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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2010
Moviola (fragmento de novela) por Antonio Gargallo Gil

—¡No sé qué vamos a hacer con este chaval!

—La culpa es nuestra, hace tiempo que teníamos que haberlo llevado a un internado —replicó su mujer, con la cara llena de lágrimas—. Sin embargo, tú, te empeñaste en que eran cosas de la edad, que si cambiaría, que si el colegio de los Carmelitas era el mejor de Castellón y ellos conseguirían ponerlo firme, pero ves, de nada ha servido —se quitó las lágrimas con la manga del jersey y prosiguió—. Así que, mañana mismo lo enviamos al internado de La Salle de Valencia para que acabe allí el Bachillerato.

Los padres de Mario estaban muy disgustados por la expulsión de su hijo del centro. El robarle la cartera al padre Emilio fue el detonante para abrirle un expediente disciplinario y expulsarle del Instituto. El joven había conseguido minar la paciencia del Director, el padre Juan, por el continuo goteo de faltas disciplinarias que se escribían diariamente en el parte de incidencias. De hecho, prácticamente pasaba más tiempo en su despacho que en el aula, pues los profesores no podían impartir la clase porque se dedicaba a interrumpir y molestar continuamente. No obstante, eso no era lo peor. Mario Cabra era conocido por sus continuos hurtos y trapicheos a la hora del patio. Les quitaba el bocadillo a los novatos de primer año y luego los vendía por un precio módico a sus compañeros de clase, quienes ya no se traían nada para almorzar porque Mario era el puesto ambulante del colegio. Era tan sinvergüenza que hasta las niñas le enseñaban las bragas para evitar, al menos, que les tocase el culo o los pechos. Ya lo decía el padre Emilio, su tutor: «Estamos ante un delincuente en potencia, y tiene muchas papeletas para ser carne de prisión, pero aun así, seguro que se las ingenia para sobornar a los funcionarios de prisiones y salir con la cabeza bien alta». Conocido era el caso de aquella vez que le pillaron con un cartón de cigarrillos Caldo, y no se le ocurrió otra cosa al chaval que abrirlo y darle la mitad al padre Jeremías, un pobre fumador empedernido, quien no pudo vencer a la tentación: «No se preocupe, padre Jeremías, todos los días le traeré un paquete, y, tranquilo, ya sabe que yo soy una tumba», y con un golpecito en la espalda se iba su vigilante más contento que un burro sin carga por conseguir cigarrillos gratis, mientras Mario negociaba con sus compañeros la venta ilegal de tabaco que, por supuesto, era de la tía Esmeralda, la estanquera a punto de jubilarse, la cual estaba encantadísima del joven Mario que pasaba todos los días a saludarla, aunque, si su miopía se lo hubiese permitido, se habría percatado de que el saludo iba acompañado de algo más.

La madre de Mario se quedó más aliviada cuando el director de La Salle, don Sebastián, aceptó el desafío que conllevaba la entrada de un adolescente con un expediente temerario. También le tranquilizó cuando le dijo que por sus manos habían pasado muchos jóvenes como su hijo, y que ahora eran personas de bien y con unos buenos estudios. De todas formas, no tenía más remedio que confiar en aquél sacerdote peliblanco y de semblante sereno. No sabía los medios que utilizaría para reforzar la conducta de Mario, pero en casa habían agotado todas las estrategias que conocían y éste era su último cartucho. En dos años alcanzaría la mayoría de edad, tiempo suficiente para enderezar la conducta de un muchacho de pensamientos maquiavélicos. Sólo descansaba cuando dormía, porque si en algún momento permanecía sereno era, sencillamente, para tramar algún trapicheo. Tenía una mente enfermiza por conseguir dinero y, cuando no lo tenía, lo robaba. Sus padres tenían que esconder sus ahorros en los rincones más inhóspitos de la casa o, de lo contrario, desaparecían como un corte de luz: sin rastro y repentinamente. Ahora era cuestión de esperar los beneficios de un internado severo y diplomático, conocido en toda Valencia por su buen quehacer con alumnos problemáticos. El encargado del mismo era un profesor laico llamado Felipe. Un hombre serio pero con un carácter que le permitía hacerse con todos los estudiantes. Se caracterizaba por ser una persona muy formal y estricta. Éste no se andaba con rodeos, cuando el alumno cometía tres faltas de disciplina era expulsado un mes. A su regreso, si su conducta no se modificaba y reincidía en sus faltas, el colegial era expulsado definitivamente del centro. Lo curioso era que, desde que este profesor había tomado las riendas del internado, nunca se llegó al extremo de excluir a nadie.

