Lunes 22 | Julio de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
2 4 2015
Joven corazón de ave por Ana Berenice Montoya

Estaba lloviendo. A lo lejos bajo la lluvia, se veía la silueta solitaria de un joven de triste figura y lento andar.  En su caminar, podía advertirse la desesperación y el dolor. Aquel muchacho se sentía prisionero de sí mismo, cómo en una jaula sin poder escapar. Completamente solo sin nadie a quien recurrir.
Iba distraído, sumido en sus pensamientos, sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Sin notar que algunos se apartaban a toda prisa de él por miedo a que estuviera loco y otros tantos, simplemente se detenían a observarlo detenidamente. El joven de mirada melancólica  parecía aún no advertir que estaba lloviendo, andando en plena lluvia con el paraguas cerrado.
El otoño en aquella ciudad era cruel con sus habitantes y mucho más con el pobre muchacho que tan sólo podía cubrirse con una cobija y la chamarra vieja que llevaba puesta. En algún momento comenzó a arrepentirse de lo que estaba haciendo, pero dentro de él sabía que ya no podía dar marcha atrás. Ya era demasiado tarde para volver y ya había avanzado lo suficiente como para tirar todo por la borda.
Había escapado del orfelinato. Llevaba ya caminando cuatro días, sin detenerse, tan sólo para dormir en el primer lugar que encontraba, pues para él era preciso llegar al bosque lo antes posible…
Era muy joven, estaba próximo a cumplir los 15 años. Durante todo ese tiempo nunca logró simpatizar con los demás. Siempre estuvo apartado de todos, aislado en un rincón. Mientras todos los niños de su edad jugaban en el patio a la pelota o a brincar la cuerda, él sólo soñaba que tenía alas y podía volar. Cada vez que sentía el viento en su cara, un pequeño revoloteo surgía en su interior.

Durante su viaje, en el camino se encontró con un ave atorada en una de las trampas para roedor que se encontraban fuera de los negocios. Al verla atrapada y sin poder escapar se sintió identificado con aquel ser cautivo. Compadeciéndose de ella, la ayudó a salir de su prisión.  Una vez liberada, el ave quedó muy agradecida con él. Decidiendo acompañarlo  en su peregrinar.
Llegó la noche y buscaron un lugar donde dormir. Antes de escaparse del orfelinato, tomó de la cocina dos panes y un trozo de queso. Al primer día se comió el queso. Un pan lo dividió en los dos siguientes días. Así que sólo le quedaba un pan y aún no llegaba al bosque. Sabía que tendría que compartirlo con su nuevo acompañante, que no se apartó de él en ningún momento. Partió el pan y le dio la mitad al ave. Ella agradeció aquel noble gesto. Se comió una cuarta parte de lo que le había tocado y lo que sobró lo regreso a su nuevo amigo.
Una vez descansados, ambos retomaron su viaje hacía el bosque. El trayecto fue  en silencio y sumamente tranquilo. El muchacho no dejaba de admirar a su amigo emplumado que extendía sus alas y volaba alrededor suyo. El joven imaginaba como el viento acariciaba aquellas alas. Deseando con fuerza ser como aquella ave.
Llegó la noche y los dos viajeros estaban cansados del largo camino recorrido. Faltaba poco para llegar al lugar deseado, pero el muchacho comenzaba a debilitarse. No había comido bien en los últimos cuatro días y el andar había sido difícil. Empezó a sentirse mareado y las piernas le temblaban. Pero ese no podía ser el fin, no sin antes llegar al bosque, y sobre todo, no sin antes cumplir los quince…
Cuando era niño, en la noche de su quinto cumpleaños comenzó a tener sueños en los que se veía en forma de ave, volando libremente por el bosque. A partir de entonces, ser como un ave se volvió su más grande anhelo y el bosque de sus sueños se convirtió en el refugio de su imaginación.  Cada vez que cerraba los ojos, podía sentirse en aquel lugar. Por un momento lograba olvidar sus penas y miedos. Aquel sitio era sólo de él y de nadie más.
— ¿Sabes? Desearía tanto ser como tú —dijo el muchacho mientras se acomodaba en el suelo—. Me encantaría tener alas como las tuyas y poder volar. Mañana es mi cumpleaños número quince y me gustaría pasarlo en el bosque. Por eso es preciso que llegue mañana —dividió el último pedazo de pan que quedaba. Tomó su parte y la otra se la entregó a su acompañante—, pero ya no puedo seguir —dio la última mordida a su mitad y prosiguió—. Estoy agotado y muy débil.
Terminando de decir aquellas palabras, el joven quedó profundamente dormido. El ave se acercó a él, sujetó con el pico un extremo de la cobija y comenzó a jalarla para cubrir a su amigo humano hasta el cuello. Parecía haber comprendido lo que estaba sucediendo. Miraba con compasión a su cansado acompañante. Sabía que su joven libertador se encontraba encerrado en una prisión, mucho peor de la que ella una vez fue liberada, por lo que era momento de saldar la deuda que tenía con él.  

