Jueves 23 | Mayo de 2024
Director: Héctor Loaiza
7.352.618 Visitas
Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
resonancias.org logo
157
Narrativa
1 11 2013
Vias Muertas (fragmento) por Susana López

El inspector de policía Pérez Jiménez está convencido de que su dosis de buena suerte para esta vida se consumió— de golpe el día en que se libró— por chiripa de una muerte segura. De eso hacía más de un año. Aquel tres de noviembre la muerte le esperaba socarrona, disfrazada de bomba lapa y agazapada en los bajos de su coche. Desde que hacía siete años el inspector había sido destinado a Bilbao, con más incremento de miedo que de sueldo, tomaba todas las precauciones posibles. Pero al ir a abrir la puerta del garaje de su casa, Argimiro Pérez se dio cuenta de que había olvidado las llaves en su pisito. Así que dio marcha atrás y aparcó en un espacio libre junto a la acera. Subió de dos en dos las escaleras, con la idea de recuperar las llaves y dejar el coche donde debía, pero el estómago le dijo algo desagradable y tuvo que ir al baño. Su esposa, Marisa Barros, conocida en el barrio como «La Sabrina» por el extraordinario parecido en todos sus atributos a una efímera cantante italiana que tuvo su instante de gloria en la televisión de los años ochenta, esperó a su marido en el pasillo con un taladro en la mano.
-No espero ni un minuto más, Argimiro. O me cuelgas el cuadro que compré el mes pasado en El Corte Inglés o te taladro la cabeza.
Argimiro quiso protestar pero pensó que, en el fondo, la mujer tenía razón. El cuadro, una reproducción barata de un Sorolla, que a juicio de la Sabrina hacía juego con la tela azul del sofá, llevaba un mes apoyado en la pared de la salita, y la esposa, buena cocinera, excelente ama de casa y pedazo de hembra en la cama, bien merecía ese pequeño gusto. Así que Argimiro se quitó el traje y se puso el chándal del Real Madrid que ella le había regalado por Navidad: Marisa le echaba en cara que no se lo pusiese los domingos para ir a correr, o a pasear, o a tomar unas rabitas, y él intentaba explicarle, sin éxito, que ese chándal era una auténtica provocación en las calles de Bilbao.
Mientras el policía colgaba el cuadro con más de una dificultad —manejaba bien un arma pero las chapucillas caseras le venían grandes—, su mujer preparaba una exquisita cena a base de empanadillas, ensalada y filetes de liba. Argimiro olió a aceite frito y el estómago, recién desalojado, le gritó en otro tono, con ese ruido poco decoroso, crujiente y dilatado de las tripas móviles que dicen tengo hambre y si no me das algo sólido te las voy a hacer pasar canutas. Ambos miraron complacidos el efecto que producía el cuadro sobre el sofá y, de inmediato, se sentaron alrededor de la mesa de la cocina. Al terminar la naranja de postre, que a buen seguro le iba a garantizar a Argimiro nuevas orquestas interiores, el policía se dio cuenta de que el coche seguía en la calle. Pero la pereza le pudo y se dijo «¡Joder, por una vez no va a pasar nada, sería demasiada casualidad!».
Dos tipos vestidos de oscuro, con las caras medio tapadas con bufandas escocesas, se acercaron a las dos y diez minutos de la madrugada al coche del inspector. Uno se tumbó boca arriba y se deslizó bajo el Renault. Apenas tardaron unos minutos y se marcharon corriendo, riendo y dando saltos como los niños. Probablemente la descripción de los hechos fue exagerada con estos matices por Milita, una vecina del portal de enfrente, que vivía en el primer piso, y que era conocida en el barrio por su afición a fisgar. El gusto le venía de lejos, de una madre y una abuela que fueron porteras, y también del hecho de que Milita sufría de insomnio y pasaba muchas noches junto a la ventana observando el espaciado ir y venir de algunos vecinos. O quizás se desvelaba precisamente porque el deseo enfermizo de saber los tejemanejes de los demás no le dejaba dormir; tal vez pensaba que, tan alejada de la ventana, podría perderse algo digno de ser contado. Milita sabía, por ejemplo, que la hija de Dulci tenía un novio reconocido, el que entraba en casa, y otro en secreto, una especie de punky vestido de negro y tachuelas brillantes. El novio formal la dejaba en casa a eso de las diez y el otro venía de vez en cuando hacia las doce de las noche y esperaba con un pitillo en la boca a que la muchacha saltase por la ventana de su cuarto —el vivir en un bajo facilitaba las cosas—. ¡Menudo trajín!, pensaba Milita, que sin embargo aún no había revelado su conocimiento a la madre, no por el deseo de proteger a la hija, sino porque intuía que si dejaba que los acontecimientos discurriesen de forma natural, la historia tendría más jugo.
