Jueves 23 | Mayo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2013
El agujero de Tom (fragmento) por Daniel Lange

Primer encuentro

Miércoles 17 de junio, 19 horas

Busco mujer con necesidad económica. Así leía el título del anuncio en el sitio de internet. Al hacer clic en el anuncio se desplegaba el siguiente texto: Soy un americano en la treintena. Busco una mujer para encuentros esporádicos en hoteles y pago cien euros por encuentro. No pienso presentarte a mis padres, ni llevarte al altar. A ti te gustan los encuentros en hoteles para sexo sin compromiso. Interesadas comunicarse con la siguiente casilla de correo.
¿Por qué motivo un hombre de treinta y pico de años publicaría un anuncio como este y qué pretendería obtener? Desde ya que sexo sin compromiso emocional.
Texto enviado por internet: Hola, me llamo Cristina. Soy estudiante en la Sorbona. Tengo veinticuatro años. Trabajo en una librería. Estudio literatura inglesa. Me gusta la literatura del siglo XIX. Vivo en el barrio latino con una compañera. Estoy disponible a la hora del almuerzo casi todos los días. Soy española. Te adjunto una foto. Envíame una foto tuya.
Texto enviado por internet: Hola Cristina. Gracias por responder a mi anuncio. Eres muy bonita. Me gusta tu sonrisa. Me llamo Tom. Tengo treinta y cuatro años. Trabajo para una empresa en el área de sistemas. Nací en Ohio. Hace dos años que vivo en París. Busco tener buen sexo sin ataduras y como dice el anuncio que publiqué, estoy dispuesto a pagar cien euros para tener sexo contigo. Te propongo que nos encontremos a tomar una copa esta semana a partir de las siete de la tarde para conocernos. Si nos gustamos podemos ir a un hotel esa misma tarde. Te adjunto mi foto. ¿Cómo te va el Café de Flore el miércoles a las siete de la tarde? Aguardo tu respuesta.
Texto enviado por internet: Hola Tom. Se te ve muy guapo. Estoy disponible el miércoles a las siete de la tarde. ¿Me confirmas la cita en el Café de Flore? Yo llevaré puesto una camisa blanca y una falda de color azul marino.
Texto enviado por internet: Hola Cristina. Sí, la cita queda confirmada para el miércoles. Yo llevaré puesto un pantalón de color marrón claro, un pulóver celeste y gafas. Te esperaré en una mesa al aire libre sobre el Boulevard St. Germain. Hasta entonces, linda.
Miércoles, 17 de junio, 19 horas.
Tom está sentado mirando pasar a los transeúntes sobre la avenida. Salió de la oficina hace media hora y caminó la distancia entre la misma y el café. Siente un leve cosquilleo cuando piensa en la chica que está por conocer. Se imagina que tiene un sexo pequeño con poco vello. ¿Pero cómo será realmente? ¿Llevará puesto una bombachita angosta con encaje? Debería haberle precisado sus gustos y fantasías. Pero, Tom es nuevo en esto. No tiene mucha experiencia. Su imaginación se atizará con el pasar del tiempo. Sabe solamente que desea tener sexo con una chica y que le teme al compromiso emocional, que le resulta más cómodo tener sexo en un hotel que en su propia casa y poder decidir cuándo se verá nuevamente con la chica si es que tiene ganas de volver a verla.
En eso llega Cristina. No le resulta difícil reconocerlo sentado en una de las mesas del Flore. Tom se levanta de su silla al verla. Intercambian unos besos en la mejilla después de lo cual se sientan a la mesa. Tom está bebiendo un kir y le pregunta si ella quiere beber lo mismo. Sí, asiente. Está nerviosa y piensa que un poco de alcohol la ayudará a sentirse más desenvuelta mientras conversa con Tom. Él es un hombre bastante grande, de ojos claros, y cabello casi pelirrojo. Tom levanta el brazo en señal al mozo y le indica la copa de kir. El mozo inclina la cabeza mientras corre entre las mesas. Tom observa a Cristina con una mirada tierna y le dice, “Qué linda que eres”. Cristina sonríe, Tom es apuesto piensa. “Gracias”.
— ¿Así que estudias en la Sorbona?
— Sí. Estudio literatura inglesa.
— ¿Quién es tu autor preferido?
— Me gustan las autoras inglesas como ser Jane Austen.
— Pero, entonces quisieras casarte.
—Sí, algún día creo que sí, cuando encuentre a un hombre a quien ame y que a su vez me ame.
— ¿Ya te ha amado algún hombre?
— Sí, creo que sí.
— ¿Y por qué no te casaste entonces?
— Porque no me lo propuso.
— Entonces, ¿esperas que un hombre te lo proponga?
— Sí, algún día.
— ¿Y porque acudiste a esta cita? Yo no te voy a proponer matrimonio.
— Ya lo sé.
— ¿Necesitas el dinero?
— Sí.
— ¿Te resulto atractivo?
— Sí.
— Tú eres muy bonita.
— Gracias. ¿Y tú que haces?
— Soy ingeniero.
— ¿Llevas mucho tiempo en París?
— Hace dos años que vivo aquí, ¿y tú?
— Yo, hace uno.
— ¿De dónde eres?
— Soy de Valladolid. ¿y tú?
— Yo soy de Ohio.
El sol del verano lentamente desaparece detrás de las viejas casonas a lo largo del Boulevard St. Germain. Los dos permanecen un rato en silencio. Tom observa como Cristina sorbe de su copa el dulce vino y se percata de que tiene senos pequeños. ¿Cómo serán sus pezones? ¿Serán grandes o pequeños? Siente un leve cosquilleo entre las piernas al considerar el posible tamaño de sus pezones. Siente deseo de descubrirlos y de tocarlos. Cristina está absorta mirando su copa. Levanta la vista y cruza su mirada con la de Tom. Tiene una mirada tierna, piensa.
