Lunes 22 | Julio de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
2 5 2014
Madres Fuck You! (fragmento de novela) por Marcos Rosenzvaig

Me despierto a la hora de la audiencia. Bajo las escaleras corriendo. Un taxista observa mi urgencia y sube a la vereda sin frenar totalmente el auto. De un salto, emboco mi cuerpo en el hueco de la ventanilla y quedo hundido en el asiento trasero. Alcanzo a decir “Tribunales”. El taxista gira en U a toda velocidad y se lanza al esquivo de coches con magnífico juego de cintura. Reparo que estoy en camiseta malla. Una vestimenta poco adecuada para presentarme ante el juez. Compro la camisa y el saco del taxista. Él no lo puede creer, porque en cinco minutos gana lo que en catorce horas de trabajo. El saco me calza tan bien como a él mi camiseta malla. Para no perder tiempo le pago mientras maneja. Una cola de media cuadra espera paciente el ascensor del juzgado, así que subo nueve pisos por escalera. Llego exhausto y me cuelgo del cuerpo de mi abogado.
—¿Qué le pasa, Rosenkratz? No hay apuro, el juez está desayunando. Tome asiento y tranquilícese. A propósito, hay un amigo suyo del colegio que lo está esperando.
—Yo ya no voy al colegio —digo con la última bocanada de oxígeno.
—Pero él sigue yendo y lo quiere mucho.
Zapallo Kaufman aparece en escena imprevistamente vestido de colegial.
—Me enteré y vine de inmediato.
A mí me falta aire para responder y me angustio con la posibilidad de un infarto masivo. Cuento mis pulsaciones pero desconozco para qué, porque no sé cómo contarlas. Me abrazo a Ricardo y le digo:
—Pensé que estabas muerto. ¡Ayúdame, Ricardito!
Él me dice al oído:
—No estudié nada, ruso, si me hacen pasar al frente, me cagan.
Cuando me abraza, aprovecha para dejarme una 22 corta en el bolsillo del saco.
—Es un arma ideal para matar a la madre de tu hija, a tu abogado, a la profesora de matemática, y si te place, eliminá al juez. No me pierdo esta carnicería por nada del mundo.
Repentinamente, baja las escaleras. Corro detrás de él con el arma en la mano. Hay gente que me mira con ojos desorbitados. Yo disimulo dando a entender que persigo a un ladrón. Pierdo de vista a Ricardo en la calle. Tiro el arma en un tacho de basura y vuelvo a subir corriendo los nueve pisos por escalera. Tropiezo con el último escalón y me arrastro por la pared hasta apoyarme en el ascensor. El ascensor se detiene con un ruido descomunal y yo quedo absorto ante esa puerta ciega y despintada. Pienso en la manera en que Cristo nació del vientre de María. Es algo que nadie duda, de la misma manera que una mujer jamás dudaría de su maternidad. Pero he aquí el primer problema que atraviesa el hombre de la era cristiana, la paternidad de Cristo, y de allí en más todas las paternidades de la historia, incluyendo la de mi hija Alejandrita. Supuestamente, José fue padre de Cristo y este, su hijo. Eso creyó José hasta que su hijo fuera crucificado y resucitado también. Dicho de otra manera, José murió convencido de una verdad. No voy a poner a la Virgen María en el pantano de los timadores, tampoco sería justo suponer que la primera mentira proviene, nada más ni nada menos, que del creador del universo. Si fuese así, ¿qué es lo que queda de mi porvenir?
La puerta se abre y una mujer trajeada con una cintilla al cuello ocupa todo el ancho del ascensor. La abogada es un bloque de acero similar a los tanques Panzer. La cara de la Madre asoma desde detrás de la guarida como diciendo “no me dejen, yo también quiero estar en la foto”. Sin gestos y haciendo sonar sus tacones, la abogada avanza con la invulnerabilidad y la firmeza del Tercer Reich.
—Soy la doctora Renata Tip, el juez nos espera en su despacho —dice escudriñando a mi abogado y obviando de manera absoluta mi presencia. Detrás de la abogada convertida en un Tanque Ruso, la madre de mi hija camina vestida de monja. Se detiene. Extiende su mano fláccida hacia mi abogado y, con una sonrisa religiosa, flexiona un poco las rodillas, inclina levemente la cabeza y susurra: “Encantada, doctor, soy sor Beatriz”. La doctora Renata gira el cañón tres cuartos hacia la izquierda y se pierde en el fondo del pasillo. Detrás, y con pasitos de gorrión saltarín, la sigue siempre su defendida. Mi abogado aguarda el alejamiento de ambas para enfurecerse conmigo:
—¡Usted no me aclaró que su mujer era una monjita!
—¡No es mi mujer!
—Pero es la madre. A minutos de entrar a la audiencia debo cambiar completamente la estrategia.
—Créame que lo ignoraba por completo. Puede que hoy haya tomado los hábitos o simplemente haya alquilado un disfraz. No se olvide de que estamos en carnaval.
