Jueves 23 | Mayo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
3 3 2014
Un hombre para recordar por Ricardo Hirschfeldt

Entré sin que me vieran, mi padre tenía los pies descubiertos, una sábana blanca hasta la cabeza y el médico que hablaba con mi madre trataba de apaciguarle, porque al fin de cuentas era mi madre. Aunque yo fuese un poco distinto y no pudiese hacer nada. Lo miré desde donde podía pero poco podía ver desde donde estaba; tanto el médico como ella se trenzaron en discusiones. Vi como mamá le exigía explicaciones hasta el punto de exaltarlo, yo por mi parte me interesé por alguien que estaba cerca nuestro y que había venido a visitar al enfermo de la cama de al lado, tenía casi mi edad. Corta con sus manos una barra de chocolate y le parte una esquina al envoltorio. Sin preguntarme nada se la come. A menudo me pasa con cierta gente egoísta que no invita, que puede gozar con cualquier cosa delante de mis narices sin importarle un bledo ni preguntarse si esas cosas me inquietan. A la gente le importa su provecho y hacer sus menesteres en el baño, también cuando están con alguna mujer en la cama, cuando se bañan en la playa y otras actividades que se me olvidan ahora. Disfrutan con estas cosas y si yo ando cerca, peor para mí, como ahora que el fulano le avisa a su mujer que irá abajo por unos cigarrillos que tanto me molestan, pero ella no le contesta y se recuesta muy suave de costado, demasiado cerca y sobre una parte de ese sitio que le deja el que está allí con los pies separados; también salidos de la sábana con los dedos quietos; porque también no los mueve como mi papá ni tampoco los zarandea como muchos lo hacen, todos ellos lo hacen, cuando se sienten bien.

Al despedirse el hombrecillo me quiere acariciar pero yo no me dejo. No me gustan que me toquen porque sí o porque les caigo en gracia. Mamá conversa nuevamente con otro doctor, le hace preguntas y lo acosa a preguntas que ya no le sirven a papá porque sigue enfermo. Me doy cuenta de que está colmado de sueño, con unos ojos fruncidos como una costura apretada, cocida hacia dentro. Me asombra verlo tan quieto como una estatua al lado de mamá que suspira cada vez que saca el rosario y acaricia al Cristo engarzado entre las dos perlas que lo sostienen. Ella también me arrulla como si con cada pasada le pudiese ver los ojos a papá que sigue dormido.

Entra el hombre de la familia de al lado con un pitillo ya apagado en la boca, intenta acercarse y extiende una mano, lo hace despacio pero yo doy vuelta rápido mi cabeza y se queda con las ganas de hacerlo. Se para delante de la cama y le avisa a la mujer que irá al baño, se queda ahí hasta que termina y no se escuchan más quejidos como si le costara desprenderse de toda esa inmundicia de la noche anterior y, cuando abre la puerta el tufo repugnante me incomoda y me atrae al mismo tiempo. Aspiro con mi nariz ese olor y suelto el aire rápido como un juego.

A mi mamá no se le ocurre otra cosa que meterme en el baño de la habitación y decirme: “Espérame dos minutos, que tengo que hablarle al doctor“. No quiero, pero me empuja y cuando reacciono estoy dentro de esa cámara fétida que me ahoga sin darme chance de salir. Empujo la puerta varias veces con la cabeza hasta que me canso y me callo. Acostumbrar la nariz a todo es un indicio de mucha reputación en mis semejantes. Me siento orgulloso y me lo digo a mí mismo. Al escuchar mis gemidos, me abren la puerta y es ella con un pañuelo manchado de rouge y unas lágrimas gordas que le bajan de los ojos.

Dos personas lo ponen a papá sobre una tabla alta que se mueve con rueditas, lo hacen en silencio como si supiesen muy bien lo que hacen, se les ve en las manos como lo desplazan de la cama a esa otra que lo sostiene y lo lleva. No me pierdo detalle y preguntan por mi nombre para interrumpir el silencio que resulta molesto cuando todos saben lo que pasa y nadie piensa en algún milagro, el que nos tocaría a nosotros y el de la otra gente que merodea en la cabecera de la cama de su enfermo hasta los pies del nuestro. Veo que el marido de la mujer quieta pregunta, la gente siempre pregunta cuando las preguntas ya no tienen razón de ser. "Pero así son ellos, difíciles de cambiar".

Otra mujer sigue rezando con una mano sobre la cabeza del enfermo que no respira, rogando por su alma, levanta los brazos indicando que ese debe ser el camino para alcanzarlo y sentirlo cerca. Nos quedamos con mamá esperando algo que poco comprendo pero tengo que esperar. Ella me lo dice y yo le hago caso, los ojos de mamá siempre hablan aunque ella calle. Por fin ellos se deciden y nos traen unos papeles, ella habla con el hombre y él dice que sí con la cabeza y le indica el procedimiento. No me despego de ella ni ella de mí, entonces me explica que papá ha muerto. Nunca me habló de esa manera tan enérgica y enfática. Y me vuelve a repetir la palabra "muerto" como si hubiese que recalcarla, no sé qué significa "muerto", lo único que me imagino es que debe ser algo muy triste porque ella al nombrarla ha buscado su pañuelo para secarse las lágrimas que le caen de los ojos y son ésos brillos los que me avisan cuando ella se encuentra bien o mal.

Es tan sencillo entender a mamá. Bueno... siempre me es fácil entenderla, con solo mirarle la cara me doy cuenta de su estado de ánimo. Si me quedo más quieto o puedo seguir jugando. Pero hoy los dos regresamos solos a casa sin papá. Me faltan esas dos piernas que tanto me protegían siempre en la plaza, en la calle con los otros que me buscaban sin que yo les propusiera. Él sabía cuándo permitirme ciertas andanzas o dejarme correr por el pasto de la plaza.

Ahora ella por las noches me pide que yo la visite, le acaricie la frente y las manos, que me acode con su espalda, se siente vulnerable y yo sé cómo protegerla. Cuando oiga mis ronquidos, ella se dormirá dando un resoplido constante. Será ella quien me invite a salir a pasear como lo hacia él en las tardes cuando estaba aburrido, de tanto mirar las nubes plomizas de otoño y cuando me avisaba por lo bajo que nos apuráramos porque llovería de un momento a otro. La lluvia lo ponía nervioso, a mí me pasa igual, salgo siempre con entusiasmo pero no es lo mismo cuando hay sol. Las veces que el viento me daba en el pecho él me sostenía como si me fuera a llevar y luego refunfuñaba como si la lluvia lo persiguiera como un enemigo. Cada juguete lo elegía muy bien, pero no por lo que me duraban... ya que todo se gastaba con una rapidez increíble.

A mí la cabeza me da para ciertas cosas pero no para todas, por eso cuando lo vi que tenía los pies desnudos y desolados sobre aquello frío y resbaloso en el hospital, hubiese querido verlo en otra posición; me hubiera encantado apreciarlo de más cerca y mientras recordaba todo lo que había hecho por mi durante tantos años, lástima que a mí me falta el habla. No puedo soltar ninguna palabra, pero si mover mi cola cuando estoy contento.

acerca del autor
Ricardo

Ricardo Hirschfeldt (Buenos Aires, 1950). Elige desde joven el arte dedicándose a la pintura tanto en su obra particular como en la docencia. En los últimos años ha cultivado la poesía, el cuento y por último la novela. Ha escrito con verdadero ahínco, ya que escribir es expresarse con las palabras justas.