reprocho nada. Nadie le reprocha nada. Pero lo lamentable es que fue esa venta la que ocasionó la desgracia. Conclusión, que el único que puede repararla, es usted.
— Dorita, se lo suplico, vaya un poco más despacio. Va a reventar el marcador...
— Le he dicho que ha de estar de regreso mañana por la mañana. ¿Cree que estoy dispuesta a romper la promesa?
— "Despacio que estoy apurado." ¿Conoce ese refrán?
— Lo conozco mejor que usted.
Nuevamente se instaló el silencio. Pero en mi cabeza bailaban las imágenes. Todo lo que decía sobre la venta era exacto. Se lo había dejado a la mitad de lo que me había costado. No fue un buen negocio, desde luego, pero como ya me venía para Francia...
— He logrado que Foster acepte recibirlo.
— ¿Recibirme a mí? ¿Y para qué?
— Para anular la venta, ¿para que habría de ser?
— La transacción se hizo ante escribano público.
— Eso no tiene ninguna importancia, ¿hasta cuando se lo voy a repetir? Lo que cuenta es la intención. ¿Usted quiere ayudarme, si o no?
— Desde luego. Pero hay cosas lógicas en la vida.
— La lógica que a usted le preocupa es la lógica material, la de los escribanos, justamente. Yo lo que quiero es que usted intervenga en otro tipo lógica, o más precisamente, en un campo donde la lógica no tiene cabida.
— ¿No tiene cabida, dice?
— Sí, y donde ni usted ni yo, tal como somos en esto momento, existimos.
— Si comprendo bien, usted ha venido hasta París para llevarme a Argentina, donde tendré que desaparecer.
— Ni más ni menos.
— ¿No le parece, que en ese caso, mejor hubiera sido hacerme desaparecer en París?, ¿evitando este viaje, que comienza a transformarse en pesadilla?
— Víctor, escúcheme bien. Recién le expliqué que usted no era responsable. De acuerdo. Pero sin embargo, no por ello deja de estar implicado, de ser culpable incluso, de lo que a mí me ocurrió. Puesto que fue usted quien proporcionó a mi esposo el vehículo de la desgracia. Y quien le envió el arma desde los Estados Unidos. ¿Qué más quiere que le diga?
Mi frente fue a dar contra el vidrio de la ventanilla. Transpiraba a mares. La cabeza me dolía, la nuca, más precisamente. La Smith & Wesson se había puesto a gatillar en mi pobre cerebro. Aquella pistola que había comprado en Los Ángeles y que le había enviado a Foster por correo... cinco días mas tarde, solamente... La cargaba en el bolsillo y por la noche, en la oscuridad, el brillo opaco de la culata y del nácar, alumbraba como un reflejo lunar... Y fue sólo cuando partía de Los Ángeles, que fui al correo para enviársela. Envuelta en un género negro. Mandándole también una carta donde lo prevenía sobre un posible secuestro en la aduana de Buenos Aires. Y esto calmó un tanto mis escrúpulos. No sé por qué, pero desde el día en que me había pedido que le comprara un pistola, no me había sentido bien. Y lo peor es que fui yo mismo quien se ofreció: "Si necesita algo de Estados Unidos o de Europa..." Foster atrapó la ocasión y me pidió que le enviara una pistola. También hubiera querido una montura, pero eso ya era demasiado. Entonces ni bien llegué
a Los Ángeles fui a un armero y elegí una hermosa Smith & Wesson, Victory Model, calibre 38. La publicidad decía: "Esta pistola posee una gran rapidez de partida, calidad de ejecución, resistencia al uso y funcionamiento seguro."
— Tampoco le puedo recriminar el envío del arma. No, usted lo hizo por amistad. Y nunca le mandó la factura. Lo que prueba que su acto fue desinteresado. Y es por eso, justamente, que la pistola sigue siendo suya.
Y con los ojos indicó la guantera. Instintivamente retiré la mano. Como si me hubiese estado preparando a cometer un crimen y al darme cuenta me retractara espantado.
— Estamos en su coche y en la guantera se halla su pistola. ¿Qué más quiere que le diga?
