Domingo 16 | Junio de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 3 2011
Acuérdate del escorpión (fragmento) por Isaac Goldemberg

El capitán Weiss recaló en la calle Capón, del Barrio Chino, y se dirigió a la Casa de los Sueños, de propiedad del señor Siu Komt, astrólogo y filósofo aficionado.

Weiss hizo sonar la aldaba contra el portón y unos segundos después le abrió un muchacho. Este lo hizo pasar y lo condujo por un pasillo hasta el recibidor. Del cuarto contiguo se apareció el señor Komt, hombre ya anciano, y saludó a Weiss con una venia. Weiss sacó su pistola de la sobaquera y se la entregó. Komt la guardó en un armario, le echó llave y salió del recibidor, seguido por Weiss.

Ingresaron a un sala espaciosa donde había varios camastros, ocupados —todos excepto uno— por hombres en estado de ensoñación. Komt llevó a Weiss al camastro desocupado. Weiss se quitó la camisa y los zapatos y se recostó sobre el camastro. Komt le pasó la pipa. Weiss aspiró con fuerza. Entró con rapidez en estado de ensoñación. Entonces, el anciano se puso de pie y, posando sus ojos en el capitán, dijo, en chino:
—El ser humano solo ve lo que cree que es, no la verdad. Y la verdad es que todo lo que estamos viviendo es un sueño.

Luego abandonó la sala. Weiss ya estaba transportado al mundo de los sueños.

Weiss salió de su carro y se dirigió a la casa de la esquina. Abrió la puerta con su llave. Se saludó con el guardián que cuidaba la entrada y se internó por un pasadizo. La sala —que también hacía las veces de bar— estaba iluminada con una luz tenue, reconfortante. Cuatro prostitutas bien maquilladas y vestidas como para asistir a un baile de gala, aparecían sentadas sobre unos sillones de terciopelo azul marino. Una pareja bailaba siguiendo el compás de un bolero que brotaba de un tocadiscos. Otra pareja, sentada al mostrador del bar, tomaba una copa. Una de las mujeres saludó al capitán con una sonrisa y otra con un movimiento de cabeza.

Weiss se acercó al mostrador.
Dejando entrever un ligero afeminamiento, Leopoldo colocaba un par de copas sobre el mostrador. Era un cholo apuesto, fornido, enorme, de unos cuarenta y cinco años. Se le veía muy bien acicalado y despedía un aroma dulzón.
—Hola, cuñado —saludó Weiss.
—Hola, Simoncito —respondió Leopoldo.
—¿Ya se te fue el susto? —bromeó el capitán—. Me contaron que el terremoto te dejó temblando.
—¿A mí? ¡Ja! Para hacerme temblar a mí se necesita mucho más que eso.
—Hummm...qué rico perfume. Hueles igualito a la jefa —dijo Weiss.
—Ella me lo dio —respondió Leopoldo.

Weiss se internó por el pasadizo que llevaba al dormitorio de Margarita, la dueña del local y hermana de Leopoldo. Abrió la puerta. Anticipando la llegada del capitán, Margarita se maquillaba con expresión soñadora enfrente del tocador, luciendo un fustán de seda. Era una chola cobriza de unos cincuenta años, exótica, sensual. En cuanto ella lo vio, se dio vuelta, un tanto ansiosa. Weiss entró y ella corrió hacia él. Se prodigaron un beso largo, apasionado.

—Está floja la noche —dijo él.
—Parece que el terremoto ha espantado a los clientes —dijo ella, aferrándose a su pecho.

Weiss se quitó el sacón y Margarita lo guardó en un clóset donde se veía otras prendas de vestir del capitán.