Al día siguiente, el muchacho despertó mucho antes que saliera el sol. Se sentía con  un poco más de energía. El hueco en su interior que había sentido los días anteriores debido al hambre, había desaparecido.
De pronto sintió que se estaba ahogando y comenzó a toser fuertemente. Se llevó las manos a la boca y lo que sintió lo paralizo. Tenía una pluma saliendo justo de su boca, muy parecida al plumaje del ave que lo acompañaba. Rápidamente retiró la pluma de sus labios y en seguida volvió a toser. ¡De su boca volvió a salir otra pluma idéntica a la primera!.  No sabía lo que estaba ocurriendo, por su mente pasaron infinidad de teorías funestas que sólo lograron alterarlo más. La culpa empezaba a embargarlo. Todo aquello le resultaba atroz y difícil de creer, nada tenía sentido.  Trató de buscar ayuda, pero sus esfuerzos fueron en vano. A su alrededor no había nadie, estaba completamente solo. Siguió buscando  con la mirada desesperadamente a su amigo, pero sus intentos fueron inútiles, el ave ya no estaba.
Un cúmulo de plumas llamó su atención. Estaba seguro que tenían que ser las de su compañero, pero el dueño de ellas no se encontraba por ningún lado. Parecía como si hubiera ocurrido una batalla campal, en la que el único desafortunado fuese el viajero emplumado.
Ya un poco más tranquilo, se levantó. Intentó recordar todo lo ocurrido la noche anterior, pero la cabeza le daba vueltas y no lograba recordar nada. Así que decidió ir a buscar a su amigo, no sin antes recoger la escena del crimen.
Entonces, cuando se disponía a hacerlo, una fuerte ráfaga de viento llegó y se fue llevando las plumas restantes. El muchacho corrió tras de ellas. Una a una fue recolectando las plumas que se alejaban rápidamente de él. En su interior comenzó a sentir un débil revoloteo que se incrementaba a cada paso que daba.  
Por fin logró atrapar la última pluma. Sin darse cuenta, ya se encontraba en el claro del bosque. Parecía como si en toda aquella persecución, ellas lo hubieran querido guiar hasta aquel lugar. Otra ráfaga de viento que se coló entre los árboles acariciando suavemente el rostro del quinceañero, causando que el revoloteo en su interior, incrementara considerablemente; cómo si llevará dentro una parvada de mil aves a punto de emprender el vuelo.
El sol comenzó a salir. El muchacho empezó a experimentar un dolor intenso que lo tiró al suelo. El revoloteo en su interior era cada vez más y más fuerte.  Intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron, quedando de rodillas sobre la cama de hojas secas. El pecho le ardía. La respiración y el pulso comenzaron a acelerársele. Se abrió la chamarra y con gran ímpetu desgarró la playera.  Llevó la cabeza hacía atrás y dio un profundo grito de dolor.
Del pecho comenzó a salir una hermosa ave idéntica a la que lo había acompañado en todo el viaje. En seguida, una parvada completa comenzó a salir del pecho de aquel muchacho, que un día soñó volar, en libertad, como un ave…
Fin

acerca del autor
Ana Berenice

Ana Berenice Montoya, Ciudad de México, 1996. Desde muy niña despertó su interés y pasión por el mundo de la literatura. Actualmente se encuentra en el umbral de su trayectoria como escritora. Su pasión por las letras ha motivado su interés e inquietud de escribir y crear historias, atreviéndose a irrumpir en el maravilloso existir de la Literatura.