Yo había cerrado los ojos. Acababa de abandonarme. Al destino, a la fatalidad. Todo era verdad. La pistola de Los Ángeles estaba ahí. Con cinco balas en el cargador, supongo. Ya que sólo había habido un disparo. La radio se encendió una vez más: los gendarmes comenzaban a dispersar los semi-remolques, con granadas lacrimógenas, con guinches, con tanques del ejército. Recordé los planos del arquitecto. Sería imposible regresar mañana por la mañana... "Avec le temps, avec le temps tout s'en va, les amours, tout s'en va, les souvenirs...", con el tiempo todo se va, con el tiempo, los amores, los recuerdos, se van, martillaba la voz de Leo Ferré...
¡Caíamos al vacío! ¡El Citroen golpeaba contra las rocas... el techo se hundía, nos aplastaba!... Mis propios gritos me despertaron. Avergonzado y sudoroso clavé la nariz en la ventanilla y me dediqué a observar el paisaje.
Atravesábamos una zona devastada por las lluvias. Las tormentas generaban correntadas que levantaban de cuajo el pavimento... Y de pronto me quedé alelado: tormentas como esas yo sólo las había visto en la pampa. Lo que significaba que ya nos hallábamos... Sí, sí, reconocí de inmediato los parajes. Allí estaban los alfalfares, seguidos de trigales, miles y miles de girasoles... las cisternas de agua donde venían a abrevarse los caballos, o las vacadas, molinos de viento y el cielo desplegando su inmensidad a medida que avanzábamos...
Miré a Dorita: seguía manejando con los ojos clavados en la recta que se estiraba sin hallar estorbo alguno. No parecía fatigada en lo más mínimo. Me enojé conmigo mismo por haberme dormido. ¿De qué manera había atravesado el océano? ¿Cómo era posible que hubiese podido dormir durante tanto tiempo? La voz cálida de Dorita me sacó del ensimismamiento.
— Ahí detrás tiene café.
Maquinalmente me volví y tomé el termo. Serví dos tacitas y le alcancé una a Dorita.
— Gracias, nunca tomo mientras manejo.
Me resigné a tomarlo solo. Resignarme es mucho decir, ya que tenía la boca reseca y el líquido caliente y azucarado me proporcionó una gran satisfacción.
— He dormido como un tronco ¿eh?
— Mejor así, porque en Córdoba, la tarea que le espera ha de exigirle todas las energías.
— ¿Qué tarea?
— Convencer a mi marido.
— ¿De qué?
— De que no le escriba a su tío a Buenos Aires pidiéndole que vaya a retirar el arma a la aduana, haciendo uso de su influencia. Como es un militar de alto rango no se la podrán negar, ¿me comprende?
— Sí, sí...
— Si usted logra que no escriba esa carta, el arma no llegará a destinación. Y si el acta de venta del Citroen se anula, los dos elementos capitales de la desgracia habrán desaparecido, ¿me comprende o no?
— Sí, Dorita, comprendo todo. Pero le repito que es imposible. Treinta y tantos años han hecho desaparecer para siempre al tío de Foster. El empleado de la aduana también debe de haber fallecido, incluso el escribano, que ya era un anciano...
— El acta la he recuperado, aquí está.
Y me tendió un papel amarillento. Al desplegarlo vi que, efectivamente, se trataba del aquel compromiso de venta que yo había firmado en el despacho del escribano.
— Ahora lo que cuenta es que usted, reconociendo su responsabilidad, logre borrar esa firma.
— ¡Pero es imposible!
— Cada uno de nuestros actos se halla inscrito en el tiempo, pero también en la intemporalidad. Si actuamos como corresponde, podemos no sólo modificar el futuro, sino también el pasado.
— En este momento sería incapaz de decir si me hallo en el presente, en el pasado... ¡o en el limbo!.
— Desde luego, puesto que no me cree, puesto que desconfía de mí.
— Dorita ¿cómo puede decir eso?
— Perdóneme. Sin darme cuenta lo estoy acusando, en vez de agarrármelas con el verdadero responsable.
— Lo que usted me pide yo ya me lo he pedido a mí mismo. Miles de veces. Mi firma en este papel me ha quemado las retinas en los sueños. Y tanto he refregado la mano para borrarla, que por la mañana la hallaba ensangrentada. Este Citroen, mi "Berlinito" de aquella juventud, también me ha perseguido. En mis noches de insomnio, este coche, sí, me suplicaba que borrase las gotas de sangre que quemaban su volante, que gritaban desde su parabrisas. Usted misma, mi querida amiga, ¿cuántas veces no surgió de la bruma para pedirme que colocara mi mano ahí, sobre su herida?...