Las lágrimas de Mario no sirvieron de nada. «Me portaré bien, lo prometo, pero no me dejéis aquí», les dijo a sus padres al ver que descendían la maleta del Citroen dos caballos y comprendía que no se trataba de una mera amenaza a las que estaba acostumbrado a escuchar, sino que esta vez sus progenitores cumplieron el ultimátum que durante tantos años escuchó. Le acompañaron a regañadientes hasta la entrada del internado. Al tocar el timbre, salió a recibirlos Felipe, de complexión delgada y una estatura considerable, vestido con unos pantalones de pana y un suéter a cuadros. Tenía unos cuarenta años y llevaba un anillo de oro en su mano izquierda, símbolo de que era un hombre casado.

Felipe los recibió cordialmente y les invitó a ver el edificio en el que su hijo pasaría el resto del curso.

En la planta baja se encontraba la cocina, donde dos cocineras se apresuraban para preparar la comida a los cuarenta y ocho residentes del internado. A continuación estaba el comedor, con cinco mesas alargadas sobre las que rebosaban las típicas jarras metálicas de agua, como las que utilizaban en la mili. En la otra parte del pasillo se localizaban los baños, con una ducha común y varios váteres, además de tres lavabos alargados con una repisa en la parte superior en la que se apoyaba un enorme espejo que cubría los laterales en los que se hallaban los lavabos.

Al final del pasillo había dos puertas y, en medio de ellas, las escaleras que ascendían a las habitaciones.

La puerta de la derecha daba paso a la biblioteca, con varias estanterías de libros y mesas individuales. Felipe les explicó que ése era el rincón de los estudios, lugar en el que todos los internos utilizaban de cinco a seis de la tarde para realizar las tareas escolares cotidianas, que él mismo supervisaba para que los estudiantes terminasen los deberes establecidos y, si no los acababan, continuaban allí encerrados hasta su conclusión. Insistió en que era una hora de máxima concentración, ya que nadie quería estar allí más del tiempo estimado. Mientras le mostraba aquella estancia aprovechó para contarles el caso de un joven que tenía el día tonto y no quiso cumplir con la hora de estudio, lo que le incentivó a permanecer allí con él hasta las doce de la noche, sin cenar y sin dejarle ir al servicio. Anécdota que contaba siempre que venía un nuevo alumno, para que desde el principio el joven se atuviera a las consecuencias de no cumplir con el reglamento. Su filosofía era simple: actuar duro desde el principio, que para aflojar la cuerda siempre se estaba a tiempo.

La puerta de la izquierda conducía a la sala de recreación. Una sala con varias estanterías llenas de juegos de mesa, y en cuyo fondo se hallaba el tesoro más codiciado: una televisión en blanco y negro de marca Radiola, la última versión en televisores.

Finalmente, subieron las escaleras que conducían a un pasillo que daba a las habitaciones. Cada una de ellas albergaba dos literas y cuatro armarios metálicos. A Mario le tocó la habitación número doce, la única plaza que quedaba libre, por la casualidad de que uno de los chavales era hijo de un teniente coronel que fue trasladado a Melilla y se llevó consigo a su familia, de lo contrario, a esas alturas de curso no habría entrado el pequeño de los Cabra.

Una vez recorrieron el edificio, dejaron la maleta al lado del armario que Felipe les indicó y se marcharon cabizbajos, temerosos por no saber si estaban actuando correctamente ante los desquebrajados gritos de su hijo.

 

acerca del autor
Antonio

Antonio Gargallo Gil, nacido en Teruel (España) en 1976, actualmente trabaja como maestro en Castellón. Licenciado en Traducción e Interpretación de idiomas y diplomado en Magisterio de Educación Física, inglés y francés. Está finalizando un Máster Oficial en Intervención y Mediación Familiar. Persona aventurera y humanista, amante de la naturaleza, el deporte y, cómo no, de la escritura. Le apasiona la psicología y los idiomas –habla, además del español, inglés, francés e italiano. Sus obras reflejan buena parte de sus cualidades, con gran dosis de humanismo y percepciones de la compleja psicología de la persona. Ha publicado la novela Tierra fértil (2008).