Weiss colgó su pistolera en una percha y prendió el televisor —Sofía Galindo apareció en la pantalla— y se sentó en un sillón. Margarita se colocó detrás de él, agarrada a sus hombros. Weiss puso sobre el vidrio de la mesita de centro un polvo blanco y lo separó en varias líneas. En la pantalla apareció la fachada del billar.
—....el cadáver de un japonés en el famoso billar Shima. El japonés había sido degollado y clavado a una de las mesas como un Cristo —dijo Sofía Galindo.
Ahora la pantalla mostraba a Sofía al lado de la fachada del billar, mientras seguía oyéndose la voz de la muchacha.
—El muerto se llamaba Tokayoshi Takashima y era copropietario del popular billar. Todo parece indicar que se trata de una muerte ritual, aunque, en palabras del célebre capitán Simón Weiss, encargado de la investigación, conjuntamente con el teniente Katón Kanashiro...

En la segunda planta de la peluquería, que también les servía de casa, el teniente Kanashiro y su padre veían la noticia, siguiendo muy atentos las palabras de la muchacha.

—“Aún se desconoce el móvil exacto del crimen y sería muy prematuro adelantar algo al respecto.’’ Sin embargo, se especula que a Takashima lo hayan matado para robarle los sesenta mil dólares que al comenzar este mes le entregaron sus paisanos que, junto con él, participaban en un tonomoshe o pandero; fórmula que, como se conoce en Lima, reúne a un grupo de personas para que aporten una cantidad fi ja de dinero en un pozo a ser distribuido por sorteo todos los meses.

En su despacho, el inspector Castro Castro también veía la noticia, paseándose de rincón a rincón.
—....Algunos suponen que entre los otros once participantes en el pandero del pasado mes de mayo estaría el homicida o tal vez los homicidas. No obstante, no hay una base sólida para sustentar esa hipótesis, pues pocos inmigrantes japoneses han protagonizado actos de esa naturaleza en nuestro país. La mayoría son gente laboriosa y honrada. Informó Sofía Galindo, Canal 5. Weiss apagó el televisor, diciéndose para sí:
—Ah Katón, así que se te olvidó decirme lo del pandero... ¿Qué es lo que me estás ocultando?

Luego él y Margarita se inclinaron hacia la mesa y, utilizando dos pequeños cucuruchos de papel, jalaron el polvo blanco con fuerza. Ella apretó el interruptor y una luz fl uorescente, entre rosa y carmesí, inundó el cuarto. Él la tomó en brazos y la llevó a la cama. Ella se quitó el fustán y él se desnudó. El brazo derecho de Weiss mostraba el tatuaje de un número. Él y Margarita se abrazaron, mirándose profundamente a los ojos.
—¿Y eso que estás trabajando con otro? —preguntó ella.
—Órdenes de Castro Castro —contestó él, acariciándola.
—¿Órdenes? ¿A ti?
—Más bien un pedido —aclaró él—. Además, ya sabes, si quieres salirte con la tuya, a veces conviene obedecer.

Weiss la acariciaba por todo su cuerpo, palpando sus senos, sus muslos. De nuevo volvieron a fundirse sus bocas en un solo aliento, cada vez más ardiente, anhelante. Entonces, él la montó por detrás y le tiró fuertemente de los cabellos.
—Me gustas, putita. Me gustas mucho —susurró.
Margarita emitía gemidos acompasados, salidos desde lo más profundo de su ser.
—¿Todavía eres mi puta? —preguntó él, cerrando los ojos.
—Sí.
—Entonces dímelo.
—Soy tu puta.
—¿Y te gusta?
—Sí.
—¿Te gusta o te encanta?
—Me encanta —dijo ella, rendida al placer.

