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Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
2 1 2011
El escarabajo de junio por Odilón Moreno Rangel

Me llamo Tlakaelel, pero me dicen panzolina. Todo el tiempo, cualquiera, mis padres, mis amigos, hasta los profesores, me dicen panzolina. Por eso creo que debería llamarme panzolina y no Tlakaelel. Tengo ocho años, pero también tengo, desde hace mucho tiempo, un par de amigos: Ernesto y Tito. Ernesto tiene un problema similar al mío. La mayoría de las personas, y casi todo el tiempo, le dicen Cari y no Ernesto. Y Tito, sólo es Tito.

Es verano, vacaciones de verano, nuestra época favorita. Durante el año, Cari, Tito y yo, panzolina, regularmente jugamos canicas, hoyitos, el bote pateado, las escondidas o cualquier otra cosa que se nos ocurra. Las calles del barrio son nuestras, las llenamos de gritos estridentes y risas escandalosas. Pero en verano es diferente, tenemos otro juego, es el que más adoramos. Por eso esperamos con tanta paciencia estas vacaciones. Los demás juegos los podemos hacer en cualquier otro momento, pero este juego no: jugamos con el escarabajo de junio o, como aquí le decimos, mayate.

—¡Allí va uno! —grita Tito.

—¿Dónde? —decimos al mismo tiempo Cari y yo.

—¡En el árbol de pirul! —grita una y otra vez Tito, mientras corre hacia el árbol. Lo seguimos a toda prisa. Nuestros cabellos de cepillo de zapatos, revuelan. Trepamos velozmente por el tronco y el ramaje del pirul. Todos guardamos silencio. Miro al insecto. Es muy grande, es de color verde metálico. Resplandece intensamente por el brillo de la luz de medio día. Acerco mi mano sigilosamente.

—No lo dejes ir, panzolina —me suplica Cari. Mi mirada relumbra de emoción. Siento las patitas del insecto en la palma de mi mano, y el ronroneo del batir de sus alas en mi corazón.

—¡Ayúdame, Tito! —grito con el corazón en la boca—. ¡Sujétalo fuerte de ese lado! —le pido—. Luego volteo a ver a Cari y con una mirada le digo que haga lo mismo, pero del otro lado del insecto. Lo inmovilizamos. Luego me trepo en su lomo. Saco sin tardanza el hilo que me dio mamá para jugar y lo paso alrededor del cuello del insecto. Todo en una sola maniobra. Rápidamente Cari y Tito, me alcanzan en el lomo del mayate. Justo a tiempo han tomado el hilo porque el mayate ya inició el vuelo.

Surcamos velozmente por el aire, vamos a toda velocidad y gritamos de júbilo. El insecto rumorea como si fuera un gigantesco artefacto aéreo. Pasamos a cientos de miles de kilómetros de velocidad por el baldío que está a un lado de nuestras casas. Apenas si libramos las ramas de los pirules. Luego vamos hacia el sol, y de pronto regresamos a toda marcha hacia los árboles. Es un viaje vertiginoso, trepidante, reímos a carcajada abierta. Seguimos así hasta que el mayate se cansa y se posa en una rama de pirul. Está agitado. Entendemos que el juego ha terminado. Bajamos despacio, le damos unas palmaditas al insecto y le agradecemos la diversión. Luego cada quien va a su casa a comer. Es tarde.

Cari, Tito y yo, tenemos ocho años, desde hace años que tenemos ocho años. No pasamos de allí. Mi papá siempre me dice:

—¡Eh, panzolina! ¡A ver si ya creces, no puedes estar siempre en los ocho!

—Papá, yo quiero crecer, pero no sé por qué no puedo —le digo así todas las ocasiones en que me pide que crezca.

—No seas flojo. En lugar de andar jugando, dedícate a crecer —termina por decirme en tono severo.

De verdad que deseo crecer. Quiero saber qué sentiré estar en mis próximos cumpleaños, saborear los pasteles que me preparará mamá y disfrutar los regalos que me darán. Tengo una enorme curiosidad por saber quién será mi profesora del siguiente año escolar, qué nuevas cosas iré a aprender, y muchas cosas más. En fin quiero crecer, pero no puedo. A Cari y Tito, les pasa lo mismo, por eso somos amigos. Pero a ellos no les preocupa tanto como a mí. A veces pienso demasiado en crecer, que me distraigo en los juegos.

