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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 11 2013
Tres relatos de Girasoles en Venecia por Jesús Serna Quijada

NOTA AL TEXTO
Sólo delante de la luna, existes. Sólo por un tiempo limitado. Cada letra, cada instante se torna imprescindible. Lo sabes bien. Te sientes palíndromo, epanadiplosis, paronomasia, tal vez. Quieres seguir pensando en literatura. Nada te conmueve, sino el infinito que pasó. Y te olvidas, y olvidas el significado etimológico de ‘recordar’ y el monedero y tu leyenda.
En realidad, no olvidas nada porque eres ficción y continúas leyendo. Tus alas de piedra sólo te aferran a la hoja cansada, al suelo blanco. Sueñas, sin embargo. Y cultivas entelequias en tu mirada insondable. Puede ser, por ello, que esta vez te hayas salvado. Pero en cincuenta y tres pulsaciones se apagará la luna y dejarás de existir.


POSTAL DE VALPARAÍSO
Te amo. Valparaíso en la colina, sus ascensores y un grafito por pincel. He paseado un rato por sus calles y por los pocos recuerdos que me quedan de tu cuerpo. Isla Negra quedó atrás: te extrañé tanto al pisar su mar y sus rocas, las huellas de Neruda y su silencio. No sé si escribo una postal o describo un sentimiento. En todo caso, la tarde baja, Camila Moreno rasguña las cuerdas de su guitarra y un rostro anónimo me mira porque le miro. Tal vez tome un Limón Soda antes de partir, para aliviar la sed y otras nostalgias. Te amo, lo sabes. Yo sé que viajar supone asumir la nieve y la ausencia. Lo sé, sí. Pero cada palabra me pesa, cada geografía, cada mujer que abrazo y no eres tú. Valparaíso y sus perros curados, sus poetas. Necesito conocer Cuzco. Por favor, no me dejes solo.

LA BALSA DE LA MEDUSA
Sigo siendo un cadáver todavía caliente sobre la balsa. Géricault me concibió así y no se lo reprocho. No lo hago porque, al fin y al cabo, me conservo. Y porque seguramente te sobreviva. No puedo hacerlo, él me legó algo que tú apenas evocas: un instante perpetuo.
Sé que me miras. Mi padre me abraza y sé que te mira. Lo sé porque muchos lo han comentado antes, al posarse frente al lienzo. “Sólo se le cae la inmensidad”, afirmas hundiendo tus ojos en su mirada insondable. Dudo que sepas lo que es eso. Lo dudo, sí. Y dudo que te conmueva cualquier óleo que no esté pincelado al color de tu propia mierda.
No, no ceso. Me dilato en el abismo. Junto a esos cuerpos que yacen a mi alrededor y aquellos hombres que atisban una quimera. Continúo siendo, a pesar del mar o del viento, un cadáver todavía caliente que sobrevive al tiempo.
Por favor, no me envidies.