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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 9 2013
El sol mexicano por Nélida Duarte

La luz de Guadalajara, es el sol que se imponía, gritaba y me hablaba. Esas montañas de colores bañadas en sangre y lágrimas.
No era la ciudad, no era solo su desamparo, los negocios gringos, el comercio, la revolución, la mentira de la novela. No eran las calles interminables, el centro antiguo que me hacía estallar el corazón. No eran solo los indios agobiados, no era solo la miseria.  No solo un inválido arrastrándose en una acera cualquiera. Ni los niños que llenaban bolsas en los supermercados.
No solo era lo eterno “estoy para servirle”.
Era sentirse comprendido. Respetado. Libre.
La libertad no era un deseo, era una amante insaciable, un viento que te llevaba. No una búsqueda, un encuentro. La fuente de la Nereida flotaba. Y todo era más. Cada palabra dicha al pasar resonaba, rebotaba, abría surcos. La ciudad se abría como una madre segura y desgastada.
Y la señora de la casa más blanca, de la casa del aljibe, miraba la novela.  El centro era bello. Muy lindo, no estético.
Bello, a lo bruto, bello hasta doler.
Yo miraba los puestos. Y la mujer ¿qué me decía?: -¿qué necesita señorita?-, sabía. Sabía. Yo me sentía desnuda y apartaba la mirada. ¿Por qué sabía todo?. ¿Por qué eran tan fuertes y sutiles?
Ándale pues. Yo me confesaba con un taxista, con cualquier persona.
Y me conocían. Mucho, demasiado. Si ironías, sin burlas. Los ignorantes mexicanos, esos autores protagonistas del melodrama.
Esas mujeres sumisas y bravas.
Esos hombres que daba miedo y eran solo hombres enamorados de la tierra árida, que andaban silenciosos, desesperados.
Allí no necesitaba defensas, ni vivir en pie de guerra. Allí divagaba y me encontraba. Era yo, y no llevar máscaras era bueno y se podía.
País de luchas y sangres derramadas, país explotado pero nunca doblegado. País parido a viento y colpa y valentía.
Mi verdadera patria. De mis dedos brota tu poesía, tu entrega, tu fibra, tu drama.
Tu gente sencilla, fuerte.
“Si muero lejos de ti, que digan que estoy dormida y que me entierren allí”.
Tierra buena, tierra pura, seca y desierta. Tierra de la mujer india que pare sin esperanzas, de la mujer postergada y fuerte, consciente de su poder de madre naturaleza. De hombres caudillistas, sucios y pobres en sus robos y riquezas.
Tierra del mar de colores y montañas que dan la mano a Dios. Único pueblo que celebra la fiesta de la muerte, que come pan de muerto. País de Guadalupe posada y sus calaveras danzantes.  De la sufriente Frida y del cruel Porfirio.
De los corridos que le cantan a la libertad, la mejor amiga de ese pueblo anárquico y fatal.
Cuna de Mayas, Aztecas y Miríadas de inditos, como dicen los blanquitos dueños del oro y el moro. País del PRI, la mordida y la miseria que cae del cielo.  Del mexicano que cuenta las monedas, del campesino que raciona el agua.  Del hombre duro y humillado que se ofrece con un cartel para trabajar.
De la mujer que se remata para darles de comer a sus hijos, y a la que no miramos.
El país del pudor donde la intimidad se respeta y pobre del que se meta en la vida ajena.
De las palabras que no se dicen, de los circunloquios para no ofender, y del “ahorita” para no perder al amigo y no comprometerse. Ese país, mi país del corazón, todavía lo veo, sus sol me llama, todavía camino como ellos, me río quedamente y miro y miro la tierra y me deslizo, como ellos. Con resignación y fuerza.
Con la libertad como madre e hija. Con los sueños como bandera. Un ojo en la opulencia y otro en la miseria.
Veo a la india con su bebé en brazos frente al Camino Real, y al camarero que le acerca comida. Hotel de lujo donde se cruzan el gran traficante y el gerente, el señorón oscuro y la dama que da su tiempo por unos billetes, algunos más que los pobres de las calles.
De don Juan que me espera sentado en un banco y lo escucho recitar el poema de Vallejo.
Aún veo a las mujeres armadas, con las miradas perdidas. El poema nace de mis entrañas escrito con sangre. Veo las cabezas cortadas, y me hago cruces y maldigo.
Escucho las voces confusas de la Revolución, Zapata, Juárez y Morelos, todos gritan con furia y buscan su tierra. La ciudad más transparente sigue allí. Todavía me siento en la plaza a escuchar la canción de cortesía de los mariachis. Veo el Acapulco prefabricado y es real. Espero y resucito la eternidad final.
Que digan que estoy dormida y que me lleven allí.

acerca del autor
Nélida

Nélida Duarte, nació en la ciudad de Rosario (Argentina). Cursó la carrera de Letras en la Facultad de Humanidades de la Universidad de su ciudad natal. Estudió teatro en la Escuela de Arte Dramático. Ha publicado un libro, “Violación”, y recibió los siguientes premios: Editorial de los cuatro vientos, Plaza de los poetas, Editorial Dunken que le permitieron participar en dos antologías. Desde hace 8 años hace radio.