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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2013
San Salvador por Silvia Hebe Bedini

El primer cuerpo fue hallado sin latidos en el atrio de la iglesia San Salvador, en la Avenida Crámer casi esquina La Pampa, un 29 de enero. Su vida, se hallaba aún perdida vaya uno a saber dónde.
El joven cura párroco vio como algunos pocos se asomaban a mirarlo cuando la ambulancia llegó con sirenas y apuro injustificado a la concurrida zona de Belgrano.
Por primera vez, esa construcción barroca del siglo XVII atraía la atención por algo más sagrado que su arquitectura. Sus puertas siempre cerradas serían impúdicamente obligadas a permanecer abiertas, mientras personas de poca fe y rígidos uniformes la invadirían sin descaro.
¿Quién habría sido ese pobre cristiano? Si es que había sido cristiano, si es que había sido pobre. Una incógnita a resolver más allá de las veinte baldosas que separaban a la Iglesia del asfalto en donde una mancha de sangre injustificada había aparecido casi al mismo tiempo que el cuerpo. El sacerdote creyó ver a un paramédico descubrirla casi sin querer, al atarse los cordones de sus zapatillas sobre un piso borravino húmedo. Creyó que por impulso el enfermero tocó el líquido viscoso y lo olió, para luego limpiarse compulsivamente las manos en su chaqueta mientras se insultaba a sí mismo por semejante acto suicida; justo él que le impondría reglas severas de higiene y prevención a sus colegas todo el tiempo, agobiándolos con consejos que no le pedían, justo él haciendo algo tan animal como tocar y oler lo que se desconoce para compararlo con algo conocido.
Sangre a simple vista, olor y tacto en medio de la avenida, y un muerto desconocido adentro de una iglesia del 1660. Ese fue el escenario que invadió la vida del sacerdote  aquel domingo 29 de enero del 2012, horas antes de la gran tormenta que derribara carteles y desconectara cables eléctricos de sus postes. Seguramente habrá quienes asocien la muerte del hombre con el temporal que la sucedió, sumándole magia y misticismo al misterio de su identidad y de su aparición en un templo que no aceptaba la entrada de hombre sano o moribundo alguno sin una justificación precisa.
Lo llamarán el muerto de San Salvador, pensó, y desde esa denominación su historia comenzará a tejerse sin saberse qué fue cierto y qué fue puro invento para crear una historia digna de ser contada por testigos que creyeron, injustamente, ser merecedores de dar su opinión.
El hombre, de unos setenta años, barbudo y canoso, flaco y de piel bronceada, de ropas pobres pero limpias, sin documentos ni teléfono celular que lo denunciara, se instaló en su cabeza día y noche. Oriundo de El Salvador, o  tal vez nacido en San Salvador, Bahía, Brasil. O llamado Salvador y de profesión santo. Algo de eso sería o lo harían ser, de otro modo no habría historia a contar y rellenar a gusto con detalles y sin atisbos de acercarse alguno a la verdad; pero qué más daba, si ya estaba muerto y no reclamado. Que digan lo que quieran, se resignó y persignó.
La mancha de sangre se secaría sin ser analizada. Secuelas de la mala praxis de los uniformados. La lluvia de esa noche la borraría, la limpiaría, y de no ser así, eso se diría. Y el salvadoreño, brasileño o santo de origen indefinido, también se borraría y limpiaría de la elegante iglesia junto a las nubes pesadas que rompieron en tormenta.   
Muerte natural, paro cardiorrespiratorio ya acontecido, no autopsia por ser alguien no conocido ni reconocido, no investigación policial por no haberse encontrado signos de entrada forzosa a la iglesia ni intento de asalto, irrupción o invasión violenta. El tipo habría ido a morirse tranquilo a ese lugar y más que eso no podría esclarecerse. Hasta mayo de ese mismo año, en que un nuevo cuerpo, en ese caso de una mujer, aparecería sin vida en el mismo lugar a la misma hora y tendido boca arriba con las palmas al cielo como hubiesen encontrado antes a Salvador.
De tez morena, acercándose a sus cincuenta años o quizás iniciándolos, cabellos color café ondulados y gruesos, apenas peinados, vestido blanco suelto, pies descalzos, mirada hacia adentro bajo los párpados. Las puertas cerradas, al igual que las ventanas; nadie la oyó, nadie la vio; el sacerdote atónito ante la belleza y paz de ese cuerpo maduro de mujer que se le presentó como un espejismo a las seis de la mañana.
Otra ambulancia con sirenas y apuro injustificado; otra mancha en la avenida que le salió al paso a quien se encargara de transportar el cuerpo.