Pero mi abogado ya no me escucha. Trato de alentarlo. Lo veo vencido, apabullado de un certero cross a la mandíbula antes que el anunciador diga las consabidas palabras “segundos afuera, primer round”. Los hábitos de la falsa sor Beatriz y la mirada de Sylvester Stallone lo han amedrentado de tal forma que tengo que llevarlo del brazo y obligarlo a entrar a la audiencia. Mi abogado se resiste pero me salva el juez asomado desde la puerta: “Adelante, doctor”. Luego nos invita a sentarnos y lanza una monserga memoriosa, cansada y mecánica. Parece ser una homilía destinada a madres cristianas. La voz y los movimientos son los de un maniquí. Lo más humano que observo es la transpiración de sus manos. Las dos bestias, Madre y abogada, asienten con devoción sus palabras. Mi abogado fija la mirada en el disfraz de la Madre y cavila estrategias. Lo inquietan las moscas que giran alrededor de su cabeza. Ellas hacen de su pelada un campo ideal de aterrizaje. Cuando el juez acaba su alocución, la Madre pide permiso para encender velas.
—Para que Dios lo ilumine en sus decisiones —justifica la Madre. El juez concede anuencia conmovido mientras enciende un cigarrillo con el pucho del anterior. Tres atados de Particulares 30, uno encima del otro, apoyados en el escritorio. ¿Los fumará todos? Él continúa vertical como la columna viva de la justicia. Sus bigotes caen como helechos de los balcones y en esa caída hay restos del café con leche mañanero. Conserva un aire distinguido, cada tanto raspa la garganta árida. Es largo y delgado como su corbata. Con elegancia y aplomo extiende su brazo para ceder la palabra al Panzer nazi. La abogada se demora y la Madre continúa su trabajo sacrificado. Besa cada una de las velas antes de encenderlas, para luego besar una cruz enorme que cuelga de su pecho. El despacho del juez parece la réplica del santuario de la Difunta Correa. El juez hace una seña con la mano, como diciendo “ya está bien de velas, Madre”. Pero ella continúa.
—Está bien, madrecita —insiste el juez.
Sor Beatriz sonríe inclinando ligeramente las rodillas. No me registra en ningún momento. Creo que yo también soy un maniquí con un gesto estúpido de por vida. Es un gesto fabricado, un envase, lo que quedó después de una brutal paliza propinada por el mundo adulto. Yo soy lo que escondo, mi fragilidad. Hago esfuerzos por no ser diferente, realmente hago esfuerzos por ser un maniquí. Lo ideal es perderse en la multitud de maniquíes. Es la única manera de ser considerado, de no ser un rival, una competencia para los oportunistas. Lo mejor es ser igual a todos y pensar cómo piensan todos. De lo contrario, a la salida del recreo, voy a ser el primer manteado. Qué vergüenza que te caigan encima decenas de manos y patadas, ante la mirada de las chicas.
Tengo entendido que para obtener el diploma de maniquí hay que recibir talco, arroz, pintura y cientos de manteadas como cuando uno se casa. Es el diploma de ausente. Lo colgás en la pared y sos un ausente de por vida. Un maniquí orgulloso y soberbio. Después de tanta golpiza los maniquíes aprenden a golpear. Hay maniquíes descerebrados, son los que mejor la pasan en la vida, y hay otros que el cerebro se les ausentó de tantos golpes.
—¿De qué origen es su apellido? pregunta el juez.
—Mis abuelos son rusos.
—¡Ah!, abre su boca grande como para comer un tomate entero y continúa: ¿Usted es judío?
—No, señor juez, yo soy igual a todos, mis viejos también.
—¿Son iguales?
—Bueno, iguales no.
—Ah, vio, son distintos.
—Sí, mi papá tiene una pika Chevrolet roja. —Me tiemblan las manos, no sé cómo continuar. Al mismo tiempo trato de mantenerme sereno—. Alquilamos una casita frente a la carnicería de don José.
—No se ponga nervioso, me tranquiliza el juez.
Hay una confusión. Las miradas de todos recaen en mí. Se me manchó el cuaderno de clase y mi abogado cubre el examen con las dos manos. Necesito imperiosamente una goma de borrar. La Madre y la abogada me miran con pocas ganas de prestarme una goma, el juez tiene cara de bueno pero no me animo a pedírsela. Me palpo el saco y me doy cuenta de que es el del taxista y que con el apuro me olvidé los documentos. Si se dan cuenta, me detienen. ¿Cómo pude ser tan imbécil de olvidarme los documentos? Aunque trate de convencerlos estoy en la categoría de los sospechosos. No se puede andar en la calle sin documentos y menos en estos tiempos. La policía y el ejército no hacen otra cosa que prevenir a la población. Mi viejo me lo repitió hasta el cansancio, pero no escarmiento y llego a cualquier hora a mi casa.