—¡Eh, chiquillo, más atención! Cruza bien el hilo, no me lazaste correctamente —me dice un poquito enojado el mayate—. Si sigues así no podremos jugar el día de hoy.

—Panzolina, ¿qué mosca te picó? ¿Vas a jugar o no? —me dice Tito.

—¿De verdad, no han pensado en que ya es mucho tiempo el que hemos estado en los ocho años? —les digo a Cari y a Tito.

—Otra vez con eso —me reclama Cari—. Ya te lo hemos dicho, ¿qué importa que llevemos dos, tres cinco o más años en los ocho años? Vamos a seguir jugando o se nos va a escapar el mayate.

—Es en serio —digo de manera seria—. ¿No se han puesto a pensar en las cosas nuevas que nos esperan?

—Es sencillo —dice Tito—, no te compliques. Si fuéramos a crecer, ya lo hubiéramos hecho. Si no crecemos y no pasa algo raro, significa que está bien, ¿no? Estando en los ocho, la pasamos bien, somos felices. Para qué crecer.

—Pero tenemos que crecer —insisto—. Todo mundo crece, menos nosotros. No es normal lo que nos pasa. ¿No han notado que de toda la parvada de niños que antes nos juntábamos para jugar, sólo quedamos nosotros tres? Ellos crecieron, nosotros no. Por ejemplo Juan, está en la universidad; María se casó, y tiene dos hermosos niños. Y así le puedo seguir. Todos crecen, menos nosotros. —Cari y Tito, por un momento, consideran lo que dije.

—Es cierto —dice Cari con una sonrisilla de asombro—. Ahora lo entiendo. Armando, ese chico que tenía unas canicas multicolores que me gustaban mucho, hace tiempo que no aparece por aquí, ¿será porque creció?

—Claro.

—María, la que dices que tiene dos lindos bebés —interviene Tito— ¿es esa niña que me gustaba tanto y que decía que era mi novia?

—Sí —contesto; Tito, hace un gesto de desagrado, mientras se frota las manos en su pantalón desgastado—. Pero, cómo le vamos a hacer para crecer. No sabemos cómo, creo que lo olvidamos.

—Muchachillos, si me lo permiten, yo les puedo ayudar —nos dice afablemente el mayate. Luego se acomoda como cuando la gente grande va a decir algo importante en un discurso importante y dice:

—Modestia aparte, soy el único que puede hacerlo. ¿Ustedes quieren crecer? —nos cuestiona, y sin esperar a que le demos una respuesta agrega:

—Pensé que esto nunca iba a pasar. Tlakaelel —me sorprendo porque es la primera vez desde hace mucho tiempo que alguien me llama por mi nombre—, siempre tenía dudas de por qué no crecían, pero como no las decía delante de mí, no lo podía ayudar. No crecen porque sus padres no juegan con ustedes. Para que los niños crezcan es necesario que sus papás jueguen con ellos, sino pasa lo que les sucedió a ustedes —luego nos mira tiernamente el escarabajo—. Conforme pasó el tiempo, ustedes fueron olvidando que deberían crecer. Tlakaelel, fue el que menos olvidó. En fin, lo único que tienen que hacer para seguir creciendo, es hacer que sus papás jueguen con ustedes.

—¡Uy, manito! Eso está en chino —le digo al mayate—. Nuestros papás siempre andan ocupados trabajando, viendo la tele, o divirtiéndose con los amigos. Total que nunca tienen tiempo para nosotros.

—Bueno, ustedes inténtenlo —nos dice el mayate, con un aire de sabiduría—. No tienen qué perder.

A todos nos parece una buena idea. Salimos disparados para nuestras casas. Yo, Tlakaelel el panzolina, encuentro a mi papá tumbado en el sillón de la sala, mirando el partido de fútbol. Cari, sorprende a su viejo, platicando con sus amigos, mientras liban unas bebidas. Tito, atrapa a su padre justo en la puerta cuando va para el trabajo. Todos le suplicamos a nuestro respectivo viejo que juegue. Todos los papás dicen que no. Uno está descansando de su abrumador trabajo; otro está con los amigos, hablando de cosas de adultos y que no tiene tiempo; el otro que ya va a trabajar y que quizá otro día. Regresamos con el mayate, y muy tristes le decimos que ninguno de los papás ha querido jugar.

—Yo creo que no quieren jugar con nosotros porque no saben jugar —digo en tono de molestia.

