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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 3 2011
Imágenes sin ecos por Silvia Hebe Bedini

Se ven en el espejo y ambos bien lo saben: son sólo imágenes. Reflejos. Reminiscencias casi idénticas de aquello que quisieron ser.

Ella ya no enciende los motores de su alma, no quiere ahogarlos en vano. Hace tiempo ya que Mariel sabe que Luis sólo es capaz de crear imágenes.

Los gemidos dan solidez a las miradas, mientras que las manos aferradas a los cuerpos en ese desenfrenado vaivén, tan similar a las hojas enloquecidas por un inesperado fuerte viento de verano, le dan soporte y simbolismo a un simple reflejo en un espejo circunstancial. Y que sirva de memoria para los momentos de distancia obligatorios.

Que el trabajo, que la vida que no es “nuestra“, que el escaso espacio que él ha decidido otorgarle a la inmensidad de ese sentimiento que tan bien supo describir meses atrás expresen los límites. Su cambio de planes, su cobardía y su comodidad amalgamadas en ese conveniente sillón de hotel en donde miles de parejas han vivido el mismo proceso de la exquisita aunque vacía temporalidad.

Hay un sólo detalle en esta historia que la diferencia de una historia común nacida en una noche de incendios del alma, y es que nació cuando el frío era el elemento que la quemaba a Mariel. Luis se encargó de acercar poco a poco el fuego a la desolación, y lo hizo llamas cuando así ambos se lo permitieron. Y se deslizaron juntos sobre las brasas, a veces reptando, otras veces revolcándose sobre ellas, desde una angustiosa distancia imposible de vencer al menos por un tiempo.
“El amor son las palabras de amor” alguna vez ha dicho Freud…

Mariel y Luis dieron libertad a esa frase, haciendo de cada palabra un roce, de cada roce un cuento, de cada cuento una promesa y de cada promesa un futuro. Pero cuando las palabras ya quemaban más que el fuego que las engendraba, Mariel. la única capaz de dar el gran salto hacia el abismo, la única en ese dúo desequilibrado en intenciones y arrebatos; Mariel.. que a pesar de miedos y riesgos, ya estaba destinada a jugarse, lo hizo. Se jugó, creyó, confió y saltó. Cayó casi sobre su cabeza, pero cayó; tocó tierra, sintió la humedad de un suelo ya preparado —creía— para planear la siembra.

Pero Luis, pero Luis…

Resultó un esclavo. Esclavo de sus palabras, de sus acciones, de su familia, de su rol como comodín y acomodador de la vida de los demás. Y como todo esclavo, jamás reconocería que su amo era su amo, y que su agresividad se derramaba sobre quienes, desde afuera de ese círculo ceñido, se enlazaban a él afectivamente. Fuera de su círculo de confort y esclavitud. Con ellos podría desplegar las actitudes de mando que le eran denegadas;  con ellos sería la verdadera mezcla que era: amante y verdugo. Pero sin verlo, sin aceptarlo, sin siquiera concientizarlo por un segundo.

Mariel aún espera respeto y amor, sin juegos, sin palabras huecas. Espera no haberse equivocado al creer en Luis, al darle ese lugar de hombre único y con mayúsculas, sobre y fuera de la cama, pero ha resultado tan gozada, amada como lastimada. Todo al mismo tiempo. Gemidos, gritos de placer, palabras calientes y lágrimas sobre una cama demasiado grande y árida para ella y sus ilusiones. Sin derecho alguno a quejarse o a reclamar. Sin libertad para expresarse si no es de lunes a viernes y de 3 a 5. Fue instantáneamente ubicada en ese lugar que se ocupa sin peso.

Mariel, invitada a ser novia y futuro y a alcanzar su máxima ilusión y conmoción, para terminar resumida en piel, ducha y apuros.

Pero hubo un espejo, uno muy especial que la hizo reaccionar, y fue aquel que le devolvió una imagen fuerte, erótica, quemante, en la cual ella era la voluntariamente sometida, la que gozaba el placentero poder que le llegaba desde su espalda cuando le era imposible arquearse más para recibir un beso. Fueron las palabras que acompañaron a esa escena durante y después de ocurrida.

Fueron los gemidos del alma, solitarios, absolutamente solitarios, sin ecos…

Fueron sus ganas desesperadas por leer todas las escenas de otro modo, por poder enmarcarlas en un “te amo” que jamás, desde tiempos remotos, volvió a escuchar.

¿Y qué hacer entonces?
¿Qué hacer ahora cuando todo se ve demasiado claro y quema los ojos?
¿Volver al presente, olvidar el pasado, borrarlo, ignorar su pureza, o aceptarlo como una de las más crueles cobardías o mentiras?
El placer inmejorable, o quizás no.
La conexión espiritual exquisitamente profunda, pero no.

Las palabras…buscar desesperada en las palabras, las cuales, aunque Mariel busque y rebusque interpretaciones, ya no tienen otro sentido que una descarga exclamatoria sin raíz alguna. La antesala de un futuro orgasmo. Sólo eso. O no. La confusión está ya  instalada con puños y resistencias.

Entonces Mariel busca, desesperada, en sus recuerdos, en el comienzo de toda esta historia con Luis…y ahí es cuando la distancia entre el ahora y el ayer se torna tan intolerable que necesita enfocar sus ojos en esa imagen en el espejo para convencerse de que las imágenes, aún efímeras, pueden llenar por un momento el vacío de un amor que nunca fue.

Aún confundida en su cambio de roles, aún sacudida en los cambios de trato, piensa que tal vez esperar una meseta sería lo adecuado luego de semejante corrida hacia los sueños compartidos, pero falla de nuevo: todo sueño no había sido para Luis más que eso, un sueño de libertad, de escape, de independencia utópica; sueños -y palabras dichas- que al ser enfrentados a la realidad no hicieron otra cosa que desnudar sus pies de barro y embarrar cada centímetro de esperanza de Mariel, cada palabra dicha…transformada en una bola de barro que por arte de magia y pasión se tradujeron una y otra vez en dos cuerpos fusionados como adornos de uno o varios espejos.
Y nuevamente la pregunta: ¿Qué hacer?

No lo sabe. Se dedicará a observar y a dar oportunidades. Pero ya sin creer en romanticismos ni en palabras de amor, ya no. Luego de Luis —exquisito escritor de verdades sin fundamentos ni raíces, exquisito ser incapaz de enfrentarse a sí mismo ante el daño que sus arrebatadas palabras pueden causar en personas como Mariel, quienes aún esperan escuchar algo sincero en la voz de un hombre—, ella sospecha que necesitaría mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchas defensas a elevarse para ser derribadas, para volver a creer.

Y entonces lo entiende mejor que nunca: hay espejos cuyos reflejos evocan una verdad; hay espejos cuyos reflejos expresan una metáfora; pero hay espejos que sólo ofrecen reflejos huecos; y en ellos el tiempo pasa tan rápido como las imágenes, el reflejo se hace reflejo de su reflejo y en ese reflejo sin eco ni fondo ella se encuentra, encerrada por sentir, aún, un amor intenso, inmensurable, infinito, el cual -muy a su pesar- no pasa de ser, nuevamente, un imperfecto reflejo en un espejo de hotel, de algo que nunca fue, aún queriéndolo ser.