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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
1 7 2010
Payaso... Payaso... (cuento) por Javier Leibiusky

Sé que tiene nariz bajo esa pelota roja. Sé que hay cabello bajo esos rulos anaranjados. Sé que hay un cuerpo normal bajo esa ropa ridícula. Sé todas esas cosas, y a pesar de ello no logro controlar mi miedo. Se me acerca y yo corro y abrazo a mi mamá. Esa mueca que hace con la boca no es una sonrisa verdadera. A mí no me va a engañar.

Y en esa valija seguro que tiene un hacha, un cuchillo, pieles de niños pequeños, úteros de jabalí y ojos de búho.

Estoy casi seguro de haber visto unos colmillos asomándose cuando sonrió.

Tiene poderes. Su mirada hipnotiza. No entiendo por qué los chicos lo están rodeando. Esos regalitos que les da, las matracas, los pitos, los globos, están todos envenenados. Si no mueren ahora, seguro que sus hijos serán mutantes, con tres o cuatro ojos de diferentes colores y un brazo peludo en el estómago.

¿Por qué me está mirando ahora? ¿Y si me hipnotiza y me roba el alma? Mamá me dijo que si me porto mal me iban a robar el alma. ¿Me había portado mal? No lo recuerdo... Yo le dije a mamá que prefería una fiestita tranquila en casa. Nada de payasos, nada de magos.

Mamá me llama “paranoico”, palabra que usa para decir que tengo miedo todo el tiempo. Pero ella no sabe nada. Lo mismo había pasado con los aparatos dentales. Yo le había dicho que estaban echando raíces en mi boca y que iban a crecer por toda mi cara. Ella se rió, pero una noche me desperté con una sensación extraña. Toqué mi rostro y ahogando un grito, corrí hacia el espejo. Parecía estar cubierto por una enredadera metálica. Sentí un terrible pánico y grité con toda mi fuerza. Cuando mamá entró a la habitación, la enredadera había desaparecido y los aparatos vuelto a su tamaño normal. El psicólogo dijo que simplemente tenía mucha imaginación y que todo mejoraría cuando yo creciera. Me acarició la cabeza y luego se quedó a solas con mamá. Mamá salió llorando, y me dijo que era porque le dolía la muela.

Esto no hubiese pasado si papá estuviera aquí. Él me habría creído. Mamá sólo se reía. Creo que por eso papá la dejó. Por eso y por aquella amiga que tenía y que venía siempre a casa. Creo que jugaban desnudas y eso a papá no le gustó. Aún recuerdo su mirada cuando las vio por primera vez.

Mamá nunca me presta atención. Ni siquiera tiene sentido que le cuente que el payaso entró con Vero al baño y que ella salió llorando.

Ahora mamá me dice que ya soy grande y que debería casarme. Me dice que no puede ser que a los treinta años todavía siga en casa. Pero yo no le creo. Cuando sea realmente grande me voy a ir. No le van a funcionar sus trucos, lo de mi barba, mis pelos en las piernas y todo lo demás.

Pero ya sé cómo liberarme. De mamá y de mis miedos.

Bajo la pelota roja está mi nariz, bajo los rulos anaranjados está mi cabello y debajo del traje colorido, mi cuerpo. En mi valija tengo un hacha y también un cuchillo. Hay pieles de niños pequeños, úteros, estómagos, hígados y ojos. Los chicos me rodean con alegría y yo siempre elijo uno o dos. Me los llevo al baño y les doy algo para que tengan hijos mutantes. Y cuando ellos lloran, sus madres ríen.