Jueves 23 | Mayo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2013
La máquina de popcorn por Carolina Paton

La máquina de “popcorn” no funcionaba bien, a la espera de que alguien llegara a repararla. Mi escritorio estaba iluminado por el reflejo del sol. El vacío de la casa no me impedía a ocuparme en lo mío. Tengo la máquina desde hace diez años.
Mi casa está ubicada en un sector residencial cerca del parque. Se preguntarán y qué hace la máquina de “popcorn” en este lugar. La verdad es que la compré en una tienda cerca del condado donde vivimos; tienen todas las excentricidades que me gustan máquinas para hacer helados, cafeteras italianas, francesas y teléfonos de los años setenta de colores, el rojo es mi favorito. Había uno que se usó durante la segunda guerra mundial para comunicarse con “Churchill”. Lo que más me llamó atención fue un automóvil Mini del año 1960, rojo con techo blanco y sillones de cuero negro, lustroso y con todas sus piezas originales. No me alcanzó el dinero para el Mini, me fui feliz con la máquina de “popcorn”.
Pasó un tiempo, para ser más exacto dos años, en que no toqué la máquina. En el garaje, armaba y desarmaba una computadora que no funcionaba bien. No soy ingeniero en informática. Al final, tengo que matar el tiempo, solo trabajo cuando me llaman. Soy chofer de una señora aristocrática de la zona, que me da trabajo cuando sale a tomar el té con sus amigas a un club de polo muy exclusivo. Para llegar en estilo Lady Norma, quiere que sus asientos reluzcan y yo le dejo el auto como espejo. A las 15 y 30 h. le tengo el Rolls Royce Phantom, en la entrada de su mansión de cuarenta habitaciones, de las que ocupan cinco. Una para su asistente y confidente Ely, la segunda para su hijo Simón, que no se le conoce trabajo, sólo goza de la jardinería; la tercera para su prima Jane que teje todo la tarde sentada alrededor de la chimenea, en las mañanas hace ejercicios de yoga con su “personal trainer”, y las dos últimas son de Lady Norma, donde tiene su computadora Apple, su iPod, sus cantidades de CD y DVD, más una colección de libros, en estanterías de la época victoriana. Gracias a su conocimiento del español, me comunico a la perfección con ella. Hubo un tiempo que Lady Norma no me miraba, me dejaba las instrucciones del día con la sirvienta y yo sólo le decía: “buenos días Madame”, ella me respondía suavemente bajando su mirada. Es una mujer fina, alta y de facciones armoniosas. De vocabulario rebuscado y andar esplendoroso. Su cabellera castaña y sus ojos verdes hacen resaltar su tez blanca y sus párpados rosados. Yo la admiraba sin esperar reciprocidad; ya que para Lady Norma, yo era inexistente.
Volviendo a la máquina de “popcorn”, la empecé a mirar de otra forma…
Después de llevar a Lady Norma con sus amigas y dejar el auto listo para la próxima ocasión, me dirigí a mi taller, llamo taller a mi garaje, ya que todo mi ingenio artístico se desata en esas paredes de ladrillo rojo y una puerta eléctrica. Tengo una banqueta larga con una mesa como de arquitecto con lámparas altas. La máquina de “popcorn” lustrosa como una joya, la miro desde mi escritorio taller… la contemplo. Manejar la máquina es un poco complicado, le pedí a un amigo, que trabaja como electricista que me ayude para repararla…
Pedro revisó la máquina; la encontró en excelente estado y la hizo funcionar, pasamos toda la tarde observándola. La máquina nos produjo una sensación extraña, no queríamos detener su ruido. El destello de las palomitas de maíz chocando unas con otras nos distraía.

Nuevamente Lady Norma tenía visita al club de polo. Salimos puntualmente; de pronto sentí un ruido extraño, me bajé del auto y vi que se pinchó un neumático. “Ernesto, llame al Automóvil Club para que vengan a cambiar el neumático.” “No señora, yo puedo cambiarlo, usted no se preocupe”. Mirando con cautela Lady Norma observa por la ventana trasera. “Todo listo, señora, podemos seguir”. “Está anocheciendo, es mejor que hagamos un alto en la próxima intersección, y nos tomamos un café”. Al entrar al café muchas personas clavaron sus ojos en Lady Norma, ya que ella no pasaba desapercibida. Su elegante cartera y su caminar revolvían el ambiente. “Vaya a pedir Ernesto, quiero un capuchino con leche descremada”. “Muy bien señora”. “Pida lo que quiera”. “Gracias señora”. Ernesto estaba sentado tímidamente… Lady Norma lo atraía mucho, pero su respeto y su lealtad no lo traicionaban. “¿Cuénteme Ernesto, es usted casado?” “No señora, soy viudo”. “Viudo, igual que yo. ¿Y sus hijos?” “No señora, no tengo”. “Ya veo. ¿Siempre ha vivido en este Condado?” “Sí señora, desde que llegué de Chile”. “¿Qué tonta, claro usted es chileno?” “¿Sabía que mis autores favoritos son Pablo Neruda y José Donoso?” “¿Conoce a José Donoso? ¡Increíble! Neruda es universal, pero Donoso es una grata sorpresa”. “Sí, soy una gran admiradora de los autores hispanoamericanos, me he leído todos los cuentos de Borges y sus poesías. Tengo las obras completas de Cortázar y García Márquez. Ahora último leía a una nueva autora chilena, no recuerdo su nombre, también excelente”.
Las luces de los autos reflejaban las ventanas del café, Lady Norma relajada ponía sus manos sobre la servilleta, arrugaba las esquinas, mientras Ernesto tomaba y soltaba el asa de la taza. Como dos adolescentes inspirados en la primera conversación, ellos no veían el mundo que los circundaba.
Con el paso de los meses la máquina de “popcorn” me regala una compañía, su firme figura; me recuerda a una armadura, siempre en espera de acontecimientos, misteriosa reliquia que esconde muchos secretos. La máquina me vuelve a mi vida, la de todos los mortales, cumplir con mis deberes y no pasarme películas.
Lady Norma volvía a su vida social y yo seguía llevándola al club de polo como es habitual. No se presentaron ocasiones para que sus ojos se cruzaran con los míos, no hubo cafeterías a la orilla del camino. Las nevadas no trajeron mayores inconvenientes en la carretera. Mi vida es reconfortada por esa gran máquina de “popcorn” y por mis amigos. Ahora me compraré un perro, y saldré a pasear por el parque, puede que en algún intercambio canino encuentre ese asombro que sólo la mirada regala.