—A la mejor—me secunda Cari— no saben jugar, por eso no quieren. No saben porque sus papás no jugaron con ellos, por eso no aprendieron a jugar

—Pero ¿cómo es que crecieron? —replica Tito.

Muy circunspecto, el mayate, suspira profundamente, y nos dice:

—Bueno queridos, los papás de sus papás, sí jugaron con ellos, sólo que ha pasado demasiado tiempo y se han ocupado de tantas cosas que olvidaron que debían de jugar con ustedes—luego el mayate da una vuelta sobre sí mismo, y con una de sus patas se rasca la cabeza. Luego nos mira, enigmáticamente, y dice:

—Creo que debemos recordarles a esas cabezas duras que tiene por padres, cómo jugar —luego como si fuera uno de esos militares del más alto rango, cruza las patas sobre su pecho y empieza a hacer un ruidito tenue. Parece como si fuera una sinfonía de Mozart en forma de llovizna. En realidad es el batir de alas de cientos de miles de millones de escarabajos. Volteamos sorprendidos y vemos que sobre el cerro se ha hecho un nubarrón de mayates. Luego se acercan a nosotros.

—¡Eh, Tlakaelel el panzolina, sube a mi lomo! —dice enérgicamente el mayate—. Ustedes Cari y Tito, trepen en esos otros dos. ¡Vamos por ellos! —Ordena el insecto. Inmediatamente alzamos el vuelo, detrás de nosotros los otros cientos de miles de millones de mayates. Vamos gritando de alegría. Sentimos una emoción que nos ahoga. En pocos segundos llegamos a donde el papá de Cari, Tito, y el mío. Los escarabajos como si fueran uno sólo, alzan en vilo a nuestros viejos y los llevan al baldío. Nuestros padres tienen cara de espanto.

—Pero ¿qué te propones panzolina? ¿Qué han armado tú y tus secuaces? —dice mi padre, bufando de coraje—. Te exijo que les digas a esos escarabajos que nos suelten inmediatamente, tenemos cosas qué hacer —los otros dos viejos se le unen con una farfullada.

—No soy panzolina, soy Tlakaelel el panzolina. Queremos que jueguen con nosotros, de los contrario no podremos pasar de los ocho años —les digo lo más serio que puedo—. Olvídense por un momento de sus cosas, queremos jugar, queremos crecer.

—¡Vaya locura! —dice el papá de Cari.

—Tlakaelel, te estoy hablando en serio. Obedece —dice papá apretando los puños.

—¡¡No papá!! —digo enérgicamente—. Esta vez no te voy a obedecer. Tú deberías de apoyarnos, eres el primero en insistirme que crezca.

—Si jugamos con ustedes, ¿nos dejarán ir? —propone el papá de Tito, ante la irremediable situación. El escarabajo, nos llama aparte. Nos dice que aceptemos porque primero jugarán por conveniencia, pero después será por gusto.

—De acuerdo —les digo a los viejos.

—Pero cómo vamos a jugar si no sabemos —dice mi papá.

—No se preocupen, nosotros nos encargamos —digo sonriendo. Preparamos tres escarabajos. Subimos a los viejos en el lomo de las monturas e iniciamos el vuelo. Surcamos el aire a cientos de miles de kilómetros de velocidad. Vamos para el sol, y de repente volvemos en picada a los árboles. Pronto nuestros respectivos padres, se unen al juego. El aire se llena de una brizna de carcajadas. Se olvidan de hacer sus cosas, sólo piensan en jugar.

—¡Eh, Tlakaelel el panzolina! ¡Lo hemos logrado! —me dice el mayate.

Al otro año, celebro mi cumpleaños número nueve, conozco a mi profesora del siguiente ciclo escolar, y me veo crecer. Así sigo todos los años de mi vida, hasta que dejo de escribir esto que acabas de leer porque voy a volar con mi hijo en el lomo de un escarabajo de junio.

acerca del autor
Odilón

Odilón Moreno Rangel, nació y reside en la ciudad de Pachuca, Hidalgo (México), 1972. Actualmente se desempeña como profesor del Centro de Educación Superior del Magisterio. Es miembro del Comité Estatal de Investigación Educativa de las Escuelas Normales del Estado de Hidalgo. Es psicólogo educativo y actualmente realiza el posgrado “La práctica de los valores en contextos educativos” que convoca la Organización de Estados Iberoamericanos, por formación virtual con la coordinación académica de la Universidad de Barcelona.