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Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2010
La Cuarta resignación por Ariel González Calzada

Después de comprobar que esta vez estaba irremediablemente muerto, y no como en las otras en que siempre lo desilusionaba oír una voz exclamar: “¡Miren, miren, ya abrió los ojos!”, se sentó sobre su cadáver y comenzó a meditar: “Así que dentro de cincuenta años los amantes, entre risas, se mostraran las plantas de sus pies antes de tener relaciones y, al final, se convertirá en un ritual más del amor, ¿pero y nosotros que aun estamos vivos?” se incorporó de un salto. “¿Vivo?” Una sonrisa iluminó su rostro transparente, por un momento había olvidado su situación. Tomó la botella de ron que aun reposaba al lado del muerto y trató de beber el fondo, pero las gotas le atravesaron el rostro y cayeron al suelo. Entonces lanzó el recipiente al mar y miró el cadáver con desprecio. “Siempre supe que ibas a morir” comenzó a decirle, “pero no imaginé que en tales condiciones. Me traicionaste y por eso te asesiné. Nunca pude soportar tu rostro granulado, cada vez que te veía en el espejo me daban ganas de arrancarme la piel. Y del cuerpo ni hablar, me quedaba chico e incomodo, no podía moverme porque con esos huesos afilados corría el riesgo de herirme. Tampoco olvidaré los dolores que me causaste por tu andar pesado y anormal, arremetiéndote contra todo objeto duro que encontrabas a tu paso... ¡te odio!” y diciendo esto comenzó a patearlo rabiosamente.

El tatuaje de un círculo rojo en la planta del pie lo contuvo. ”¡Ves!” le gritó, “he ahí la prueba de tu traición. Como decían los doctores: ‘la única manera de combatir el virus es marcando a los infectados en la planta del pie, pero el mundo sabrá las nuevas y entonces antes de ir a la cama unos desconocidos se las mostrarán. Al principio será embarazoso, pero con el tiempo le tomaran gusto. Claro, todos se harán análisis una vez por mes durante un año y así podremos detectar a los enfermos. Es un método perfecto y barato’. ¡Qué salvajismo! si supieran que al fin escapé y ya no necesito de ellos ni de sus inútiles medicamentos. Que esto del tatuaje es una estupidez, pues dentro de algunos años los hippies o cualquier otro grupo se harán el mismo tatuaje por diversión y al final no se sabrá quién es quién. ¿Y cuando aparezcan otras enfermedades incurables cuál será el signo nuevo que usarán? ¿Un triángulo o un cuadrado? Y si alguien tiene todas las enfermedades me imagino que sus pies parecerán un libro de geometría”.

“¿Pero qué hago pensando en esto si ya estoy a salvo?” le gritó a su cuerpo. “Ahora el embarcado eres tú que te quedas con todas las impurezas mundanas. Soy libre, ya puedo ir a donde quiera sin cargar con tu presencia. Comenzaré de cero porque me espera una vida nueva, pero en cambio a ti… “Al final, las obras quedan las gentes se van, unos nacen otro morirán. La vida sigue igual” cantaba alegre mientras se alejaba dando giros y saltos.

A unos cuantos pasos, se sintió atraído por el muerto. “¡De nuevo no!” gritó desesperado. La atracción de un golpe lo tumbó al suelo y comenzó a arrastrarlo por los pies hacia su cadáver. A solo un metro de éste logró atrapar una vieja raíz que prendía milagrosamente, pero solo pudo sostenerse por unos segundos, pues la fuerza era poderosa y lo arrancó fundiéndolo instantáneamente con su cuerpo.

Cuando despertó estaba sobre una camilla fría de hospital, y al instante una voz exclamó: “¡Miren, miren, ya abrió los ojos!”