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Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 11 2010
Un perro llamado Río por Carolina Paton

No había entrado por esa puerta de coronas de flores. Toda la entrada estaba decorada. La madera de las puertas contaba historias de tantos amores, peticiones y fracasados sentimientos. Los ángeles cantando en el púlpito dónde se celebró el que sería su día soñado. El día que el mundo se paraliza y deja entrar la magia de los sueños y el destino que formará una unión. El silencio quedó en el altar. El sacristán doblando todos los elementos sagrados. La purificación del mármol. Retiró todo con mucho cuidado. Hizo su reverencia al altísimo. Juntó sus palmas. Su pié le pidió permiso al derecho y partió a la sacristía. Allí desvistió su pureza y entró en el mundo del día que es hoy: 25 de agosto de 1995.

A los trece años todavía soy juguetón. Me encanta pasear con mi perro “Río”. Vivo cerca de un riachuelo. Con “Río” vamos a mojarnos y, al sentarnos, miro esas piedras bajo la transparencia del agua pasar. Siempre descubro diferentes tipos de piedras. Una de color rubí fue la más increíble. Me la llevé a la casa y no la dejo de mirar en la noche. La puse a vivir en unos de mis cofres de madera de raíz de nogal. Mi abuelo me los hizo especialmente para que guardara mis canicas. Mi abuelo Miguel, tiene una destreza maravillosa con sus manos. Él es ebanista. Cada exposición o feria local sus muebles son vendidos en un cerrar de ojos. Se especializa en sillas mecedoras. Yo me imaginaba a las señoras del pueblo meciéndose después de las dos de la tarde, cuando el sol se hacía sentir. Los treinta y cinco grados nos dejaban la boca seca y la languidez se apoderaba de una siesta intermitente. Pero las piedras seguían siendo mi pasatiempo favorito. “Río” sabía de mi tentación de buscar todos los días una piedra de diferente tamaño, color y textura. Las ponía en mis manos y de noche las acariciaba como a un bebe. Al acariciarlas sentía algo muy extraño. Mi cuerpo era acechado por unas palpitaciones que antes no estaban en mí. Me recordaba de la joven del almacén que vendía melones y sandías en el verano. Todos los veranos Lucía, se ponía un delantal que mirándola de frente, le dejaba ver unos pechos que iban creciendo año a año. Recuerdo como quería que amaneciera…era otro día para esconderme detrás de una higuera y, al mirarla, a lo lejos me venían las mismas palpitaciones que cuando rozaba mis piedras. Me subía el calor a los cuarenta y cinco grados. Tiraba un higo de la mata para apaciguar mi agitación. Lucía estaba hasta las ocho de la noche en el local que era de su madre, que había quedado viuda muy joven con tres hijos contando a Lucía. Su Padre las dejó hace cuatro años: Era tractorista en el campo de doña Adela Ruiseñor. Los Ruiseñor eran terratenientes, dueños de todos los campos a una hora de camino. El Padre de Lucía amanecía en el tractor viendo los viñedos de doña Adela. Ernesto era de un carácter afable y respetuoso. El día de su muerte doña Adela lo mandó a ver un sendero dónde había mucha maleza acumulada. La doña era una gran amazona y todas las mañanas pasaba inspección en su caballo “dorado”. Ernesto, cumplió sus órdenes sin pestañar. Las parras de la viña estaban entrelazadas entre tanta maleza, que hacían figuras en el aire; parecían verse un conjunto de diosas desnudas todas alineadas. Al pasar el tractor entre la arenilla y una de las laderas, el declive lo forzó a poner más fuerza al motor del tractor. No avanzaba. El tractor haciendo su fuerza recalentó el motor. Una explosión cerró los ojos del Padre de Lucía.

La Parroquia de “San Antonio” abrazó a unos de sus hijos más queridos. El féretro era llevado por los trabajadores de la viña. El hijo mayor de Doña Adela: Álvaro hizo los honores. La viuda y sus hijos caminaban en una nube de tristeza. Cada paso era un alejamiento. Cada lágrima un recuerdo de los momentos. La banda de la escuela local llevaba la marcha fúnebre. Lucía parecía tan apesadumbrada que lloré en silencio la pérdida de su padre. Lo sentí como mío. Me acordé de los días que la miraba tras la higuera. Ahora los higos estaban caídos. Mi corazón estaba llorando pero descubrí, al verla junto al féretro de su padre, que mis palpitaciones eran algo especial que sentía por ella.

Las puertas de la iglesia estaban coronadas de flores. Yo no era el sacristán. Ya crecí, fui a la Universidad Católica y me gradué en Economía. Hoy es el día más feliz de mi vida.

Trabajo en una empresa donde tengo que viajar mucho. Hace días me fui a Panamá, y me acordé del terrible calor que sentía en mi pueblo y de las palpitaciones. Claro que la humedad de Panamá me acordó de otras sensaciones que tuve después de crecer un poquito. Es normal. ¿No lo creen?

Cómo les conté es el día más feliz de mi vida, mis sueños se harán realidad hoy a las 19:00 horas. Lucía emana la dulzura, y a la vez es fuerte y resistente a los cambios. Juntos seguimos los instintos de encontrar piedras preciosas, de colores maravillosos bajo el río que suena nuestra historia de amor. “Río” ha movido su cola por años desde el día que la conocí. El atesora lo que yo veo y lo guarda en su compartimiento que sólo él y yo conocemos.

 “Río” murió de viejito, pero estuve todo el tiempo acariciando su lomo; él fue mi gran amigo. Lo sigo extrañando. No he tenido otra compañía como él. Lo enterré cerca de la higuera dónde miraba al amor de mi vida.

Tengo una foto, junto a mi escritorio: “Río”, vive en mí…y ya luego acompañará a otros seres generosos que lo acojan con otro nombre…para mí seguirá siendo RÍO.