— Lo siento mucho, Víctor, créamelo. Nunca hubiera debido atormentarlo así. Pero la ruptura fue demasiado violenta. De un segundo para otro el mundo dejó de ser lo que había sido. Me vi proyectada en una realidad a la que no estaba de ninguna manera preparada. Usted ha podido, durante todos estos años, desandar sus propias huellas, poner orden en su vida, en su corazón. El mío estalló en plena juventud. Desde donde me hallé a partir de ese momento, nada pude hacer por mis dos hijas, por mi marido. Y el pobre Foster al ver el desastre que había causado, comenzó a suplicarme que fuese a París, a buscarlo a usted.
— ¿A buscarme a mí?
— ¿A quién, si no? Pero yo no quise oírlo. Tan atareada como estaba en condenarlo, en odiarlo, en desearle el mayor de los sufrimientos. Hasta que el tiempo aplacó la cólera, el rencor. Y como si un ciclo acabara de cerrarse, decidí seguir su consejo. Averigüé su domicilio en Francia y me fui a buscarlo.
— ¿Y el Citroen 15CV?
— Lo hice pintar, reparar. Logré que me dieran una nueva patente.
— ¿Nueva? ¿No es entonces la patente de origen?
— No, yo sabía que usted no recordaría el número. Además, contaba con su cariño...
— Desde luego, Dorita, desde luego...
— Foster me recibió en la prisión. Ni nos odiábamos, ni nos queríamos. Éramos simplemente, otros. Y entonces me sugirió que espiara sus sueños. Ya que eso me permitiría, según él, volver a acercarme a usted.
— ¿Mis sueños? ¿Usted puede entrar en los sueños de otra persona?
— En los suyos, al menos, sí. Y allí constaté que yo seguía presente en su mente. Y que el encadenamiento de los hechos lo hacía sentirse responsable de la desgracia. Por eso recuperé el contrato de venta y la pistola.
— A fin de que los sueños pudieran concretizarse.
— Exacto. De lo contrario usted nunca hubiera aceptado venir. Sin esas pruebas, quiero decir.
Nos habíamos detenido en una gasolinera. Pero parecía abandonada. De pronto escuchamos una melodía, alguien tocaba el piano detrás de la casilla oscura. Intrigados, bajamos. Se trataba de una cantina para viajantes. No había nadie. Al entrar, un gato famélico se escabulló bajo la puerta. La pianola automática arrastraba las notas como si se hallase al borde de la extenuación. Nos sentamos en una mesa y esperamos que lanzara el último suspiro. Introduje entonces unas monedas en el tocadiscos. Necesitaba escuchar algo que me confirmase que estaba en mi país. La voz de Carlos Gardel no tardó en socorrerme. Aunque aquel tango no era el más indicado para arrancarme de mi lastimosa nostalgia.
Volver con la frente marchita / las nieves del tiempo / platearon mi sien...
— Víctor, le juro que ya he dejado de merodear en mi pasado. En mi pasada vida, mejor dicho. Pero creo en la armonía que existe entre los seres y las cosas, y entonces me dije que tenía el derecho — o el deber — de buscar este equilibrio entre yo misma y mis actos. Porque si uno nace, crece y se desarrolla, ¿no es acaso para compartir con los demás el misterio de la existencia? Y tanto luché por comunicar ese secreto que llevaba en mí, que terminé por exasperar a quienes me rodeaban. Y lo que es peor aún, le forcé la mano a la misma vida. Exigiéndole respuestas que yo no estaba en condiciones de recibir. Foster me amaba y yo lo amaba. Pero el diálogo se había desajustado. Aquello que tanto había admirado en él, su fuerza de carácter, su vitalidad, había dejado de seducirme. Un día, lo tengo muy presente, lo vi despojado de todos sus atributos. Era como si un viento helado hubiese disecado su cuerpo y su alma. Y me dio lástima. Su inteligencia, su genialidad inclusive, no significaban más nada para mí. No creía más en lo que me decía, ni tampoco quería creerle. Se había convertido en un extraño. Al principio reaccionó como reaccionan todos los hombres celosos: convencido de que yo tenía un amante. Pero, en realidad, yo no sólo me alejaba de él, me alejaba también de mí misma, o mejor dicho, de aquella mujer que yo había sido hasta entonces, ¿me comprende? Dorita se había vuelto una intrusa, alguien que se empecinaba en aferrarse a mis carnes, a mis ideas, a mis más bellas esperanzas.