— ¿Qué color de bombacha tienes?
— ¡Oh! No recuerdo. Creo que es de color blanco. Dice ella después de una pausa.
— El color de la bombacha es muy importante para mí. Por el color de tu piel creo que te iría muy bien una bombacha de color negro o rojo. Tengo una para ti si es que quieres ir conmigo al hotel. Cristina se sonroja, pero al mismo tiempo siente un cosquilleo en todo su cuerpo. Se hace un silencio.
— Bueno, ¿Qué decís? ¿Vamos al hotel?
— Vamos.
Tom levanta su brazo nuevamente para llamar la atención del mozo. Busca su billetera en el bolsillo trasero del pantalón. Abre la billetera y coloca un billete de cien euros sobre la mesa al lado de la copa vacía de kir de Cristina. “Esto es para ti, guárdalo ya. Así te sentirás libre de irte cuando quieras. El hotel está aquí a unas pocas cuadras. Podemos ir a pie. Creo que te va a gustar. Es un hotel pequeño y tranquilo.” En eso se acerca el mozo, Tom le pregunta cuánto le debe y paga la cuenta. “Vamos”. Se levantan y cruzan la avenida en dirección al jardín de Luxemburgo. “Es por aquí” le dice mientras la toca por primera vez. Qué lindo trasero que tiene, piensa. ¿Cómo será su sexo? ¿Tendrá poco o mucho vello?
— ¿Ya has hecho esto alguna otra vez?
— No, nunca. Es la primera vez.
— No me vas a creer, pero es también la primera vez que hago esto.
— ¿Sí? Me resulta difícil de creer. ¿Y entonces por qué ahora?
— ¿Por qué no? ¿Acaso la estamos pasando mal?
— No.
— No temas. No te voy a hacer daño.
       La toma de la mano. Ella tiene la palma de su pequeña mano sudorosa. Está algo nerviosa sin duda. Siente su mano grande y pesada apretando su pequeña mano. Le gusta esa mano peluda que aprieta la suya. El levanta su brazo para señalarle el hotel. “Ya casi llegamos. Está casi a la entrada del jardín. ¿Lo ves? Es aquel.
— ¿Y qué piensas de Edith Wharton? ¿La has leído?
— No, no la he leído.
— Deberías leerla. Era norteamericana, pero se exiló en París.
       En eso llegaron a la entrada del hotel. Tom abrió la puerta y apoyó levemente su mano en su cintura. Ella entró primero. Él se adelantó y se acercó al mostrador. “Bonsoir, Monsieur” le dijo el joven recepcionista del hotel. “Voici votre clef, Monsieur.” “Merci”, respondió Tom con un inconfundible acento sajón. “Es por aquí”. Le abrió la puerta del pequeño ascensor y ella entró. Tom tocó el botón del segundo piso. “¿Y tú dónde has estudiado inglés?” “Estudié en Londres de chica en el British Council.” “Lo hablas muy bien”. En eso se abrió la puerta del ascensor. Tom esperó que ella salga primero. Luego la escoltó hasta la número 22. Cuando se abrió la puerta de la habitación, Cristina se encontró con que estaba decorada de rosas y tulipanes amarillos y que hasta sobre la cama cubierta de un brocado dorado había un colchón de rosas doradas con un leve tinte de rosa en los bordes de los pétalos que se asemejaban a los labios de una vagina. Sintió un leve frisón ya que nunca se le ocurrió que Tom pensaría en decorar la habitación del hotel. Detrás de todas esas flores y de la cama dorada cubierta de rosas doradas, un gran ventanal daba a la calle y en un rincón había un sillón Louis XVI cubierto de un brocado de color gris sobre el cual se mecían las cortinas de la ventana, ya que caía la noche y se había levantado una briza fresca.
— Siéntate, Cris. ¿Te puedo llamar Cris?
— Sí, por supuesto.
— ¿Quieres tomar una copa de champagne?
— Sí, me agradaría.
— Siéntate, entonces.
       Sobre una cómoda había una caja que a todas luces era un regalo ya que estaba envuelto en un papel plateado y poseía un moño de color lila. Mientras Tom descorchaba la botella de champagne, la mirada de Cristina se posó sobre la caja. Tom se acercó con las dos copas y le extendió la mano con la suya. “Chris, bebamos por este encuentro que se presenta muy auspicioso.” Tom se percató que Cristina había estado mirando esa caja sobre la cómoda. “Eso es para ti” le susurró al oído mientras se le acercó para olerla y le rozó el oído con los labios. Cristina sintió un estremecimiento y también percibió por primera vez el olor de Tom.
— Tómala. Es un regalo para ti.
— ¿Para mí, Tom? Gracias.
— Ábrela.
       Cristina apoyó la caja sobre su falda y comenzó a desplegar la cinta del nudo y el papel plateado se deslizó por el piso y al abrir la caja se encontró con un corpiño y bombacha de encaje negro. Al levantarlos para verlos mejor, exclamó “qué bello”. Tom le pidió suavemente que se los pusiera. “Vestite para mí.” “Voy al baño” dijo ella y se levantó para ir al baño cuando él la tomó de la cintura y la retuvo contra él. Ella se deshizo de su abrazo y se refugió detrás de la puerta del baño. ¿Cómo se verá su sexo detrás del encaje negro?, pensó él.