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Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
2 3 2013
El cuerno de oro por Carlos Gerardo Perla

Cuando Jacinto Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró horrorizado frente al espejo convertido en una suerte de monstruoso unicornio. El dichoso cuerno al parecer le había retoñado durante la noche y, entre tanto viéndolo con mucho mayor detenimiento, le daba empero a su cabeza, más la similitud con uno de esos cascos alemanes, los bien llamados “Pickelhaube” y, tan de boga durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial que con un relinchante animal fabuloso. Pero bueno y, no era un cuerno cualquiera tampoco, no, por tanto éste esplendía a fin de que el oro y, de la misma manera, poco más o menos pues que para empeorar su repentino aspecto, digámosle “ecuestre” a falta de mejor palabra, le había crecido una desgreñada barba blanca de chivo que le llegaba casi al ombligo.
— ¡Mierda!— fue lo único que Jacinto pudo rezongar horrorizado frente al espejo, todo atestado de lamparones de humedad, manoseándose con tiento la punta afilada de este su craneal aguijón.
Pálido del espanto y, sin saber bien qué hacer, llamó histérico por teléfono a su mejor amigo y, (gracias a una de esas grandes casualidades de la vida) una de las más grandes eminencias de la zoología costumbrista (en realidad de la criptozoología regional), Gaspar von Guericke que arribó al pequeño apartamento de Jacinto todo acalorado por la prisa incumbida de seguro al entusiasmo y, al mismo tiempo, con una polvosa cámara Polaroid SX-70 que se presumía tomaba aún fotos; una chistera de mago apolillada y una muchedumbre de lo más curiosa por atestiguar la existencia prodigiosa de un hombre con dorado cuerno…
— ¡¿Pero qué hacen estos?!— le protestó Jacinto a Gaspar más asustado que fastidiado con la abusiva marabunta que valiéndose de arrebatados empellones para ingresar como fuera a su domicilio y, los que simplemente ya no cupieron, se tuvieron que conformar con expectorar atronadores chillidos desde la calle invitándolo, algunos con violencia, a salir y mostrarse por poco, se imaginaba Jacinto, pues que todo un Ecce Homo.
— Tú tranquilo hombre que no pasa nada— le respondió Gaspar para, según él, tranquilizarlo a la vez con una, de lo más sospechosa, sonrisa de oreja a oreja. — Es que te quieren conocer, tomarse una foto contigo nada más, hombre— le dijo alzando mientras sacudía y soplaba el polvillo ácido que acorazaba la Polaroid que había traído. —Verás, he pensado… y escarmentó bajar la voz pues para él la idea era como demasiado buena para compartirla con muchos — …cobramos diez eurillos por cada vez. O sea por cada foto que te tomen —le dijo con ojos que le esplendían por la codicia. —No te asustes, no te asustes… que lo he visto antes. Cobrar quiero decir. Hace años fui a la Antigua Guatemala y los indios de mierda no se dejaban fotografiar si los turistas no les pagaban antes un dólar así que tú tranquilo, tú tranquilo que esto se llama capitalismo en su sentido más altruista mi hermano y, ah… antes de que se me olvide… ten esto y, sí, que es para que lo uses. —y lo coronó veloz con la chistera para sosegar con este elegante eufemismo, a los que dentro del apartamento, no dejaban de murmurar entre ellos sorprendidos por ese reluciente cuerno de oro que nacía de la cabeza del pobre y asustado de Jacinto. —Para aguarles la fiesta a los muy cabrones que traen sus propias cámaras.— le susurró mirando de soslayo suspicaz a los que no dejaban de cuchichear bastante mosqueados en el momento por no poder ya presenciar eso grotesco pero maravilloso a la vez que habían venido, hasta de lejos de modo que algunos protestaron, a certificar con sus propios ojos. — Sólo te lo quitas cuando yo te lo diga, ¿me entiendes?— le indicó Gaspar inflexible con esto último y preparándose a inaugurar no más que una moderna exhibición de rareza.
Poco convencido con todo este asunto, de lo más humillante naturalmente, de tener que fotografiarse así que una especie de friki, en todo su buen sentido de “malformación” de la palabra, sin embargo, modoso por esa amistad supuesta que lo unía con Gaspar, Jacinto fue dejándose retratar, sintiéndose bastante incómodo de seguro, contiguo a los sobreabundantes curiosos pero, todo el asunto fue saliéndose poco a poco de las manos cuando le decían en el momento de obturador y, sin tapujos, cosas tan estrafalarias como: “…déjame sobarlo que dicen los amarillos come perros es bueno para el vigor de lecho…”; “…si me permites besarlo dicen se me cura el herpes labial…”; “…mi media naranja es más machorra que una piedra y si tuvieras la gran amabilidad de usar tu cuerno con ella…” o sea, en un segundo y sin esperárselo, Jacinto se había trasformado en una suerte de cornudo taumaturgo. De igual forma habían quienes sólo miraban lo dorado en el cuerno: “…si me lo regalas te lo arranco sin dolor a cambio. Soy dentista…” otros en nombre de la ciencia le declaraban: “…lo deberías de donar al Museo de Historia Natural…” o sea, de nuevo, cosas por el estilo que fueron, de una manera lenta pero segura, enfadando a Jacinto que bien entendido estalló en una violencia de lo más inusual para hombre, que era por lo general de lo más impasible y, obsequioso con sus semejantes.
—¡¿Pero qué cosa haces, idiota?! —le reclamó Gaspar de lo más frenético. —¡¿No ves que estamos haciendo una verdadera fortuna?! le dijo, encrespado con su amigo que en aquel momento, mucho más enfadado, lo envistió a fin de que toro a torero distraído y, no lo mató atravesado de milagro, sin otra cosa puesto que Gaspar comprobó tener la ligereza de piernas de los verdaderos cobardes.
En resumen usando su cuerno fue como Jacinto quedó otra vez solo en su apartamento, eso sí bufando furibundo por la nariz aunque a última hora en sosiego y, cuando apaciguado de la mala experiencia con lo cicatera que puede ser la verdadera naturaleza humana, sus ojos abstraídos cayeron a modo de lanza en la chistera que estaba en el suelo un tanto pateada por la estampida de los curiosos que huyeron despavoridos para no ser corneados por un energúmeno Jacinto y, recogiéndola para sacudirla, anduvo de lo más flemático hasta el espejo y, colocándosela de nuevo sin duda en un gesto así que dicen de lo más napoleónico, consiguió echar de ver que, vanidad aparte, no le quedaba del todo mal.