Lunes 08 | Agosto de 2022
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 10 2015
Revolver de mujer (fragmento de novela) por Julián Van Quekelberge

Dedicado a mí madre, que se abrió camino en un mundo machista, lleno de imbéciles...

Fue después de año nuevo, de los fuegos de artificio que iluminaban la noche, de los brindis por cualquier motivo o excusa, de los interminables abrazos tan sentimentales con palmaditas en la espalda, y el baile, que se extendió como pólvora encendida por las calles céntricas y portuarias, al ritmo de los tambores, los timbales y las guitarras.
Participaban los marineros, los ancianos y los niños, los pobres y los señoritos, que vestían trajes de lino blanco, sombreros panamá y zapatos bicolores.
Las putas bailaban adorables, divinas, encantadoras, tan putas y apetecibles, llevando la copa de champagne en alto, como si estuvieran sosteniendo un trofeo o brindando con Dios; con un deseo auténtico, inmoral, espiritual y con una ilusión esperanzada, anidando en sus corazones vacíos... Mostrando esa efímera euforia o aparente felicidad, jugaban a ser libres, a exorcizar los males y cantaban hasta quedar afónicas, desflorando pétalo a pétalo lo que quedaba de la belleza, la sucesión de los días.
Algunas, rotaban sus caderas siguiendo el ritmo de la música y tirando el torso y los brazos hacia atrás, quedaban con la pelvis casi horizontal, contrayéndola como un espasmo o un orgasmo.
Parecían suspendidas en las llamas de un infierno imaginario, para luego ascender en un torbellino de fuego, como ángeles diabólicas y mestizas, que enredan a los hombres en largas pestañas, curvas de caderas, redes hechas de algas y pendejos, surgidos de sus vaginas de sirenas.
Ellos, como sonámbulos escapados de un sueño, seguían la melodía, un rastro de hembra y néctar dibujado en el aire,- y dicen,- que quedaban encallados como un barco que perdió el rumbo o un pescado boqueando en la arena.
Todo se mezclaba ese día, todo estaba permitido, todos iban más allá del bien y del mal.
Ese día y solo ese día, se borraban las rígidas normas invisibles pero establecidas, la moral sujeta con alfileres, las fronteras de clase, dinero, cultura y las imágenes de Cristo, Ogún, Yemanja, desteñidas con el sol de los trópicos.
Frederick, observaba las comparsas y la multitud avanzando por la avenida.
El poderoso son de los tambores lo sacudía, entraba por sus oídos, reverberaba adentro de su cuerpo, erizaba su piel.
Sentía la poderosa percusión vibrando en el piso como un corazón que palpita, mientras sus pasos se hundían en la acolchada calle del “Teatro Amazonas”, pavimentada con caucho, para amortiguar el ruido de los carruajes.
Frederick, sonrió, al ver a un chiquillo con pañales, que bailaba de forma magistral.
Ese mundo lo fascinaba, le resultaba lindero a la locura, pero mágico y bello.
La Ópera de Manaus, réplica de la de Paris, había costado diez millones de dólares en mil ochocientos noventa y seis. Su fachada, labrada en granito, tenía hermosas maderas repujadas y una enorme cúpula de cerámica en lo alto con la bandera brasileña. “La belle époque en el corazón de la selva como una herida absurda”…
Habían hecho traer los mármoles de Carrara, el hierro forjado de Escocia, algunas paredes de acero desde Inglaterra, las arañas de cristal de Murano y el mobiliario Luis XV, tapizado con terciopelo rojo de Francia.
Lo único autóctono fue la madera, aunque tallada en el viejo continente.
 Al pueblo no le gustaba el Teatro de la Ópera. No se identificaban con él. Había otras prioridades en aquel país de marcados contrastes y sentían cierto resquemor hacia los ricachones, que acudían a sus galas ostentando riqueza.
Se había propagado el rumor de que estaba maldito y que un fantasma habitaba entre bambalinas…
 Tal vez, porque cuando ensayaba el elenco de Ballet, con los spots encendidos, se veía desde las travesías, las deformes sombras proyectadas sobre las paredes y los techos.
A eso, se sumó que la mayoría de la población de Manaus era indígena y creían en los espíritus.
Cuando un carismático tenor europeo cantó desde los balcones. Todos sintieron el alivio de un bálsamo. Sus cuerpos se transformaron en algo etéreo, sus almas se vaciaron de dolor y una paz inaudita los invadió por completo.
Cerraron los ojos, se entregaron a la belleza y se olvidaron el mundo real y de las cosas terrenales.
 Esa música sublime, parecía venida de otro mundo. Por sus mentes pasaron oscuras nubes arrastradas por el viento, hasta dejar un cielo diáfano y azul.
 Por primera vez, todo era amor y armonía. Al abrir los párpados, comenzaron a mirarse de otra forma a la de siempre, logrando reconocerse a sí mismos en los ojos del otro.
 La plaza São Sebastião, frente al teatro de la Opera, se convirtió en un abrazo colectivo. Indios, blancos, negros, lloraron con profunda emoción, rieron sin saber el motivo, olvidaron los prejuicios que acarreaban, el racismo, los odios sin sentido, los intereses creados.
 Por un instante, todos fueron uno y las manos no se transformaron en puños que golpean, dedos que señalan, aprietan el gatillo o clavan la daga; sino en algo como la caricia. Aquella melodía, atravesó sus almas, sus impermeables corazones...