Como nos quedaban pocos kilómetros por recorrer y como no queríamos llegar a Córdoba de madrugada, Dorita aminoró la marcha. Yo la miraba de reojo: muy concentrada, parecía rumiar los pensamientos. Luego, maquinalmente, encendió la radio. Esta vez la locutora hablaba en castellano. También habían huelgas y — quizás inspirados en los franceses — los camioneros argentinos amenazaban con paralizar el país. Los principales accesos a Buenos Aires, así como a las ciudades de Mendoza, Córdoba, Santa Fé, estaban siendo bloqueados. Se temía una intervención de las fuerzas armadas para poder...
Dorita cambió de estación. Reconocí de inmediato aquella milonga pampeana. La guitarra de Falú parecía surgir del paisaje...
— Todo se precipitó sin que yo pudiese preverlo. Mi reclusión interior — por darle un nombre — luego de haberme brindado calma, luego de haberme maravillado, comenzaba a
buscar una salida. Esa absorción total en mí misma acababa de revelarme que yo existía más allá de los pensamientos, que el tiempo había perdido su poder sobre mí, y que la mente, con todas sus riquezas, no era nada comparado con aquel vacío, que en realidad, contenía todo. Entonces al regresar a mi vida de cada día, una gran sorpresa me esperaba: aquella Dorita, a la que había rechazado por incoherente, por anodina, me era en realidad muy querida. Yo había dejado de ser Dorita, eso era irreversible, pero al mismo tiempo una nueva ternura había nacido en mí por aquella mujer que yo conocía tan bien. Y entonces quise protegerla, ayudarla a revalorizar todo lo que poseía, hasta lo más mínimo. Y fue finalmente gracias a ella que pude yo, a mi vez, darle un nuevo sentido a mi existencia. Retomé entonces — a través de ella — mis actividades, la acción social, escribí artículos para los periódicos, me ocupé de mis hijas como nunca antes lo había hecho... En fin, todo lo que anteriormente me había oprimido, angustiado, ahora me resultaba liberador, fuente de felicidad. Acababa de comprender que no habían dos realidades: la mía, personal, íntima, y la del mundo exterior, la de los otros. No, ambas se habían fusionado, ambas se reflejaban la una en la otra. Como un espejo límpido que refleja a otro espejo, diáfano también. Y esta reconciliación me hizo sentir profundamente dichosa.
Lentamente, el silencio se fue instalando una vez más entre nosotros. Tal vez me adormecí durante unos segundos. De pronto tuve la impresión de que algo se desplazaba en la carretera. Como si una nube avanzase a ras del suelo. Dorita fijó la mirada pero no aminoró la velocidad. Yo me dije, en una especie de atolondramiento, que íbamos a ser tragados por esa masa blanca y envolvente que nos bloqueaba el paso. Pero el bramido del motor y los bocinazos que Dorita lanzaba sin parar nos abrieron una brecha entre los miles y miles de corderos que huían por todos lados, balando aterrorizados. Entonces me enfurecí. "¡Frene!" "¡Frene!", le grité.
— ¿Qué?
— ¿Qué debo hacer, que debo hacer?, dígamelo, ¡y que esto se acabe de una buena vez!
— Abra la guantera. Tome el revólver. Sí, así, empúñelo bien. Eso es. Ahora acérquelo a mi cuello. Ya ve que no es tan difícil. Espere que me retire la venda. ¿Ve la herida? Bueno, apoye el caño ahí.
