Lunes 22 | Julio de 2024
Director: Héctor Loaiza
7.588.559 Visitas
Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
resonancias.org logo
157
Narrativa
5 2 2008
Una novela con juegos temporales y con mucho de lo grotesco porteño (comentario) por Abel Posadas
El horror a y de las fotos —pueden recordarse aquí a páginas de Barthes, Sontag, Warhol y hasta el clásico de Silvina Ocampo titulado precisamente Las fotografías— es un itinerario que debe recorrerse desde el comienzo mismo del texto, ya que Santamarina recibe las del accidente fatal de su mujer, Sabrina. Lo que comienza como un anuncio premonitorio nos lleva a otra época y a otro personaje que funciona como eje de la historia: Piaget, un profesional encargado de inmortalizar a las víctimas de la represión en la última dictadura que sufriera Argentina. La extensión discursiva de Piaget logra eclipsar, momentáneamente, a los otros personajes de la historia. Sus diálogos con el capitán de Marina al que sirve proponen cáusticas bromas no exentas de sadismo: así, este capitán imagina una foto eventual del unitario asesinado en El matadero de Echeverría y lamenta que no existan testimonios pulidos y satinados al respecto. Un daguerrotipo no bastaría para causar pánico. Piaget se halla indisolublemente ligado a un triste personaje llamado Marcia Nadina, con un regusto singular que la une a Piaget: los cementerios, las cruces, los túmulos, las criptas y un hijo muerto. Por contraposición y trasladándonos sin previo aviso a la redacción de un diario, en el que también trabajan tanto Piaget como Santamarina, nos hallamos ante un mundo donde las agudezas intentan pasar por inteligencia, ya que es fácil disfrazarse. En ese lugar hará su aparición la adolescente Rosarito, una joven que se encargará de satisfacer las apetencias de Santamarina delante del cadáver de Sabrina. El sexo, en todo el texto, se halla indisolublemente ligado a la muerte, lo que otorga a esta novela corta de Margulis –quien aparece también como un personaje más en la redacción- un sesgo decididamente tanático. La soltura en el terreno sexual, algo que se agradece porque corresponde a una cierta picaresca de buena cepa tan vieja como La lozana andaluza de Fray Francisco Delicado en el siglo XVI es, en el caso de Margulis, de una complejidad poco frecuente: la agonía, los cadáveres, los ritos emparentados con la muerte provocan erecciones. No siempre es feliz la exploración en el área, ya que no se sabe por qué un personaje satélite como el de Roque nos ofrece el relato de su noche con un travesti que cualquiera puede encontrar en un blog de internet o en esos lugares telefónicos especializados en esta clase de historias. El paseo por el unheimlich freudiano tiene como fuente el período 1976-1983 y lo que aquí se relata, el horror padecido, condiciona las vidas de todos los que intervienen, aún en su aparente frivolidad desprejuiciada. ¿Cómo ahogar la angustia? Margulis recurre al sexo y es, en cierta manera, un escape como cualquier otro. Algunos dirán el más sano, otros el más alcanzable, el más próximo. El deseo que asoma en la descripción de ciertas figuras femeninas –la joven Marcia Nadina, Rosarito- las entrega como verdaderos objetos a ser consumidos como paliativos del dolor y, en el caso de Piaget, del sadismo. El diálogo, uno de los graves problemas de la literatura, el cine y la televisión argentinos pareciera no tener tampoco freno en el caso de Margulis. Sin embargo, no debe confundirse con el de mucha de la literatura crapulosa que viene publicándose en el país desde hace décadas. No hay en el mismo nada del naturalismo asfixiante y pedestre al que estamos acostumbrados: sencillamente, esta gente habla como piensa y piensa como habla. Para bien o para mal. Párrafo aparte merece el grotesco —género porteño por excelencia— que campea por la breve sinopsis que Hans redacta sobre la historia argentina. Y en las antípodas, el lirismo asoma en las alucinadas visiones de la agonizante Sabrina. Algo habría que pedirle a Margulis y es que no tenga en cuenta a ese lector invisible cuando escribe. Los textos fáciles no son, precisamente, los que logran que la literatura avance. Él posee las herramientas necesarias para crear lectores inteligentes, esos de los que hablábamos al comienzo de esta reseña. El facilismo se olvida y lo que perdura, tal vez, son ciertas imágenes que muy poco tienen que ver con el mundo mediático y previsible en el que vivimos. En el lector dibujado por el texto asoma la inseguridad nada estable del universo postmoderno. Es, además, indiscutible, que alguien que se dedique a ficción en nuestros días deba poseer un amplio manejo de códigos. Margulis no vacila en mezclar a Alfredo Alcón y a las recetas de cocina —loas al asado argentino— a Beethoven con la tristeza marginal de un pueblo y de una adolescencia ya perdidos. No sabemos si se ha dicho, pero aún cuando el hipercultismo sea necesario, debe ofrecerse tal y como en Fuera de foco, sin alarde alguno. Una pregunta que el lector podría, tal vez, hacerse al concluir el texto es la siguiente: ¿seguimos viviendo fuera de foco?
acerca del autor
Varios

Alejandro Margulis (1961) nació en Boston (EE.UU.) pero reside en Buenos Aires. Trabajó en los principales medios gráficos de la Argentina y publicó cinco libros: dos de ficción —el libro de relatos "Papeles de la mudanza" (Catálogos, 1988) y la novela "Quién, que no era yo, te había marcado el cuello de esa forma" (Beatriz Viterbo, 1993)— y tres periodísticos —"Los libros de los argentinos" (El Ateneo 1998), "Junior, Vida y Muerte de Carlos Menem (h.)" (Planeta, 1999) y "Reconstrucciones de desaparecidos" (IMFC, 2002). Fue docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dicta además cursos de escritura literaria y periodismo de investigación on line en el portal de literaturas inéditas. Anima el website http://www.ayeshalibros.com.ar/.