Días después, fueron muriendo uno a uno, los integrantes de la compañía, por un brote de cólera o de fiebre amarilla. Las autoridades ocultaron el problema y pretendieron que la noticia pasara al olvido.
 Manaus, era el nombre de la guerrera tribu masacrada por los conquistadores Españoles, al mando de Francisco de Orellana, en la buena ventura del veintidós de junio de mil quinientos cuarenta y dos.
 Se mantuvo dormida hasta el siglo XIX, en que resurgió de las cenizas. Un lugar extraño, el exceso y el derroche, la nobleza de los trópicos, el esplendor salvaje.
 La primera ciudad de Brasil con alumbrado eléctrico, agua corriente, alcantarillas y una de las primeras en tener universidades.
La red de “tranvías eléctricos” o vulgarmente llamados Transway, eran de color verde inglés y atravesaban todos sus barrios; cuando los de Nueva York o Boston eran tirados por caballos.
Frederick subió las escaleras del Teatro y arriba estaba la Baronesa esperándolo.
Tenía el rostro muy pálido, los ojos azules irritados y las pupilas dilatadas.
Llevaba un vestido de seda negro, sombrero y un collar de perlas conjuntado con los aros.
A su lado había un grupo de británicos, que vestían smoking, indiferentes a todo e inmersos en su estupidez.
Eran consecuentes con ella y la invitaban a todos sus eventos y reuniones, pero nada de eso le importaba.
Con la mirada perdida observó como la comparsa se alejaba con el bullicio y suspiró hasta desinflarse.
- Mañana saldré de viaje para reunirme con su esposo.
Regresaré en un mes. Antes de eso, recibirá las cajas de Alemania.