Aunque la señora Milita no tragaba al inspector y envidiaba los pechos de Marisa, el afán de protagonismo y un adecuado sentido del deber, la llevaron a coger el teléfono y avisar al policía de lo que acababa de ver. Argimiro Pérez Jiménez sintió un pánico irracional —al fin y al cabo se había librado por esta vez— y llamó a la comisaría. Su nervioso discurso incoherente dificultó que el agente entendiese bien el mensaje, pero media hora después, los expertos llegaron a su calle y acordonaron la zona. La larga espera la hizo Argimiro a unos metros de su coche, impidiendo que los escasos transeúntes, entre ellos la niña de Dulci, se acercasen al automóvil. Efectivamente, en los bajos había una bomba que los artificieros supieron desactivar y Argimiro, su mujer y el resto del vecindario, suspiraron cuando todo hubo terminado, pero ninguno volvió a pegar ojo en toda la noche.
Cuando el matrimonio volvió a su casa, varios vecinos se quedaron haciendo corrillos, vomitando su ira:
—¡En este país no se puede vivir!
—Pues tal y como está la situación, los policías deberían vivir todos juntitos, en barrios cerrados, que la gente normal no tiene por qué apechugar con su riesgo.
—Eso mismo digo yo, que por qué tenemos que arriesgarnos nosotros, si esto llega a estallar, cualquiera podría haber palmado.
Argimiro sabía que en el barrio nadie estaba contento con su presencia y de hecho, apenas le saludaban, unos por miedo, otros por temor al qué dirán.
—Voy a pedir otra vez que me devuelvan a mi destino anterior, Marisa. Esto no es vida.
—¡Y que lo digas Argimiro! De buena nos hemos librado! —decía la mujer sollozando.
Argimiro está convencido de que aquella noche su buena suerte había muerto por extenuación. Nunca más le acompañaría. Consiguió el traslado a la ciudad de Segovia, que no era su anterior destino, pero que al menos se parecía un poco a su León natal en una forma de vida más sosegada, más tranquila, con un crimen de Pascuas a Ramos y sin ningún atentado terrorista. Pero para cuando llegó a la ciudad del acueducto la vida ya se le había vuelto del revés: su mujer le había abandonado por otro, un agente de seguros al que ella abrió la puerta un lunes y a quien contrató una póliza de vida solo por amor. Argimiro reconoce que el hombre es especialmente apuesto y en cierto modo entiende a su esposa, tan sensible, tan necesitada de un cariño que él con su estrés permanente apenas podía proporcionarle. Lo que no comprende el inspector es que Marisa se fuese sin más explicación que el mensaje de una carta vergonzosa, sin siquiera arreglar los asuntos de dinero, sin hablar sobre los trámites de la separación, y mucho menos habiéndose llevado las tarjetas del banco y los talonarios. Las cosas pueden acabar de otro modo.
El inspector estuvo dos meses muy deprimido a causa de aquello y la pérdida total de su coche en medio de una galerna, no hizo sino acrecentar su convicción de que la mala racha se había posado sobre su cabeza como el tronco gordísimo que había caído sobre su Renault Megane —veinte letras aún sin pagar, seguro a terceros—, en plena Gran Vía de Bilbao.
Luego vino lo del fraude: el hombre había ingresado lo poco que le había quedado tras la separación en una nueva cuenta de una sucursal de un banco, o al menos eso creía él, porque el director de la entidad hacía ver que ingresaba el dinero y luego se lo metía al bolsillo. Nueve mil euros se esfumaron junto con otros doscientos mil que el pícaro bancario saqueó a otros clientes y que ahora deben circular indecentemente entre las mulatas de alguna isla paradisíaca. Cuando Argimiro recibió la notificación de que iba a ser trasladado a Segovia respiró: estaba seguro de que le esperaría una vida más barata, pocos crímenes, y probablemente más cordialidad entre la gente de esa pequeña ciudad del interior.

acerca del autor
Susana

Susana López, Erandio, Vizcaya, 1963. Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco y Master por la Universidad de Mondragón, ha ejercido como profesora en varias universidades españolas (Navarra, Valladolid y País Vasco). Gran parte de sus publicaciones son trabajos de investigación sobre el mundo de la comunicación. Hasta ahora, su faceta en el ámbito de la literatura de ficción se ha desarrollado, sobre todo, en el género del relato breve, siendo galardonada con el Premio Iparraguirre por su cuento “Ausencia de madre” y en el Certamen del Foro de la Memoria Histórica de Córdoba (España) por “La infancia usurpada”, ambos publicados. Ha colaborado en la revista literaria boliviana La Letra Libre, ha dirigido también un taller local de escritura creativa y cuenta con un blog sobre literatura y actualidad. Con “Vías muertas” se adentra por primera vez en el género de la novela.