De pronto, rodeando su cintura, la mano de él se prendió del sexo de ella como una garra. Jadeando, ella se aferró a su brazo. Sus mejillas se habían incendiado. Sus ojos despedían un fulgor cálido, intenso. Él se sentía absorbido por ella y se dejaba arrastrar hacia adentro. La apretaba con fuerza, poseído por un deseo confuso que a ratos parecía convertirse en rabia. Así, enganchados, girando sin término como en un vacío sin fondo, alcanzaron el orgasmo. Luego, extenuados, permanecieron en silencio por unos minutos. Derrepente, él se levantó, caminó hacia la ventana y se dispuso a abrirla.
—No la abras —lo detuvo ella—. Desde el terremoto hay un olor extraño por todas partes.
—Sí, toda Lima huele a sexo de mujer —dijo él.
—¿De mujer? —dijo ella, mosqueada.
—Quise decir a tu sexo —repuso rápidamente él.
Weiss se le acercó y la besó con pasión. Luego, agarró la guitarra que descansaba a su lado contra la pared, se recostó contra el respaldar de la cama, y comenzó a pulsarla, suavemente. Margarita se recostó sobre su muslo y cerró los ojos. Después de varios acordes, ella se dio vuelta y lo miró.
—Qué triste. Nunca te la había oído antes —dijo.
—Flores del bosque —dijo él—. Y luego agregó—:
La pérdida del amor me volvió loco.
Margarita lo miró inquisitivamente. Weiss paró de tocar.
—Así termina la canción —aclaró.
En los ojos de Margarita brilló una chispa de zozobra.
—Anoche soñé una cosa horrible —dijo.
—¿Qué? —preguntó él.
—Que estabas con otra... besándote... —dijo ella,
con un temblor.
—Y tú seguramente le arrancaste los ojos —dijo él, jugando.
Weiss reanudó la canción. La voz apremiante de Margarita lo interrumpió.
—Simón... ¿me quieres?
Weiss la miró.
—¿Veinte años juntos y me lo sigues preguntando?
—¿Me quieres o solamente te arrechas conmigo?
—insistió ella.
—Te quiero y me arrecho contigo —dijo él, con dulzura.
Weiss volvió a pulsar la guitarra.
—Veinte años... ¿Te acuerdas de nuestra primera vez? —dijo ella.
—Te gusté tanto que no me quisiste cobrar —contestó él, zalamero.
—Me dijiste que era tu cumpleaños. Que cumplías veinte y que era tu primera vez. Me engañaste.
—Sí era mi primera vez.
—Pero no cumplías veinte.
Weiss paró de tocar.
—¿Te hubieses enamorado de mí si te decía que cumplía quince? —preguntó él, con una sonrisa.

Margarita volvió a preguntar:
—¿Y tú, tú te enamoraste de mí?
Weiss pulsó un par de cuerdas.
—Apenas te vi —dijo.
—Eso dices —protestó ella—, pero tu necesidad era otra. Lo sentí desde el principio, pero no me importó.
Weiss dejó de tocar, inquieto.
—¿De qué hablas?
—¿Te lo tengo que decir? Han pasado veinte años y todavía te despiertas en mitad de la noche llorando mamá, mamá... y gritándole puta.
—Esos son puros sueños y no tiene nada que ver con lo nuestro.
—Simón, a mí no me importa que sientas... lo que sientes por mí, pero tampoco me gusta engañarme. Tú sabes lo que buscas en mí, no te hagas el tonto.
—Y a ti no te importa...
—Lo que yo quiero es hacerte feliz.
—Por eso te encanta ser mi puta.
—Y también tu mamita.

Margarita abrió los brazos, invitándolo a sumergirse en el amor que sentía por él. Weiss puso la guitarra a un lado y, con los ojos cerrados, como sumido en un sueño, se entregó dócilmente a sus brazos. Ella se aferró a él, como si temiera perderlo.

acerca del autor
Isaac

Isaac Goldemberg nació en Chepén, Perú, en 1945. Reside en Nueva York desde 1964. Es autor de trece libros de poesía, tres novelas, dos libros de relatos, tres obras de teatro y una antología de literatura judía latinoamericana. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y publicada en numerosas revistas y antologías de América Latina, Europa y los EE.UU. Ha recibido varios premios y distinciones. En el 2001, su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue seleccionada por el National Yiddish Book Center de EE.UU. como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. Sus publicaciones más recientes son Libro de las transformaciones (2007), Décimas y canciones de fino amor (2007), Tierra de nadie (2006), Los cuerpos y las cuentas (2006), La vida son los ríos (2005), Los Cementerios Reales (2004) y Golpe de gracia (2003). Actualmente, es Profesor Distinguido en Eugenio María de Hostos Community College de la City University of New York, donde también dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review.