Frederick, le entregó una lista con los trámites que debía realizar y lo que tenía que comprar para la expedición; en la que no pensaba participar por aquel entonces.
El muchacho se despidió y le pidió que se mantuvieran en contacto.
Un rato después, una conocida se le acercó para platicar, pero ella no la oía.
Su atención se alejaba y regresaba como un péndulo. La mujer no paraba de hablar y le resultaba insoportable. Por educación le seguía la corriente, pero en realidad intentaba entender un murmullo lejano...
Caminó hacia atrás para acercarse a esa voz perdida en el bullicio.
La mujer la agarró del brazo y la siguió como si bailaran tango.
—¿Por qué te vas?, ¿por qué me dejas?, ¿por qué te alejas de mí de ese modo?...—, le preguntó sin obtener respuesta.
A pocos metros un joven hablaba en inglés. La Baronesa cerró los ojos para que nada la distrajera y se concentró en descifrar las palabras.
Comenzó a mover la boca como si ella fuera la que hablaba, pero sin voz…
Intentaba reproducir aquella conversación perdida y la dificultad, no consistía en que no dominara el inglés a la perfección, al igual que cinco idiomas más; sino por los ruidos y por aquella mujer que parecía una cotorra.
Sin embargo, pudo comprender lo que aquellos caballeros decían a lo lejos y supo por el acento, que uno de ellos era de la zona cercana al imperio Austrohúngaro y el otro por su arrabalera y arrastrada dicción del sur Londinense.
La Baronesa pretendía disimular su falta de interés y a veces le respondía a la mujer con desconcertantes e incomprensibles meneos de cabeza o monosílabos, mientras ésta elevaba el tono de su voz, convencida de que estaba sorda como una tapia.
 En un momento se agarró la cabeza como si le fuera a estallar y bufó.
—¿Qué, cómo?… “No puede ser”… ¿No le gusta Río de Janeiro ni las playas? —le preguntó la señora desconcertada.
—Es que soy más de montaña… —contestó la Baronesa, tratando de guardar las apariencias.
Un momento después, la saludó cogiéndola de la mano y al resto de los conocidos con un ademan.
De forma tembleque bajó las escaleras y el cochero la ayudó a entrar en el coche de a caballos.
Se acomodó en el asiento, sacó un pañuelo de su cartera y se secó la cara empapada en sudor.
El cochero subió de un salto y comenzó a tirar de las riendas. Al principio el coche de caballos se desplazó como si flotara. No se oía el girar las grandes ruedas de madera, el sonido del crujir de la estructura ni el trotar de los caballos, pero al concluir la calle de caucho e iniciarse el irregular adoquinado, comenzaron a sacudirse las casonas y los palacetes, que la Baronesa observaba desde la ventanilla, mientras el halito de su agitada respiración cubría de vaho el cristal y todo se tornaba borroso e iba quedando atrás.
Al llegar a su casa, se despertó sobresaltada. Aguardó a que el cochero le abriera la puerta y la ayudara a descender.
El personal de servicio, al oír el ruido del coche y el de los caballos, salió a recibirla con rastrera pleitesía.
La mansión, rodeada de un espacioso jardín de varias hectáreas y lleno de canteros con flores, era de estilo colonial portugués. Estaba pintada de blanco, con las columnas, el perímetro de las aberturas y las volutas en ocre.
Arriba de todo, había una amplia terraza, desde donde se veía de un lado la ciudad hasta donde comenzaba la selva y del otro el río Negro.
La Baronesa le pidió a la empleada, que le preparara las inhalaciones con corteza de sauce, hojas de eucaliptus y heroína, muy usada para calmar la tos de los bebes.
Entró al salón y se sentó en el sofá al lado de la mesita de luz, donde estaba el teléfono.
Se sentía cansada y entumecida. Cada revoleaba los ojos, como si persiguiera un pensamiento que revoloteaba adentro de su cabeza.
—Estuvo sonando la radio de la fazenda,- Sra. Baronesa,- le dijo una de las empleadas.
—Gracias,- le respondió,- y se dirigió al extremo del comedor, donde estaba el enorme aparato sobre una mesa.
Intentó comunicarse con su sobrino Hans, quien dirigía la plantación de caucho.
Tal vez esté ocupado o afuera del recinto,-pensó.
Regresó al sofá y llamó a su marido, que se encontraba en Belén do Pará, de donde sacaban los cargamentos de caucho y recibían los contenedores de las importaciones.
Se quedó un rato aguardando y cuando estaba a punto de colgar, escuchó su voz lejana como a través de un tubo.
Su marido le comentó sobre nuevos contratos, representaciones, negocios y las cosas que había estado haciendo.
Ella lo interrumpió en forma impertinente.
—¡Te llamo para que averigües con tu primo, el que vive en Londres o algún amigo que tengamos ahí…
—¿Qué…?
—En la Opera escuche a un alemán...
—¿Cómo…?
—Sí, en el primer viaje habían llevado “siete mil semillas” de las tierras cercanas al río Madeira.
—¿De qué hablas, Erna querida?... ¿Estas soñando despierta o sufres de sonambulismo?,- le preguntó con voz de dormido.
—Hablo de siete mil semillas de Siringueira Hevea Brasileris, trasplantadas al invernadero de Kew, Londres...
Averigua que hay atrás de todo eso por favor.
—Como digas mi amor.
¿Y tú como estás?
—Bien, haciendo los trámites para la travesía.
¿Cuándo regresarás?
—En dos semanas, si las cosas no se tuercen...
—¿Y tú cómo estás?
—Cansado, muy cansado, sigo por inercia...
—No te demoraré mucho. Te quiero cariño, disculpa y sigue durmiendo...
—Y yo… —contestó él y siguió hablando, pero ella ya había cortado.

La infusión se había enfriado y la empleada volvió a calentarla.
Tal vez sea el momento de vender las tierras,- pensó,- vender antes de que todos se enteren y hagan lo mismo;- pero antes debería saber lo que está ocurriendo.
La empleada volvió con el cacharro enlozado de las inhalaciones, que tenía la forma de un reloj de arena.
Lo colocó sobre la mesita ratona y le trajo toallón. La Baronesa se tapó como un fantasma y al ir inhalando en forma profunda, fue sintiendo el alivio y como el dolor del cuerpo se le iba, junto con la jaqueca, las palpitaciones, el sudor frío y el picor en la piel.

acerca del autor
Julián

Julian Van Quekelberge, Buenos Aires, 1962. Tiene nacionalidad británica. Estudio el bachillerato en Argentina, Brasil y lo termino en EE.UU. Es licenciado por el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda (Argentina). Ha publicado: "Adentro del fuego" (poesía), "Flores Carnívoras" (cuentos), "Sir. John y la máquina de los instintos" (cuentos), "Revólver de mujer" esta novela, ambientada en el Amazonas de 1900, ha obtenido una muy buena crítica de Luis Benítez. En estos momentos, Julián Van Quekelberge está terminando otra novela.