Una muerte incomprensible había sido desconcertante, dos sería asunto de periodistas y lanza rumores públicos. La cuadra se llenaría de repente de camionetas estacionadas en doble mano pertenecientes a los diversos canales de televisión, al acecho de alguna conversación que incendiara la fogata de sospechas e iluminara el infranqueable secreto de los “amantes de la basílica del Salvador“, título que saldría en las primeras páginas de los diarios, ajenos a la verdad de todo hecho.
El cuerpo de la mujer no sería identificado, como tampoco lo habría sido el del hombre setentón, pero todos sabrían que habían sido amantes a contramano y que habían decidido al mejor estilo Romeo y Julieta, aunque entrados en lustros, terminar su vida de una manera en que los uniesen sus muertes.
La historia conformaría al más exigente. Día a día le sumarían detalles cada vez más novelescos e inverosímiles, desconociendo que una cosa no tiene por qué -ni debiera- relacionarse con la otra, pero de algo habría que hablar, y como siempre el ser humano ha disfrutado hablar mucho de lo que sabe nada, a eso se dedicarían los divulgadores oficiales y no oficiales de la información.
Pasaron los meses y otros episodios de muertes, pero en este caso violentas y sádicas, ocuparon las páginas de los diarios y la atención de los canales de televisión. Si en algún lugar quedó vivo el recuerdo de los muertos fue en la mente del sacerdote de la Iglesia. Había mucho caos en el vivir cotidiano como para aferrarse a una historia de amantes echados del paraíso terrenal. Ya la historia se había desdibujado tanto que cualquier detalle cabría en ella y toda nueva interpretación sería ser bienvenida en las tardes no definidas de otoño o primavera.
Cuando el recuerdo se hizo una nube pasajera fue que apareció el tercer cuerpo. Una mujer joven, promediando su tercena, de cabellos tan ondulados y castaños como la otra mujer y de rasgos similares a Salvador, con un mensaje encerrado entre sus pechos. Una carta enrollada y guardada en los pechos aún tibios. “No supimos lo que hacíamos” comenzaba. Y seguía de manera ilegible.  
Muerte natural, paro cardiorrespiratorio ya acontecido.
Y el cura párroco, sólo en la iglesia, llorando desesperado y abrazado al cuerpo. Y la orden al aire de no abrir las puertas viniese quien viniese. Que esa vez no iría a dejar que manosearan al cuerpo y tejieran mentiras sobre un alma sin pública historia; que ya basta. Que por alguna razón esos cuerpos amados aparecían de la nada para dejarle a él una sensación de insuperable derrota. Su padre, su madre, su amante. Su padre quien lo abandonara de chico luego de abusar de su hermana y pegarle hasta el cansancio a su madre. Su madre, quien no entendiera su deseo de ser hombre con costumbres de hombre y lo obligara a ser el acompañante obligado de un sacerdote que luego lo convencería a seguir sus pasos como opción sagrada de vida. Su madre a quien no volvió a ver en años luego de oficiarse, por voluntad propia, por necesidad de olvidarla, por rencoroso sin querer aceptarlo. Su amante, la verdadera razón de su vida, la mujer que le ofreciese hijos y él los rechazara por parecerle un plan demasiado humano. Su amante creyente de un dios distinto al suyo, de un dios real que en algún momento lo empujaría a ver el sentido de la vida y la necesidad de su muerte.
Paros cardiorrespiratorios ya acontecidos, cuerpos sin vida y sin reclamos. Manchas de sangre que jamás se analizaron y que quizás sólo fueron una macabra coincidencia a modo de suspenso no resuelto por error de un escritor novato de novelas.
Un espejismo crónico, una realidad sin certezas. Una vida de errores propios y ajenos mostrándose perversa antes del último respiro por decisión propia.
El cuarto cuerpo desde su conteo, desde su mundo interno de cadáveres sentados a la derecha del padre, de madres con ofrendas a un dios todopoderoso y de una mujer entregada a las pasiones del cuerpo tanto como a las del alma. Su historia sin rebusques ni baches contada por él mismo a sí mismo antes de que se clavara un cuchillo a la altura del estómago sin siquiera planearlo conscientemente. Antes de ser trasladado sin éxito a un servicio de emergencias por una ambulancia con agudas sirenas y apuro justificado, alertada por un transeúnte desprevenido quien desde la calle escuchara gritos y sollozos desesperados. La única ambulancia que alguna vez haya llegado a la iglesia San Salvador en búsqueda de un cuerpo sin vida.