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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
2 10 2009
El peine de Lalique (cuento) por Mario Satz

Hacia 1900, cuando ya la fama del diseñador René Lalique se expandía por los cinco continentes y tanto sus joyas como sus muebles, sus floreros y sus vitrales eran admirados y codiciados por la alta burguesía, le fue solicitado un peine y un cepillo de tocador labrados en carey o concha de tortuga por un industrial que tenía una hija autista de exquisita belleza. Se creía, por entonces —y hay quien lo cree aún hoy—, que las tortugas confieren serenidad, salud y larga vida, de donde emplear su caparazón mejora nuestra suerte.

La muchacha autista se llamaba Jeanne, tenía unos enormes e inexpresivos ojos azules y una cabellera de color rubio ceniza que le ondulaba hasta la cintura. Lalique sólo la vio dos veces, la primera cuando acompañó a su padre a formular el pedido, y la segunda cuando se probó, en  presencia del artista, el peine o peineta con la ayuda de su mucama. El objeto tenía grabadas, en relieve, cuatro mariposas cuyos cuerpos eran de plata incrustada con piedras preciosas. Lalique pensó, al diseñarlas, en las limoneras de su infancia, del color del azufre o las flores de la mimosa, que se alimentan del espino cerval y vuelan tanto en junio como en setiembre, pero dejó de lado los cuatro puntos pardos que adornan sus alas superiores e inferiores porque la textura irregular del carey los hubiese reflejado mal. Tanto le gustó esa pieza que mandó a confeccionar otra de cuerno, pálida como la miel más pálida y del mismo tamaño.

Tras un tiempo de usar la peineta, Jeanne comenzó a mostrar cambios positivos en su carácter: parecía menos ensimismada, cantaba en voz baja canciones indescifrables y el tono de sus cabellos se volvió más dorado. Dejó, incluso, de lado los monosílabos y los gruñidos. Acompañaba a sus padres y a sus hermanos en los paseos dominicales y repetía el amén de las misas con soltura e intensidad. Debido a su enfermedad su adolescencia se había prolongado más allá de lo previsto, sus familiares la protegían y seguían sus movimientos en la casa apartando de su paso cuchillos, objetos punzantes y también dulces, porque Jeanne los robaba y engullía con una velocidad pasmosa. Esperanzado por los signos favorables que veía en su hija, el industrial quiso saber si la peineta de Lalique era mágica y si, de usarla su mujer, mejoraría su taciturno carácter, así que se la quitó a Jeanne y, durante unos días, le sugirió a su esposa que la usase. Pero como no sucedió nada digno de mención, devolvió la pieza a su dueña.

Entretanto, el cuerpo de Jeanne floreció. Sus sentidos se abrieron, dejó de comer dulces y comenzó a leer asombrando a todos por su memoria. Su padre, que no dejaba de pensar en la peineta o peine de Lalique, le preguntó al artista si acaso creía en la magia simpática. Presumía que la mejoría de Jeanne se debía al genio del diseñador.

—Los antiguos chinos —respondió Lalique— sostenían y  todavía sostienen que la mariposa o hu t’ie es un flor sin tallo, y que allí donde se posa, hoja, roca o rama, el universo se abre para que sus corrientes de simpatía se mezclen y prolonguen. Ignoro si mis mariposas de carey han sido benévolas y auspiciosas con Jeanne, pues lo que a unos despierta a otros adormece, lo que a pocos favorece a muchos deja indiferente.
—Entonces —dijo el industrial—, si no son sus mariposas es el carey de las tortugas.
—Quizás —suspiró Lalique—, la superstición ayuda cuando el resto de creencias falla.
—¿Por qué lo dice?
—Simplemente porque es lo que sobrevive a todo escepticismo.

Un año más tarde, normalizada por completo la vida de Jeanne, su madre descubrió que ésta solía peinarse, todas las noches y antes de dormirse, largo rato con el objeto de carey fabricado por Lalique. Al comunicárselo a su marido éste volvió a ver al artista para narrarle ese hecho.
—Es probable que el peine le conceda, noche a noche, el resto de caricias que le faltaban para crecer—dijo el artista.
—Entonces —comentó el asombrado industrial—, no son las mariposas ni el carey sino sus propias manos las responsables de su extraordinario cambio.
Lalique le sonrió, abrió sus brazos en señal de perplejidad y respondió con una pregunta:
—¿Acaso no es mejor, mientras esperamos lo que nos falta, concedernos a nosotros mismos lo que creemos merecer?

acerca del autor
Mario

Mario Satz, Coronel Pringles, Buenos Aires, 1944. Es filólogo, ensayista, poeta, novelista y traductor. Tras cursar estudios secundarios en la Argentina, realizó largos viajes por Sudamérica, Estados Unidos y Europa. Entre 1970 y 1973 vivió en Jerusalén, estudiando Kábala, Biblia y Antropología e Historia del Oriente Medio. En 1977 recibió una beca del gobierno italiano para investigar en Florencia la obra del humanista Pico della Mirándola. Nacionalizado español, reside en Barcelona desde 1978, donde se licenció en Filología Hispánica. Colabora en numerosas publicaciones españolas y ha publicado una docena de ensayos, entre los cuales se cuentan Música para los instrumentos del cuerpo (Miraguano, 2000) y Las vocales de la risa (Miraguano, 2001). Es autor, entre otras novelas, de la pentalogía Sol, Luna , Tierra (Noguer, 1976, 1977 y 1978); Marte (Seix & Barral, 1980), y Mercurio (Heptada, 1986). Interesado desde siempre en el humor, investiga los efectos de la risa en el contexto social. Una de sus últimas obras es El Buda de la Risa (RBA, 2005).