Apuntes del director
19 08 2008
Sobre poetas, Juan Ramírez Ruiz, Gonzalo Rojas y Pablo Neruda
La noticia se publicó en un diario limeño en setiembre de 2007, el poeta Juan Ramírez Ruiz estaba desaparecido en su ciudad natal, Chiclayo, en la costa norte del Perú. Se descubrió después que el bardo —fundador y teórico del grupo poético Hora Cero de los años setenta—, había muerto atropellado por un ómnibus en junio del año pasado y sepultado en una tumba anónima como NN.
Juan Ramírez Ruiz (1946-2007) dejó tres poemarios editados, Un par de vueltas por la realidad (1971), Vida perpetua (1978) y Armas molidas (1996) y manuscritos inéditos que intentó publicar en vano en las editoriales de Lima. Después se supo que había regresado decepcionado a su ciudad natal. Sucumbió entonces al vértigo de la bohemia y el vagabundeo. Antes de morir —según los últimos testigos—, tenía el aspecto de un harapiento reciclador de papeles y cartones. Vivía y dormía en la calle.
Informaciones como ésta son comunes en Perú y se pierden en la indiferencia general. Semejante final, me hizo cavilar en los destinos trágicos de algunos poetas universales. Salvo la diferencia de épocas y circunstancias, el alemán Holderlin (1770-1843) y el francés Antonin Artaud (1896-1948) pagaron un precio elevado a sus búsquedas poéticas y metafísicas, asumidas hasta las últimas consecuencias. Ambos terminaron en el manicomio que también es un infierno como el padecido por Juan Ramírez Ruiz que nos ha dejado estos versos:
A ti te conozco terror, te conozco:
tú preguntabas por mí, hurgando en
mis ojos
con una luna chueca; y yo a ti te encontré
mirando suelo y cielo, solo,
buscando mi error con las dos manos...
De Armas molidas (1996)
* *
En un diario de Lima, el poeta chileno Gonzalo Rojas acaba de declarar que la obra de su compatriota Neruda era buena en sus primeros libros, "sobre todo en Residencia en la tierra, cuando escribió allá en el Medio Oriente, donde fue cónsul. Ahí fue donde pensó, se detuvo, se demoró. El huevón de Neruda se convirtió más tarde en un apurón. No sirve el apuro, la prisa es mortal. Hay que demorarse, equivocarse y demorarse, esa es la clave..." para construir una obra imperecedera.
En resumidas cuentas, Gonzalo Rojas aconseja a los poetas latinoamericanos abandonar la obsesión por el reconocimiento rápido y fácil, publicando libros intrascendentes...
A buen entendedor pocas palabras.
Héctor Loaiza