El arma temblaba en mi mano. Creí que el cuerpo se me iba a consumir, tanto era el incendio que lo recorría. El caño avanzó lentamente hasta posarse en la herida diminuta. Pensé que la bala también debía ser diminuta. Dorita manejaba mirando fijamente la ruta, pero su mirada estaba vacía. Cruzábamos ya las primeras casas de los suburbios de Córdoba. Los jardines que bordeaban el camino se desperezaban en medio de vapores que ascendían desde la tierra. También el sol luchaba denodadamente contra la bruma. "No ha de ser un día gris...", pensé. De pronto Dorita frenó en seco, deteniéndose en medio de la calzada. Su voz parecía llegar desde muy lejos:
— Foster, déjame pedirte perdón. No supe verte, ni apreciar todo lo que habías hecho por mí. He sido una ingrata, una estúpida. Te acusé de haberme secuestrado, de haberme impuesto una vida que me disminuía a mis propios ojos, cuando yo poseía todas las condiciones para ser una artista. Habías matado en mí a la escritora que pugnaba por nacer. Y tus palabras, Foster, eran paladas de tierra que enterraban mis ilusiones, mis más hermosos sueños. Tus entusiasmos, tus exaltaciones, me destrozaban, ya que eran el reverso de mi alegría. Y esta amargura terminó de cavar la zanja entre nosotros. Dejamos de ver la vida con los mismos ojos, de soñar juntos, de compartir el cariño de nuestras hijas. Y como cada día te alejabas más, simulé escribir cartas a alguien que se hallaba muy lejos, pero que seguía pensando en mí. Y que en caso de separación yo podría siempre ir a buscar. Y fue con estos escasos elementos de duda que fuiste construyendo los andamios de tu venganza. Sin que yo me apercibiera. Porque, te juro, Foster, yo nunca había visto a Víctor con ojos de mujer. Pero para ti, mis insinuaciones terminaron por cobrar un carácter determinante. Y ya nadie hubiera podido hacerte cambiar de idea. Es por eso que ahora nos hallamos en el Citroen escarlata de aquel Victor Muñóz que odias, y que empuñas la Smith & Wesson que él mismo te hizo llegar desde Los Ángeles. Ya que tu
decisión es irrevocable. Y yo estoy triste. Muy triste, mi querido Foster. Porque no supe ver las cosas tal cual eran, ni verte, ni verme a mí misma hasta hoy. Hoy, hoy... Un día más, pero tardío. Aún hubiéramos podido hablar, entendernos. Yo hubiera podido revelarte mi secreto, compartirlo contigo... Pero, ya ves, todo fue previsto para que este momento, tal como es, tuviera lugar.
Mi arma seguía apoyada en su cuello. Muy lentamente la retiré de algunos centímetros. Apoyando la espalda en la portezuela, la miré fijamente. Y fue entonces que, como un sonámbulo, hice fuego.
El estrépito me despertó: me hallo en la Citroen 15CV, Berline, tracción delantera, que acabo de comprarle, al cabo de interminables negociaciones, a un coleccionista de Marsella. Un coche rojo que me recuerda aquel querido "Berlinito" de mis veinte años. Delante mío, un tanque del ejército arrastra un semi-remolque impresionante.
Poco a poco, todos los autos que se hallaban bloqueados, arrancan. ¿La huelga ha sido liquidada entonces? Aprieto el acelerador y me escurro entre la fila de coches. "¡Por fin a París!", me digo, lanzando un profundo suspiro. Mañana tengo que ir sin falta al banco, en la clínica la consulta comienza a las nueve, darle la respuesta al arquitecto... Enciendo la
radio: "La huelga de los camioneros parece concluir — dice la voz de la locutora -. Más de doscientos barricadas han sido levantadas. Las fuerzas del orden han intervenido en varias ocasiones. A pedido del ministro del interior, las autopistas Lille-París y Lyon-Marsella, están siendo liberadas. La licencia de conducir por puntos habrá servido de revelador del malestar..." Y todos aceleramos, felices de volver a casa, de ver la familia, luego de una semana de cautiverio en medio de los campos.
Al llegar a París, con mucha suerte hallo estacionamiento frente a la torre Montparnasse. Antes de bajar, verifico si no olvido nada.
Al abrir la guantera recibo una bofetada: ¡la Smith & Wesson, Victory Model, calibre 38, está ahí! En la penumbra, la culata de nácar brilla como un reflejo lunar.
FIN
Gregorio Manzur nació en 1936 en Mendoza (Argentina). Estudió arte escénico e hizo televisión en su ciudad natal. Viajó a Nueva York en 1966, donde trabajó algunos meses en el canal ABC, llegó a París en el mismo año. Fue periodista en Radio France Internationale y actualmente es productor en France Culture de París. Publicó varios libros de cuentos y novelas en Francia, España y Argentina.
Acceda a todos los contenidos publicados desde enero de 2001 hasta la fecha.
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